Sábado, 15 de junio de 2019

Putos animales

Adoro los animales. He tenido desde hormigas, lagartijas y gusanos de seda hasta perros, gatos y hámsters pasando por pollos, patos, tortugas y hasta un barbo del estanque del Retiro.

Mi hija María ha heredado esta sensibilidad para con los bichos. Sólo espero que no sufra tanto como yo cuando me enteré de que el trabajo del perrero (mi sueño) era cogerlos para sacrificarlos en lugar de para cuidarlos.

Un trauma sólo comparable a la muerte de mi ídolo de infancia: Félix Rodríguez de la Fuente. Con el paso del tiempo he conocido a mucha gente sensible que se dedica a querer y cuidar a los animales. Personas que han tenido que sufrir duelos clandestinos tras la pérdida de sus mascotas. Tan es así que, de entrada, desconfío de todo aquel al que no le gustan los animales. 

Pero todo tiene un límite. Las personas son siempre lo primero. Aunque nos cueste. Aunque el corazón, en no pocas ocasiones, nos diga que hay animales más inteligentes que muchas personas -que los hay-, que hay animales más cariñosos que muchas personas -casi todos- y que los animales son más generosos y valientes que la mayoría de los humanos. Suena casi contradictorio, pero el límite es muy claro. Meridiano. La peor y más miserable de las personas vale más que todos los animales maravillosos que se nos ocurran. Es así. No hay más.

Traigo estas dos reflexiones sobre el amor a los animales (que acaban de abandonar el estatus legal de cosa en nuestras leyes) y sobre la primacía de las personas porque me encuentro con una sociedad cada vez más desquiciada. Un ambiente en el que algunos individuos e individuas (con argumentos casi tan infantiles como radicales) ponen a los animales por encima de todo y de todos. Y no. Que yo quiero mucho a los bichos, pero sé que las personas (aunque sean odiosas) son lo más importante.

Ayer en Cádiz moría en una plaza del centro un hombre de 31 años. Vivía en la calle, como los gatos y los perros a los que de niño soñaba con salvar y cuidar. Murió solo. Sin nadie que se le acercara a preguntarle si tenía un lugar donde recostar la cabeza, sin nadie que le hiciera un foto y la mandase por whatsapp para ver quién se podía hacer cargo de él unas noches hasta que alguna asociación o protectora o albergue tuviera un hueco.

Y no sé si es porque se acerca la Navidad y Dios nace en la calle entre los que nadie quiere adoptar, entre los que no tienen chip, entre los que están sin desparasitar, o quizá porque la noticia me la ha pasado mi amigo Fernando, al que conocí en una situación similar. Él tuvo la suerte de dar con la gente de Cáritas que le acompaña en su proceso vital.

Hoy no dejo de darle vueltas. Llevo todo el día mascullando juramentos, avergonzándome de pertenecer a la humanidad. ¿Cómo es posible que muera alguien abandonado en la calle con la intensa y creciente corriente de apoyo que ha surgido en favor de los animales? ¿Cómo?