El espantahojas

Soy una hoja. Sí, soy una hoja. Podía empezar contándoles mi breve historia de vida con un circunloquio literario, pero no, para qué, si nadie me creería. Y, además, parecería presuntuoso, cosa que me da grima, por cierto. Soy una hoja del parque. Estoy caída, como debe ser en otoño.

Las hojas, en otoño, caemos de los árboles. Se afloja el nudo que nos ata al árbol, viene un vientecito y ¡hála!, después de un aerodinámico viseo por el aire, nos posamos suavemente en el suelo. Allí me encuentro con un montón de amigas, compañeras que antes hemos andado pegadas a los árboles, recogiendo el solecito del mediodía o el alimento necesario del agua de lluvia. Nos juntamos muchas en el suelo, tantas, tantas y tantas que hacemos como una alfombra de oro.

 Lo que menos me gusta, a mí, personalmente, como hoja orgullosa que soy, es que vengan los perros a husmearme, a husmearme y a mearme. Te faltan al respeto, y eso no lo consiento, pero no hay otra: ¡eso es acoso!..

Pero siendo esto una grave ofensa contra nuestra dignidad de hoja de otoño, lo que más me enfada es el fulano ese que viene cada mañana con un pedazo de tubo tenebroso en las manos que mete un ruido de aquí te espero.

Oye, que es como un terremoto, te enchufa un oleaje de viento que te atontona viva. Y nos pega a todas unos revolcones  terribles. Y digo yo, ¿qué sentido tiene eso?.  Nos soplan de un lado para otro ¿para qué?. Y además el tío se pone un bozal, como algunos perros que, como no nos pueden oler, nos mean, ya digo.

 Y las personas, que nos pisan y nos patean sin ninguna consideración. Es dura esta vida.

Sólo los poetas nos miran con buenos ojos.