Domingo, 19 de agosto de 2018

Sobre la Educación (y IV)

Es sabido que los centros educativos concertados con ideario específico y concreto, pero financiado con dinero público puesto que es el Estado quien paga a sus profesores, seleccionan a sus alumnos y se desprenden de los que les resultan indeseables. Con unos modales exquisitos, eso sí, se los sacuden de encima: “Su hijo es una maravilla; inteligente, creativo, vitalista, pero en este centro no encaja.

Nos gustaría tenerlo, pero no encaja. Nosotros pensamos que se encontraría más a gusto y podría desarrollar todas sus capacidades y potencialidades, que creemos son muchas, en un centro público. Aquí ya sabe usted que la autoridad es muy rígida. Quizá excesiva. Autoridad que en muchos casos es castrante para chicos tan creativos como su hijo. En un centro estatal estará más cómodo. Sería imperdonable que le provocásemos un trauma para toda la vida. ¿No les parece a ustedes?

Por otra parte… nunca les agradeceremos lo suficiente que hayan confiado en nosotros para que educásemos a su hijo. Pero precisamente pensando en él creemos que estará más cómodo y será más feliz en un centro público. ¿Acaso lo que pretendemos para él no es la felicidad? Se habrán dado ustedes cuenta que en los últimos tiempos se le ve preocupado. Esto es debido a que no se ha integrado bien. Ése es el origen de su infelicidad y al que tenemos que poner remedio si queremos lo mejor para el chico. ¿No les parece?”

¿Qué van a decir los padres con este discurso? Cogen al niño bajo el brazo…, y carretera y manta hacia un centro público que les espera con los brazos abiertos. ¿Qué les importa convertir a los centros públicos estatales en un cajón de sastre? ¿Acaso no están para eso? ¿Alguien se acuerda del desplome del nivel educativo en los centros  públicos por la llegada masiva de esos alumnos? ¿Lo tiene en cuenta la administración? ¿A alguien le suena la palabra marginación?

Este almacenamiento de alumnos con menos interés, conflictivos, torpes, desmotivados, de minorías étnicas, inmigrantes que no conocen el español, etc., en los centros públicos estatales perjudica inevitablemente al resto, que tiene que compartir clase con los que no quieren hacer nada, con los que se aburren, con los que van a pasar el rato, con los que asisten esporádicamente para justificar las ayudas sociales, etc., y que se dedican a molestar a los demás.

El colmo de la desfachatez es cuando los centros públicos descafeinados hacen una interpretación malévola de las estadísticas y datos del fracaso escolar.