Sábado, 7 de diciembre de 2019

Un mañana feliz

Aquella mañana me levanté más feliz que nunca. No recordaba cuanto tiempo hacía que no me encontraba tan bien. Me sentía ágil, contento, con ganas de comerme el mundo, de hacer infinidad de cosas. Tenía verdaderas ansias por salir a la calle y hacer… no sé el qué, pero hacer algo.

El sol brillaba como nunca, la temperatura era ideal, el aire limpio penetraba en mis pulmones insuflando una vitalidad hasta ese día desconocida. La gente que pasaba a mi lado se mostraba amable, me saludaba con afable mirada, como invitándome a que llevara a cabo mis pretensiones.

Me reuní, como cada día, con mis amigos, con los que tenía infinidad de proyectos pendientes. Proyectos que por una cosa u otra, siempre se posponían; no había tiempo, no teníamos medios, son una utopía, nunca podrás llevarlos a cabo… y otras muchas escusas más escuchaba día tras día, y todas aquellos proyectos, por los que tanta ilusión tenía, se iban quedando atrás, perdiéndose en la oscuridad del tiempo. Pero aquella mañana, todo era distinto, todo parecía posible. Los ánimos estaban encendidos, la ilusión me empujaba con una tremenda fuerza para emprender todos aquellos perdidos proyectos. Cuanto proponía, a mis amigos, les parecía bien, la incertidumbre, las dudas, habían desaparecido de sus rostros, ahora todo eran ánimos, impulsos positivos para emprender todo aquello que hasta hacía poco parecía imposible. Era tal el entusiasmo que quería empezar ya mismo, no podía esperar ni un día más, ni una hora. Tenía miedo a que me faltara tiempo para hacer tantas cosas como me bullían en la cabeza.

La fatiga física y mental, que hasta hacía poco me tenían atenazado, habían desaparecido, me sentía liberado, como si me hubieran quitado de encima una pesada losa. También habían desaparecido aquellas miradas incrédulas de mis amigos, ahora todo les parecía posible. Lo que hasta hacía poco eran trabas, dificultades, impedimentos... se habían convertido en ilusión, esperanza y ganas de emprender la tarea.

Reconocieron lo equivocados que estaban por no haberme hecho caso antes, alabaron mis propuestas, mis ideas… Tantos era los elogios que de ellos recibía, que me abrumaban. Tuve que reprenderles cariñosamente, para que no se excedieran en sus alabanzas.

Todo parecía un sueño, un sueño del que no quería despertar, pues, aunque fuera en sueños, por fin podría hacer realidad todas mis pretensiones. Y era preferible vivir aquella realidad soñada, que la realidad que tenía de despierto.

De regreso a casa, iba dándole vueltas en mi cabeza a todo lo que me había sucedido aquella mañana. No acertaba a comprender por qué no había actuado así antes. Entendí, que cambiando mi comportamiento, permitía que el de los demás también cambiara. Y me hice el firme propósito de que, en lo sucesivo, esa sería mi actitud.  

Cuando entré en casa, noté un olor especial, como el que dejan las velas al apagarse. Había mucha gente, con caras muy tristes, pasé entre ellos como si no notaran mi presencia. Mis amigos también estaban allí. Entré en el salón, había un ataúd, alrededor del cual mi familia lloraba penosamente, no entendía qué podía haber pasado, nadie contestaba a mis preguntas. Me acerqué lentamente al ataúd. A medida que me acercaba, la oscuridad se apoderaba de mí, las voces se apagaban, quedando reducidas a un imperceptible eco lejano. Cuando quise asomarme al ataúd, la oscuridad y el silencio absoluto se apoderaron de mí.