Lunes, 15 de octubre de 2018

Segunda República Española (y II)

El segundo enemigo de la República fue una legión de profundas deficiencias estructurales, institucionales y sociales: una Iglesia católica conservadora e históricamente ligada a los grupos dominantes; un ejército cargado hasta el exceso de oficiales, descrédito, pronunciamientos y derrotas; la reforma agraria seguía pendiente en este intrincado país agrícola; la intransigencia de las oligarquías y élites en el poder económico y un embotado centralismo, indiferente a los espumeantes anhelos de los nacionalismos periféricos… y tránsfugas, que azuzados por los intereses de unos pocos rebuscaron en las diferencias para crecer acallando la memoria de otros pueblos. El tercero, las excesivas esperanzas despertadas. Las clases menos favorecidas, apremiadas por la pobreza y la nostalgia de justicia, exigieron al Gobierno cambios rápidos y drásticos, que el Ejecutivo no pudo realizar con la urgencia que eran requeridos. Antes de terminar el mes de abril se produjeron huelgas y manifestaciones en algunas ciudades, por la falta de soluciones que la República debía dar a los muchos problemas de los trabajadores. Por el contrario, los decretos del Gobierno sobre educación, reforma agraria, ejército, reforma laboral, o nacionalismos, provocaron inquietudes, rechazos y la indignación de terratenientes, patronos, “gentes de orden”, algunos sectores del ejército y buena parte de la jerarquía eclesiástica española.

Y el cuarto, el empeño de dos pequeños grupos extremistas, “los hunos y los hotros”, -que dirá más tarde Unamuno- en hacerla inviable, convencidos que la degradación, las corruptelas y las injusticias en España sólo se solucionarían por el burdo atajo de la violencia. Por la izquierda, los revolucionarios socialistas, anarquistas, comunistas y trotskistas, y por la derecha los revolucionarios fascistas, los tradicionalistas, la Iglesia montaraz, los militares golpistas, los monárquicos resentidos y las viejas oligarquías. Dos minorías de radicales que compartiendo sombras y azuzando temores al inminente triunfo de una revolución fascista, comunista o libertaria, forzaron a la inmensa mayoría del pueblo español a resignarse y a tomar partido, al tiempo que lo convencían del inevitable enfrentamiento que se avecinaba. Según ellos, la retórica de las espadas era el único remedio para resolver los males de España, estableciendo uno de los dos regímenes totalitarios del momento: el comunista de la URSS o el fascista de Italia y Alemania. “No es esto, no es esto…” –le oyeron decir a José Ortega y Gasset.