Martes, 16 de julio de 2019

El "vuelo alto"

Resultado de imagen de IMÁGENES DE ESPERANZAEn estos días celebrábamos la fiesta de san juan de la Cruz. Y, me parece, que para poder decir con más facilidad lo que entiendo de la esperanza, me serviré de un poema de Juan de la Cruz. Dice el santo:

“Tras un amoroso lance”. En el mismo inicio del poema, se nos habla del amor (lance) como la causa de la esperanza, de la que nunca el hecho amoroso entre dos personas se ve falto (y no de esperanza falto). Así pues, ya tenemos un dato importante: la esperanza nace dentro del movimiento (lance) del amor. Y por amor queremos, deseamos y apetecemos a alguien (o algo). Todo enamoramiento conlleva un proceso de menos a más, intenso, a veces difícil, hasta ser coronado por la victoria de la posesión de quien amamos. Ese proceso lo resume San Juan de la Cruz en un verso repetido y simple: “volé tan alto, tan alto, que le di a la caza alcance”.

En este proceso de enamorarnos (amor), donde hemos visto nacer la esperanza, ocurren cosas tan curiosas como que uno se pierde de vista a sí mismo, absorto como está en lo que quiere. Se “pierde de vista” (tanto volar me convino que de vista me perdiese) porque sólo mira a quien ama y todo sabe insulso sin el otro, y sólo se apetece su compañía y su presencia. Por eso no nos fijamos en nosotros, y quedamos absortos y engatusados en el otro.

Justo entonces, aparece el tercer elemento de esta tríada teologal, la fe. Ella es la que nos hace volar y dar saltos. Ella es la que nos muestra lo que deseamos, que no es otra cosa que el amado. Y dice Juan de la Cruz que cuando esa fe se queda corta, es el Amor el que nos motiva y mueve, tirando de nosotros hacia arriba. (Y con todo, en este trance, en el vuelo quedé falto; más el Amor fue tan alto, que le di a la caza alcance).

En el siguiente verso se nos dice algo importante: que “la más fuerte conquista en oscuro se hacía”. Normalmente no acostumbramos a meditar o repasar en nuestra mente los procesos vitales, mentales y afectivos, por los que pasamos, y esto nos priva de una gran sabiduría. Intentar profundizar en lo que ocurre mientras vamos de camino es sencillamente vivir. Y así mismo, conocer lo que nos pasa en los procesos de enamorarnos, de amar, de creer o de esperar, nos concede la sabiduría. Lo importante y novedoso que introduce San Juan en este verso es que hay una oscuridad en todo proceso, y que todos coincidimos en afirmar que es un misterio. ¿Por qué amamos, por qué a ése y no a otro, qué nos mueve, qué nos atrae, qué nos mantiene unidos?

Finalmente, cuanto más amamos, más salimos de nosotros mismos y más cerca estamos de quien amamos. Es ahora el momento de volver a recordar que hablamos de Dios. Conocerle a Él, es conocer el amor, en una hondura y profundidad tales que nos quedamos absortos y sin palabras. Ahora es la esperanza la que tira de la fe, (“por una extraña manera mil vuelos pasé de un vuelo”), porque es ella, la esperanza (extraña manera), la que nos hace desear más y más (“mil vuelos”) ese amor que se toca con los dedos, y nos deja boquiabiertos. Cuando la esperanza es activa (vuela) y sólo espera a Dios, finalmente le da “a la caza alcance” porque la esperanza de cielo, “tanto alcanza cuanto espera”.

Quiero añadir que la esperanza es tremendamente activa. San Juan de la Cruz la compara con el “vuelo alto”. Ver volar a las aves es darse cuenta de que están actuando, haciendo un esfuerzo, desarrollando una actividad. Lo mismo diríamos de los humanos cuando caminamos. Caminar o volar es la imagen de la esperanza. ¡Lejos de ella la espera pasiva, que no despega nunca del suelo!

A veces, ciertamente, la esperanza necesita el empujón de la fe, y siempre, siempre, necesita la energía pura de la que se alimenta, el amor. La esperanza, es el motor que nos permite avanzar, conocer, desear, saborear lo que esperamos. Pero, sobre todo, la esperanza es la fuente de la alegría. Una alegría que nada ni nadie nos puede quitar, ya que nace y se mantiene erguida y activa en la esperanza. No confundamos nunca la esperanza con el simple acto de esperar. El simple acto de esperar es pasivo y a veces equivocado.

La esperanza es más que eso, porque conoce por la fe y disfruta por el amor, ya aquí aunque todavía no. La espera de la esperanza es simplemente el “proceso” del amor. Porque ahora son estas tres: la fe, la esperanza y el amor. Pero la más grande, la que permanecerá cuando las otras dos se acaben, es el amor. Su hartazgo, su posesión, su disfrute infinito, que es realmente lo que todos, lo sepamos o no, esperamos y ansiamos alcanzar.