Jueves, 18 de octubre de 2018

Las pequeñas cosas

Para ponerme en modo navideño, y celebrar que estoy por cumplir 25 años en México, o sea, que llevo más tiempo de mi vida aquí que allá, me puse a escribir sobre que la vida se forma de pequeñas cosas, de simples cosas a las que cantaron, entre otros, Mercedes Sosa y Joan Manuel Serrat

Cuando llegamos a México, con una beca para un año, cuando ni pensábamos en quedarnos, en hacer aquí una vida, en ser charros de dos orillas, mexicanos y españoles, obviamente nos fuimos haciendo de un ajuar con mucho de transitorio. Podríamos decirle kitsch pero, en realidad, era algo “de piso de estudiantes”: bueno, bonito y barato.

Los muebles y electrodomésticos fueron prestados, como una tele de bulbos –creo que los menores de 30 han de pensar que hablo de algo que contemplaron los diplodocus–, o comprados en la calle, porque en México se veían, y todavía se ven, artesanos que venden sus productos; todavía quedan en casa algunos de esos muebles… Y un par de portacasetes –otra antiquísima forma de reproducir, guardar y copiar música; jóvenes, como referencia, nuestro spotify eran las cintas de 90–. Esos portacasetes, con sus cintas, siguen en casa, por supuesto.

Además de alimentar el espíritu, con la música, había que hacer lo propio con el cuerpo… Y hacerlo en cazuelas, platos, vasos y demás que aguantaran y no nos erosionaran mucho el presupuesto.

Nuestro dealer al respecto eran bodegas, especie de outlets –antes de que se “inventaran”– de utensilios caseros. Platos con mínimas desportilladas, cubiertos, cada uno de su padre y de su madre, a los que se añadieron alguno que otro con logos de compañías aéreas o de hoteles y restaurantes –ups, a confesión de parte, relevo de prueba–.

Los vasos, como no nos alcanzaba el presupuesto para nocilla, que aquí, además, se llamaba nutella y venía en frasco y no en los vasos que  formaron las cristalerías caseras de nuestra infancia, tuvieron que ser unos que se encuentran en México que, les juro, alguna vez se me han caído y no se han roto. Otras sí se han roto, pero, por lo que aguantan no sé de qué estarán hechos, aunque parezcan de vidrio.

Los cachivaches hogareños, como la música en casete, son anclajes a una realidad sin tiempo, que es otra manera de decirle a los recuerdos.

Y esos recuerdos han ido quedando ahí, mientras va creciendo la casa y uno va viviendo la vida; a veces medio olvidados, pero a los que uno regresa de vez en cuando y sonríe, y recuerda, y se pone melancólico.

Como ahora que saco la cinta de villancicos que grabó el coro del Milagro de San José, hace unos 25 años, que, como les decía, son los que llevo en México.

P.D. ¡Felices fiestas y lo mejor para 2018! Nos leemos el año que viene.

@ignacio_martins

 

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