Sábado, 24 de agosto de 2019

El niño de hielo

Como cada día, Jack salió al bosque en busca de leña para su madre. Aquella mañana nevaba abundantemente, el aire soplaba con fuerza y el frio era intenso. Jack comenzó a tener dificultades para ver pero siguió avanzando. Cuando quiso darse cuenta no pudo encontrar el camino de vuelta a casa. Perdido, las fuerzas le fallaron y cayó inerte al suelo. Por suerte para él, unos elfos de aquel lugar le vieron y le recogieron salvándole de morir congelado al transformándole en uno de ellos. Cuando se recuperó le asignaron la misión de hacer caer la nieve en aquel lugar del bosque y de crear la escarcha. Jack día tras día dejaba un buen montón de leña para su madre a la puerta de casa. Con el tiempo fue conocido como Jack el Frio[i], Jack Invierno o El niño de hielo.

Seguro que con estos mimbres Hans Christian Andersen, Charles Perrault o los mismísimos Hermanos Grimm hubieran podido escribir un bonito cuento, un cuento con final feliz  que llevara por título “El niño de hielo”.

De nuevo, como en muchas ocasiones, la realidad supera a la ficción. El El niño de hielo tiene nombre y apellidos. Se llama Wang Fuman, vive en Xinjiezhen, una ciudad del condado rural de Ludian, al sur de China, en una casa de barro con su abuela y su hermana, pues fueron abandonados por su madre.

Hace unas semanas Wang, como cada día, recorrió los casi 5 kilómetros que separan su casa de la escuela donde estudia tercero de primaria. Aquella mañana la temperatura era de – 9ºC. Al abrir la puerta del colegio sus compañeros y su profesor contemplaron a Wang literalmente congelado, su pelo, sus cejas, su cara enrojecida por el helado viento y sus manos cubiertas de profundas grietas producidas por el frio de muchas crudas mañanas. Sus compañeros de clase se rieron, él les siguió la corriente acostumbrado a las bromas que sin mandad alguna solían gastarle.  

Las fotografías de Wang, que su profesor compartió, corrieron con la pólvora por las redes sociales y comenzó a ser conocido como “el niño de hielo”. Muchos se quedaron en la anécdota y pocos se percataron del triste trasfondo de su historia, la espeluznante pobreza y las duras condiciones de vida que sufren muchos niños y niñas no sólo de las zonas rurales de China, sino las de otros muchos países del mundo.

Wang se esfuerza cada día para poder asistir puntualmente a su colegio. El mañana que su profesor le fotografió acudía para hacer los últimos exámenes finales que le quedaban. Según su maestro, Wang, es un alumno ejemplar y se le dan muy bien las matemáticas, de mayor quiere ser policía.

Su historia ha conmovido a muchas personas que han hecho llegar al pequeño Wang ropa de abrigo, guantes, gorros, botas. Las autoridades locales se han comprometido a entregar prendas de invierno a otros niños de la zona. La escuela ha recibido varias donaciones y el gobierno local construirá una nueva casa para él, su hermana y su abuela. Pues bienvenido sea todo ello.

Frente a historias como esta uno puede simplemente pulsar el botón “me gusta” o “compartir” pero a mí me suscita algunas preguntas. La primera ¿qué impulsa a un niño como Wang a recorrer todos los días haga calor, frio, llueva o nieve, los casi 5 kilómetros que le separar de su escuela? La respuesta creo que es contundente: La necesidad. Porque un niño inteligente como él ya es consciente – a diferencias de muchos de  nuestros niños y niñas - de que la educación es una de las herramientas más eficaces para salir de la miseria, el mejor medio de poder optar a un futuro, a una vida digna.

Otra cuestión sería ¿cómo es posible que en el siglo XXI se continúen produciendo casos como este? ¿cuántos niños de hielo hay en China? ¿Cuántos Wang hay en otros muchos países que sobreviven en el más absoluto anonimato y cuyas historias nunca saldrán a la luz? La respuesta también es contundente: Millones. Aunque cueste creerlo, aunque no aparezcan nunca en nuestro Facebook. Yo he sido testigo de ello. Los he visto en países de Centroamérica como El Salvador, Nicaragua o Guatemala. También de América del Sur, en Paraguay, Perú o Colombia, y desde luego en el continente africano, el caso de Camerún. Niños que en condiciones muy penosa no sólo de frio también de calor insoportable, lluvia o viento y después de haber ordeñado el ganado o trabajado un par de horas en el huerto familiar, se ven obligados a recorres muchos kilómetros para asistir a sus colegios por caminos, además de infernales, muy inseguros para ellos. 

También, como Wang, viven en casas de adobe, a cargo de sus abuelos, abandonados por sus padres o poco atendidos por estos que trabajar muy lejos. Niños de hielo, niños de polvo, niños de lluvia, niños de barro, niños de selva, Niños y niñas invisibles, camuflados en unas realidades que no nos interesan salvo que se produzcan casos “curiosos” como el de Wang.

Son los nadies. De ellos hablaba ya hace casi 70 años el escritor uruguayo Eduardo Galeano es su poema Los nadies, cuando afirmaba: los hijos de nadie, los dueños de nada. Los nadies: los ningunos, los ninguneados. Puede que la historia de Wang tenga un final feliz, pero seguro que podremos hacer algo más, cada uno verá qué, y lograr que las historias de niños como él acaben bien. Hablo de justicia no de caridad. 


[i] Figura élfica legendaria perteneciente al folclore del norte de Europa; se cree que el mito proviene de los anglosajones y nórdicos. Su trabajo consiste en hacer que caiga nieve o crear las condiciones típicas de invierno, de las heladas, colorear el follaje en otoño y dejar escarcha en las ventanas en invierno.