Jueves, 13 de diciembre de 2018

Lluís Llach

Jo no estimo el meu cant, perquè sé que han callat
tantes boques, tants clams, dient la veritat;
que jo m'estimo el cant
de la gent del carrer
amb la força dels mots
arrelats en la raó.

(Yo no amo mi canto, porque sé que han callado / tantas bocas, tantos clamores, diciendo la verdad; / que yo amo el canto de la gente de la calle / con la fuerza de las palabras / enraizadas en la razón).

LLUÍS LLACH, I si canto trist.

En este tiempo vulgar y ratonero (y triste), en el que en España, un país dirigido por incompetentes jaleados y gestionado por la negligencia consentida, caracterizado por la endogamia aplaudida y conocido por la corrupción sistemática, se ha abierto la veda para que los muñidores de insultos y los frustrados de toda laya arremetan con saña contra la coherencia, el talento y la inteligencia, una de las piezas más codiciadas para depositar en ella la torpe difamación, el babeante desprecio y la supina ignorancia, ha sido la del artista Lluís Llach. Intoxicados por la estrecha nadería españolista de inquina contra el proceso independentista catalán, que en las profundidades del centralismo hispano más grosero y cañí mana con profusión, el compromiso de Lluís Llach con las fuerzas catalanistas y su lucha, ha abierto la (nunca del todo cerrada) caja de los truenos de la calumnia, la injuria y el ultraje contra uno de los artistas más talentosos, capaces, influyentes y brillantes que ha dado la música española en décadas.

Lluís Llach, cuya coherencia personal e inquebrantable talla moral (al margen de su indudable talento como músico, letrista, compositor y cantante), le han ocasionado múltiples vetos, expulsiones y prohibiciones durante toda su carrera, ha sabido, y sabe, mantener incólume una postura política y social de enorme honestidad, que durante muchos años ha sido, también, referente y guía de muchos luchadores contra el franquismo que, en los últimos años de la dictadura y en los primeros de aquella sorprendentemente alabada “Transición” (y después...), seguían luchando por los derechos humanos, por la democracia, por la libertad de expresión y, también, por el derecho de los pueblos a decidir su propio futuro y la forma de su gobierno, fuera de vigilancias, fiscalizaciones e intervenciones.

Lluís Llach, actualmente brillante novelista (Memoria de unos ojos pintados, Las mujeres de la Principal, El chico del Maravillas...), que ha creado una obra musical de una altura pocas veces alcanzada, es autor de algunas obras capitales para entender no sólo la historia de España, sino para comprender cabalmente las posibilidades artísticas de que el compromiso ético y la estatura moral (y el talento) disponen para luchar contra la tiranía, el abuso, la injusticia y la imposición. Así, por ejemplo, su magna obra Campanades a morts (1977), escrita a raíz de los asesinatos de Vitoria el 3 de marzo de 1976, constituye un estremecedor testimonio, de una belleza arrasadora, de cómo el Arte puede encauzar, expresar y comunicar, con la máxima dignidad y altura, la protesta, la rabia, la acusación y la denuncia. Obra de Lluís Llach es entre otras muchas, la canción L’estaca, mundialmente conocida y que ha sido utilizada como himno por movimientos y organizaciones (‘Solidarnosc’, en Polonia, por ejemplo), así como canto de lucha y arenga contra la sevicia del franquismo y, todavía, voz de unión de pueblos de toda latitud en defensa de sus derechos.  La firma de Lluís Llach figura al pie de canciones como I si canto trist, Que tinguem sort, El jorn dels miserables o Damunt d’una terra, que han sido y son referentes musicales y poéticos, y también políticos y sociales, así como ejemplos bellísimos del talento de este catalán que siempre ha respetado su identidad y se ha expresado en su lengua materna, el catalán; que en ningún momento ha renunciado a la cultura de su país ni a su historia, ni ha aceptado dependencias ni enjuagues, mostrando durante toda su vida, sin doblez ni duda, el compromiso que la congruencia exige (miembro inicial del movimiento ‘Els Setze Judges’ fundado en 1961 para la defensa de la identidad catalana, su actual compromiso con el proceso independentista no es, en absoluto, producto de una decisión repentina). Sus discos Gener 1976 o Somniem, o las grabaciones de sus multitudinarios recitales en los más famosos teatros del mundo (o los pequeños conciertos con que nos deslumbraba), constituyen valiosísimos ejemplos de cómo un artista puede convertirse, a base de talento, coherencia y profesionalidad, en modelo, referente, seña o norte para el pensamiento artístico y el compromiso social.

Las miserables diatribas contra Llach, la tendenciosidad contra su persona, las acusaciones sin fundamento, las mentiras, los impotentes denuestos a su obra, los raquíticos pataleos anticatalanes que lo quieren usar de diana para sus escupitajos y los ridículos desprecios que buscan abaratarlo, no llegan siquiera a rozar el prestigio de este catalán universal al que cualquier sensibilidad artística debe una obra sublime y al que cualquier auténtico pensamiento ético reconoce.