Miércoles, 17 de octubre de 2018

Felices Reyes y fin de la magia

No sé si lo consigo, pero intento que mis artículos lleven siempre alguna nota de humor. Y, por supuesto, no de ese humor tan nuestro de partirse de risa cuando alguien se cae desde la altura de unos tacones, sino de algo más amable que nos lo sirve la actualidad en bandeja como un azucarillo que si no lo atrapas enseguida se te disolverá entre las añagazas de la desmemoria.

A esto le llaman algunos astucia, ingenio, perspicacia, ironía o talento. Pero para escribir, aunque le pidamos algo de ello a los Reyes, tampoco es imprescindible tanto equipaje.

El próximo martes ya habrán pasado Sus Majestades y por algunos hogares, me temo, injustamente habrán sobrevolado sin pena ni gloria. Inaceptable se mire por donde se mire. Ningún niño, de aquí a Siria o de Siria a Venezuela, merece quedarse sin un juguete, pues si perdemos la ilusión y borramos los sueños lo perdemos todo.

A propósito, déjenme que cuente un cuento real de un Rey real cuando los Reyes sobrevolaban y no podían detenerse. Hace ya muchos años, para mí como si fuera ayer, yo tenía un abuelo a quien los Reyes le salieron un día al encuentro y le pidieron que hiciera de Paje, y como él disfrutaba más cuando regalaba que cuando le regalaban, se sintió tan bien haciendo aquel favor que lo cumplió como si fuera una orden. Aquello ocurrió en el año 59 del pasado siglo y para cumplir con el propósito de los Reyes mi abuelo necesitaba ayuda y, sin decirnos de qué se trataba, nos la pidió a mí, que entonces tenía seis años, y a mis hermanos. ¡Imaginaos qué contentos! Él nos dijo: Mañana por la mañana van a venir los Reyes a nuestra casa después del desayuno y me han pedido que reúna a todos los niños que pueda. Yo no los conozco a todos y tampoco sé cuáles son los más pobres. Encargaos vosotros de que vengan la mayor parte de ellos”.

-¿También a quienes anoche nos echaron carros de madera, lápices y cuadernos?

-También. A todos.

Así lo hicimos. Además, como la vivienda tenía dos pisos, planta baja y doblao, mi abuelo nos había pedido que los lleváramos a una zona donde el doblao era de madera. La expectación estaba asegurada. Imagino que llegamos a reunir a cuarenta o cincuenta chavales, que tratándose de una zona rural no estaba nada mal.

Llegado el momento comenzaron a salir confites por distintos agujeros del techo, cada vez más confites y hasta algún que otro caramelo, y nadie sabía cuál podía ser el próximo agujero, pero los chavales se repartían de un lado a otro de la sala. ¿Cuántos kilos de caramelos darían los Reyes a su Paje, o sea, a mi abuelo, para que hiciera felices a tantos niños? No lo sabremos nunca, pero sí recuerdo que todos los niños salieron sonriendo y con los bolsillos llenos de confites y algún que otro saci, que era el caramelo más popular de la época.

Habrá muchos que no puedan situarse en aquel contexto, tiempos en el que una perra chica era una moneda con la que se podía comprar un par de confites, y la perra chica o la perra gorda era todo un capital que todos los días no estaban al alcance de los niños.

Ahora, en la actualidad, quizá los árboles no nos dejen ver el bosque y lleguemos a olvidar que si hay chicos que el día 6 recibirán un móvil último modelo, serán muchos más los que por la propaganda se sentirán asfixiados por juguetes inalcanzables.

No obstante, Felices Reyes a todos y en especial que se pasen SS.MM. por el taller donde nuestro director Juan Carlos López y el amigo Gabriel Alonso se recuperan y les lleven fuerzas para realizar con fe las tablas de ejercicios.