Jueves, 18 de octubre de 2018

2018

Íbamos casi en fila india desde el colegio a casa, por una acera estrecha e irregular. A la mía eran seis manzanas nada más, por una calle recta. Pero ese recorrido cotidiano nos daba para algunas conversaciones de enjundia con los amigos que vivían por mi barrio. Una de ellas era pensar qué sería de nosotros en el año 2000.

Faltaban decenios y calculábamos la edad que tendríamos. Nos parecía una barbaridad. Los de treinta y pico ya eran viejos, y esa sería la edad que tendríamos en el cambio de siglo. Ni se me ocurría pensar que por esas fechas iba a tener a mi primera hija y que, incluso algunos años después, tendría la sensación de encontrarme en la flor de la juventud, bastante ilusoria como todas las flores de ese tipo.

Tampoco se nos venían a la imaginación todos los problemas con los que nos amenazaron al no haber previsto cierto el cambio de milenio en los aparatos informáticos. Cómo se nos iba a ocurrir eso, si un computador para nosotros era algo inmenso que podía salir en alguna película americana y nada más. El efecto 2000 quedó también atrás. Y hasta quedó también en la historia al poco tiempo nuestra peseta, que nos parecía también eterna.

Menos mal que la mente humana es capaz de adaptarse mejor de lo que aparenta y no es hasta alguna tarde tranquila de un fin de semana en que uno se pone a pensar de todas esas cosas que, o bien parecía que iban a tardar en llegar toda una era geológica, o ni éramos capaces de imaginar.

Pero se ve que no aprendimos de la experiencia, porque en 2012 en un invierno bonaerense adelantado en que hasta nevó en el Obelisco, se nos debió calentar de más la cabeza cuando nos enteramos de que estaban hablando de las próximas sedes para las Jornadas Iberoamericanas de Derecho Procesal. El apoyo de buenos amigos de distintos países hizo el resto, y la convicción o la insensatez –según se mire- fue inmediata.

Buscamos una cafetería tranquila -lo cual en Buenos Aires no es nada difícil-, para redactar un escrito formal en el que hablábamos de un lejano octavo centenario, que era el argumento principal para que un grupo de jovencitos a los que nunca ha asustado el trabajo nos comprometiéramos del todo.  Más complicado fue que Fede encontrara lugar para que nos imprimiéramos ese documento en el que hasta membrete pusimos.

Hicimos la foto de rigor en el momento de la firma y lo entregamos con más miedo que vergüenza. El apoyo y la aceptación fueron unánimes. Y no sólo porque hablar de octavo centenario en América toda impresiona al más insensible, sino también porque estábamos hablando de la Universidad de Salamanca, institución admirada, apreciada y querida, por lo menos desde el Río Bravo hasta Usuhaia.

Poco después me encontré en Colombia al Presidente del Instituto Iberoamericano de nuestra especialidad que me encomendó otro compromiso: ya que estábamos con las Jornadas Iberoamericanas, por qué no uníamos ese Congreso con un Coloquio de la Asociación Internacional… Con eso la misión ya adquiría dimensiones planetarias. Pero ya puestos en faena, nos iba a costar un parecido esfuerzo organizar las dos cosas a la vez, así que no había otra opción que agradecer la confianza y empezar a arremangarnos.

Faltaban años, sin embargo, porque era en octubre de 2018 cuando había que tener todo dispuesto, y aunque nos pusimos a trabajar poco a poco, veíamos tan lejana la fecha como ese año 2000 de mi niñez. Pero he aquí que hoy mismo estamos ya en ese año supuestamente lejano y, ya dentro de la vorágine del centenario, con multitud de actividades y con la mirada puesta siempre en el futuro, porque este, por muy importante y redondo que sea el año, no debe ser más que el comienzo de un fructífero y apasionante futuro.

Feliz 2018.