Lunes, 9 de diciembre de 2019

La importancia del humor

Cuando me encuentro a alguien que no tiene un mínimo sentido del humor, casi sin darme cuenta y por supuesto sin menospreciarle, me pongo a la defensiva. Esas personas tan serias, tan circunspectas que no admiten ni entiende que en una conversación se pueda introducir algunos tintes de humor, que no sólo amenizan la conversación, sino que la enriquecen, esas personas que piensan que el humor desvirtúa el sentido serio y riguroso de la conversación y que cuando alguien introduce ese elemento, le miran de forma displicente, como perdonándole la vida, y continúan con su riguroso discurso, no acaban de gustarme.

Creo que el sentido del humor es vital para que una conversación fluya con naturalidad y frescura, para que las personas que intervienen se encuentren a gusto (excepto las enmarcadas en el párrafo anterior), con libertad para poder decir lo que piensan sin temor a equivocarse, porque eso de equivocarse es otro de los tantos y tantos derechos que los seres humanos tenemos. Derecho, al que tenemos pánico de ejercer, nos parece que podemos caer en el ridículo, que el otro nos va a juzgar como un zote, si lo que decimos u opinamos no es lo correcto. Ese miedo nos impide ser nosotros mismos y manifestarnos como somos realmente, terminando por mostrar la imagen que creemos que el otro espera de nosotros, cuando lo cierto es que la verdadera imagen es mucho más enriquecedora que la impostada.

Si el sentido del humor reinara en nuestras vidas creo que todo nos iría un poco mejor. Ya sé que no todos tenemos el mismo sentido del sentido del humor, afortunadamente, pero si perdemos el miedo, si somos capaces de liberarnos de los muchos prejuicios que oprimen y coartan nuestra libertad para expresarnos, nuestras vidas, estoy seguro, serán un  poco más felices.

Cuando hablo del sentido del humor, no me refiero a lo que en algunas ocasiones ocurre en las reuniones de amigos, en las que, no sé si por falta de temas o de imaginación, se termina contando chistes sin que vengan a cuento de la conversación, rompiendo completamente la comunicación, convirtiendo la reunión en una especie de monólogos alternos, con más o menos gracia, que no aportan nada a la conversación, convirtiéndose en una especie de pugna a ver quién cuenta la historia más graciosa. Historia que, en no pocas ocasiones son conocidas por el resto de los presentes, que esperan pacientemente a que acabe para tomar su turno. Eso, para mí, ni es conversación, ni es inteligente, ni es divertida, ni tiene nada que ver con el sentido del humor.

Otra cosa es que alguien meta en la conversación, un chiste rápido, que pueda aportar algo a aquello de lo que se está hablando y además introduzca un toque simpático e inteligente, que distienda y amenice la conversación.

Hay que tener cuidado con la utilización de ese tipo de chistes rápidos, ya que puede abrir la puerta a aquellas personas que no teniendo nada que aportar a la conversación, quieran tomar cierto protagonismo y empiecen a soltar una retahíla de chistes, sin que tengan nada que ver con lo que allí se habla, dando paso a que otros cuenten los suyos, con lo que la conversación se pierde y caemos en la sucesión de monólogos de los que hablaba anteriormente.

No estoy en contra de los chistes, ni mucho menos, pero prefiero la conversación, la comunicación, la exposición y confrontación de ideas, con una inteligente defensa de nuestros pensamientos, con un humor original, sin tener que tirar de ideas ajenas y que acaben siendo ellas las que guíen nuestra conversación. Si hace falta, se salpica con un chiste, con una anécdota, con frases de otros… ¿por qué no? Pero que el chiste, la anécdota… sirvan para apoyar nuestra idea, que sean el picantillo del guiso, no el guiso.