Jueves, 22 de agosto de 2019

"Coco", amor a muerte

“¿Si nadie se acuerda de ti te mueres? ¿Dónde van los muertos que se mueren otra vez? ¿Héctor es el tatatatarabuelo de Miguel o el tatatataratío?” Y así hasta el infinito y más allá fue el tercer grado al que me sometieron mis dos hijas de siete y cinco años al salir de ver la última de Píxar. Cuando encendieron las luces de la sala había más pañuelos entre el público que tras una faena gloriosa en la Monumental de México. Un no parar de sorber mocos y secar lágrimas a pesar de entrar advertido. O quizá por eso. Porque yo fui a llorar a muerte.

Iba al cine con ese puntito de temor que da el hecho de haber oído hablar mucho y bien de la película. En estos casos las expectativas suelen ser traicioneras y, como mis gustos no coinciden siempre con los de la mayoría, procuré no hacerme ilusiones. Por suerte, la cinta superó con mucho la mejor de las críticas. Me encantó. La forma y, sobre todo, el fondo. Fue un flechazo similar al que tuve con “Up”. De hecho, la abuela de Miguel, el niño protagonista, es un clon del abuelo scout de la casa de globos. 

La muerte como parte de la vida. La memoria de los difuntos, honrar a los muertos, recordar a los que se fueron pero siguen estando mientras hay alguien que les eche en falta. La familia como comunidad en la que desarrollarse plenamente. Formar parte de un grupo no elegido y respetar sus jerarquías y formas de organizarse. Conocer las tradiciones, practicarlas y amarlas como parte indisoluble de cada uno. El respeto a los animales, la necesidad de la trascendencia, la honestidad en el trabajo, la música como motor de las emociones, el perdón de lo imperdonable, la perseverancia a la hora de perseguir los propios sueños. Y todo, absolutamente todo, por amor. Amor para vivir y morir, para recordar a los que murieron y siguen viviendo en nuestros corazones; amor para respetar las decisiones de la familia, para participar en sus tradiciones aceptando el papel que me asignan en cada momento vital. Amor para practicar las tradiciones de la cultura que me es inherente. Amor por los animales, dejarse amar por los seres mitológicos, trascendentes, del más allá. Amor como el de Héctor por Imelda y Coco. Amor que empuja a renunciar a uno mismo, a la fama, al dinero, al poder, por desear el bien de tu prójimo, de tu mujer, de tu hija, de tu familia. Amor como el de Miguel por la música, por su perro Dante, por su familia, por Coco. 

Para hacerlo más fácil hay humor negro y un auténtico homenaje a México y sus referentes culturales más allá de estereotipos manidos de comida picante, toros y sombreros de mariachi. Un malo que parece bueno porque se ha forjado una reputación mintiendo toda la vida. Un giro de guión a modo de culebrón con confesión televisada en directo y la reparación de la memoria histórica para cerrar el círculo de los vivos, los muertos y la memoria. 

Intuyo que se convertirá en un clásico de Halloween para contrarrestar Halloween. Yo, por si acaso, la he incluido en mi carta a sus majestades. Porque he sido bueno, porque quiero recordar y que me recuerden. Porque creo que el amor es el único modo de seguir vivo.