Sábado, 31 de octubre de 2020

Al otro lado del muro

“Éstas son las últimas cosas —escribía ella—(…)No espero que me entiendas. Tú no has visto nada de esto y, aunque lo intentaras, jamás podrías imaginártelo(…) Nada perdura, ya ves, ni siquiera los pensamientos en tu interior. Y no vale la pena perder el tiempo buscándolos; una vez que una cosa desaparece, ha llegado a su fin.(...) Esto es lo que la ciudad le hace a uno, le vuelve los pensamientos del revés. Le infunde ganas de vivir y, al mismo tiempo; intenta quitarle la vida. No hay salida, lo logras o no lo logras; si lo haces no puedes estar seguro de conseguirlo la próxima vez; si no lo haces, no habrá próxima vez” El País de las Últimas Cosas, Auster.P

Así escribía Anna Blume en una carta a su novio desde una ciudad sin nombre, devastada por la muerte y la podredumbre de las últimas cosas. Sin embargo, este libro, que ya introduce un mundo gris en decadencia próximo a su extinción de lo humano, no dista mucho de lo que se vive desde hace ya años en la realidad. Las primeras páginas, si se leen con atención, demuestran un profundo análisis del entorno habitual de cualquier persona que se detenga a observar. Y al mismo tiempo una incomprensión, precisamente sobre esa especie de invisibilidad del problema, del artificio y la ficción de lo más crudo, llevándola al extremo del absurdo. Cualquiera que haya traspasado este velo gris, este teatro que nos rodea y que nos nubla la vista, habrá vivido y sentido estas emociones que detalla Anna en su desgarradora carta. Cualquiera que lo haya entendido, es capaz de sentir en su piel ese escalofrío que produce la soledad tan asfixiante de la ciudad. Porque es una soledad sin nombre, una soledad angustiosamente rodeada de individuos, que no personas. Rodeada de una nada completamente llena de todo, del peso de los cimientos, del humo de los coches, del hambre ansiosa de los consumidores, de los chillidos, los enfermos, los agresivos y los desapercibidos. Estamos inmersos en una gran ola de compañía totalmente artificial. Los anuncios, las luces, las tiendas y la comida. Todo ello para llenarnos de una sed insaciable, de un vacío ingobernable. De las necesidades creadas y las destruidas. Las más básicas, mancilladas hasta su desbordamiento, el comer y tirar, el desperdiciar, el producir en masa para su destrucción. Las más lujosas, normalizadas hasta su dependencia, la ropa de aquí o allá, el perfume y el maquillaje. Vistiendo de plástico la salud. Y la salud, la completa olvidada, fingida, aparcada, devastada, dividida entre cuerpo y alma. El cuerpo cebado y el alma insaciada y anestesiada. 

Este paisaje es lo que aparece en este libro como apocalíptico, como final de una raza o más bien una condición. Los humanos, llevados hasta la búsqueda de su propio fin, de su muerte, tal y como Paul Auster describe en este libro, no resultan ser unos extraños a nuestro tiempo. Recordemos Momo, un cuento no tan de niños, e Inteligencia Artificial una película no tan ajena como en tiempos de su estreno. Esos mundos aparentemente futuristas y sin embargo tan actuales. Sí hay pues, a día de hoy, en este momento, millones de personas con sentimientos de completa desolación en medio de toda esta atracción prefabricada. Personas, desconocidos para el mundo y para sí mismos, incrustados en este cáncer que se propaga al mismo ritmo que se propagan los alimentos adulterados que llegan a nuestros platos. Este libro no dista de lo que tenemos alrededor, y admitirlo, es algo difícil, primero de ver y luego de asumir. Vivimos en el holocausto de almas, y decirlo es un tabú, decir sí a esta realidad pasiva es un puñal en nuestra mano y en la espalda de otros. Todos tenemos una parte de Anna Blume en nuestro interior. Todos buscamos esa salida poco probable y sobre todo poco confortable. La mayoría de personas prefieren sobrevivir a vivir, y eso es una apuesta tan engañosamente segura que tiene un precio muy alto, un precio ajustado al mercado.¿Será vivir algo inalcanzable en un mundo que nos educa para lo contario? ¿Será un lujo moral, o simplemente una utopía? ¿Será simplemente pensar que vivimos vivir realmente? La conciencia es algo que se ha materializado para venderse al mejor postor, para subastarse, para canjearse. Para rodearse de cosas que solo se materializan en nuestra imaginación, siendo capaces de mendigar nuestros sueños, de vender nuestro esfuerzo y nuestro tiempo por un poco de satisfacción volátil y caduca. Qué ambición de futuro inerte, qué prisa, qué cansancio y qué impotencia de estar sin estar. Vagando como fantasmas, como relata Anna, evitando lo inevitable y la inercia que nos encasqueta en un rumbo sin apenas notarlo. Una vez llega el conformismo es difícil arrancarse el velo, porque lo peor de quien no sabe no es no saber, sino no querer hacerlo. 

¿Qué nos queda a las Annas? El seguir observando desde una esquina, viéndolo todo constantemente, recogiendo la sutilidad y rotura del acto más pequeño. Haciendo de ello una historia, intentando comprender de dónde viene esta dispersión. Esta separación de lo más profundamente humano. Esta lucha entre búsqueda o aceptación y comodidad. Esta separación entre el mundo y uno mismo. Entre el alma y la ciudad, o lo que no es ciudad, entre nosotros. Entre nuestras ciudades mentales. Este abismo gobernado por la cultura del consumismo y del ansia de vivir para morir. La obesidad material de comprar el mundo que nos venden. Porque en un mundo de ciegos, solo se puede ver con los ojos cerrados. Y eso Anna Blume lo entendía. Queda entenderse a sí mismo para entender el mundo. Queda leer y escribir aunque sea sobre el aire contaminado. Aunque escribir sea querer contener lo que se desborda como bien decía Pizarnik. Queda buscar, buscar en las esquinas, buscar en los parques solitarios. Queda estar solo y sentirse solo con otros. Hablar y enseñar, y también aprender. Resistir la rapidez de la lentitud. Queda. Pero lo que queda está escondido, y hay que tener coraje para salir a la luz. Es tiempo de noches oscuras y fuentes escondidas.