Domingo, 19 de agosto de 2018

Hoy, Santa Águeda

He dedicado un rato a curiosear la vida y la historia de santa Águeda, husmeando en “La leyenda dorada” de Santiago de Vorágine. Poco se sabe de la Santa, aunque la fiesta, cada año, se celebra con la mayor brillantez.  La cuna de la Santa se la disputan dos localidades sicilianas: Palermo y Catania.

Lo que sí es cierto es que Águeda recibió el martirio en Palermo, y que fue enterrada en Catania, el día 5 de febrero del año 251. Pertenecía a una de las familias nobles de Sicilia. Era rica, buen partido, y la mayor hermosura de su tiempo. Hizo votos de no tener otro esposo que Jesús, consagrándole su virginidad. A pesar de todo, le llovían pretendientes de todos los flancos, hasta el propio procónsul de Palermo, Quinciano, la requirió de amores. Ante la insistencia, se encerró en su cuarto y rezó fervorosamente.

La obligaron a acudir ante su presencia. Ella lo rechazó una y otra vez. Entonces, la ponen en manos de una maldita vieja, Afrodisis, cuya profesión era engatusar doncellas, siendo su casa una escuela de disolución y lascivia. La vieja no consigue ablandar la testarudez de la moza, y así se lo manifiesta al gobernador Quinciano. Este, irritado, la somete a los más crueles castigos: la azotan con bastones anudados, rasgan sus carnes con garfios y uñas aceradas, aplican a sus costados placas de metal incandescentes, atenacean sus pechos y, incluso, llegan a cortárselos.

Y es el momento, en que ella se dirige al Quinciano: “Cruel tirano, ¿no te da vergüenza torturar, en una mujer, el mismo seno con que, de niño, te alimentaste? El gobernador ordenó  encerrarla en la cárcel. Apenas entró Águeda en el calabozo, apareció san Pedro que curó, milagrosamente, sus heridas.

Quinciano le siguió aplicando castigos más severos. Entonces, la ciudad se estremeció con un espantoso terremoto, se hundieron varios edificios y una pared sepultó bajo sus ruinas a Silvano, consejero, y a Falcón, amigo de Quinciano. El volcán Etna hizo erupción y los pobladores de Catania piden, a la Santa, su intervención, logrando detener la lava que ya se hallaba a las puertas de la ciudad. 

Esta se sublevó contra el gobernador, que huyó, pretendiendo cruzar en una barca, junto con dos caballos, el río Jarreta. Uno de sus caballos lo asió, con sus dientes, por el pescuezo, y el otro le disparó una coz tan furiosa, que lo arrojó al agua. La Santa es elegida Patrona de Catania y de toda Sicilia y su fiesta es celebrada en todo el orbe cristiano. Las mujeres la tienen como su protectora en las enfermedades relacionadas con la maternidad.

El día 5 de febrero, las mujeres disfrutan del gran privilegio de mandar por un día en la localidad. Ese día, el alcalde tiene a bien entregar, en ceremonia oficial, el bastón de mando, porque está convencido de que no se desmadrarán, y el orden está asegurado; ataviadas unas con el traje típico y otras, con el atuendo de más alto copete, animan calles y plazas con música y canción al ritmo que marca el tamborilero.

Primero honran a la Santa con la celebración de la misa y de la procesión en la iglesia del Milagro, que culmina con un reconfortante convite, y, después, todas, en armonía de panda, se toman su vinito en el bar ante la mirada sonriente y socarrona del marido, que hace otro tanto en un rincón de la barra; otros, más condescendientes se quedan en casa al cuidado de los niños o haciendo otros menesteres de práctica común. Se sigue la marcha con la comida, con el baile discotequero y con el chocolate, que da paso a otro día.

Se pasa bien que es lo que cuenta, y se cumple con la tradición. Y hablando de tradición traigo a colación un apunte de principios del siglo XVIII, de un pueblo aguedeño de nuestra provincia, donde la máxima autoridad eclesiástica no veía bien ciertas licencias, “1807, enterado de que, en el día de la gloriosa Santa Águeda, con motivo de juntarse la mujeres en torno de cofradía, hay algún desorden en el modo de festejarla. Ordenamos y mandamos a los párrocos velen, para que no se dé lugar a ningún culto supersticioso, ajeno a la santidad de nuestros ritos ni poco conforme al espíritu de la verdadera devoción, que las reúne”.

El pecado consistía en salir a pedir a los hombres una pequeña marza, como ayuda del festejo, a cambio de la promesa de enseñar un cacho de seno; si el hombre se resistía, sólo se intenta gastarle una pequeña broma picarona, que quedaba, asimismo, en eso, en el intento.