Miércoles, 13 de noviembre de 2019

Dime qué lees y...

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Circula por ahí una frase que cada día resulta más científicamente cierta: "Somos lo que comemos". Prácticamente casi nadie discute semejante aserto y todos procuramos en la medida de nuestras posibilidades comer sano y variado. 

            Pues bien, en paralelo a esta realidad discurre otra no menos cierta: "Dime qué lees y te diré quién eres". Eso al menos decía Federico García Lorca. Y tiene mucho de cierto, porque el alimento de la mente es la lectura. Nunca como ahora los libros han estado más al alcance de la mano. Nunca se ha escrito tanto y tan variado. Quizás nos falta ser conscientes de qué leemos y del valor de la lectura en el cómputo final de nuestra vida.

            Leer no sólo nos aporta cultura y ensanchamiento de mente, sino que además nos forma. El mundo de la lectura pende de nuestra libertad y guiados por ella podemos arribar al entendimiento, si sabemos elegir lo que leemos. 

            Testimonios personales de lo que escribo los hay en abundancia, pero quiero traer aquí dos que me parecen altamente significativos por ser de quienes son.

            Uno es de Ignacio de Loyola, el fundador de los Jesuitas y autor del libro "Los Ejercicios Espirituales" que tantas conciencias ha removido. Le sucedió un caso muy especial. Antes, mientras leía novelas y narraciones inventadas, en el momento sentía satisfacción,  pero después quedaba con un sentimiento horrible de tristeza y frustración . En cambio, al leer la vida de Cristo y las vidas de los santos sentía una alegría inmensa que le duraba por días y días. Esto lo fue impresionando profundamente.

            El otro testimonio es también de puño y letra de Teresa de Jesús, quien al principio de su autobiografía confiesa que siendo una niña se fugó de casa acompañada de su hermano Rodrigo, con la ilusión de ser martirizada por Cristo, escena repetida en las vidas de los santos que oían leer en familia. Mas tarde, esta niña lectora de novelas románticas y vidas de santos, al igual que el gran Ignacio, escribirá el tratado más alto de la mística cristiana, "Las Moradas" que han hecho de ella la primera doctora de la Iglesia. El Señor fue el libro vivo y verdadero  para Teresa. Ella, lectora apasionada desde niña, de libros de santos, espirituales, tanto que “si no tenía libro nuevo no tenía contento”.

Una buena o mala lectura, puede hacer un gran bien, puede orientar o desorientar a un adolescente. Teresa tuvo la suerte de tener unos padres amantes de la lectura y así ella heredó esta afición. Se embebía en los libros, gastaba muchas horas del día y de la noche en este menester.

            Y en primera persona puedo recordar que en mi primera infancia, en la casa familiar, disponíamos de una preciosa colección de libros llamada "Vidas Ejemplares". A la altura de mis seis o siete años, ya admiraba a todos aquellos personajes y ellos desde las páginas de los libros, me infundían motivación ante la vida, y un deseo que nunca se ha apagado, de ser buena persona y hacer las cosas bien.

            Leer es poder. A mí, como a tantos otros, la lectura espiritual me ha transformado y ha sido alimento imprescindible en mi caminar.

            He tenido la suerte de escribir muchos libros a lo largo de mi vida, el último se titula: “Sólo la fe nos alumbra”. Y sé del bien que han hecho  a muchas personas. Quizá el testimonio que me ha llegado más al alma y que siempre recuerdo con alegría, es saber que un libro mío llegó hasta la Base de Guantánamo,  en Cuba,  y que en aquel lugar de castigo y dolor, los presos se pasaban el libro unos a otros para poder leerlo y meditarlo.