Miércoles, 26 de febrero de 2020

Negra y con una estrella

     El lío catalán ha traído al primer plano de la actualidad una enfermedad más antigua que el catarro pero de la que raramente se hablaba: la desinformación. La desinformación, principal técnica de la propaganda negra, consiste en diseminar informaciones falsas y provocativas para debilitar o desmoralizar al rival. Se trata de medias verdades, exageraciones y bulos, urdidos en laboratorios de ingeniería social con el propósito de inducir a reacciones colectivas de carácter destructivo. A diferencia de la propaganda blanca (que es la difundida por emisores identificados, como los partidos políticos o las distintas iglesias), los mensajes de la propaganda negra se atribuyen falsamente a fuentes aliadas del enemigo o a emisores neutrales para dotarlos de verosimilitud. En los medios de comunicación social convencionales –prensa, radio y tv– se realiza mediante periodismo precocinado de filtraciones y versiones adulteradas, pero las plataformas más eficaces para su lanzamiento son las redes sociales de internet. Doblemente eficaces, puesto que muchos medios en teoría serios se hacen eco de las campañas virales y contribuyen a la expansión de la propaganda negra. La campaña actual pro independentista y contra la imagen de España proviene de Rusia, que pretende así debilitar a su competidora la Unión Europea. Lo comenté aquí hace un mes, cuando se conocieron los primeros indicios. Ayer mismo la OTAN pidió a España que se proteja ante la injerencia rusa. ¿Es mera casualidad que Putin haya dirigido la KGB, la fábrica más poderosa de propaganda negra de todos los tiempos?                                     Desacreditar y ensuciar es infinitamente más fácil que dignificar y limpiar. Contrarrestar los efectos de estas maniobras indecentes resulta prácticamente inviable. Las calumnias e injurias vienen a ser lo que las minas en la guerra: producir una mina unipersonal cuesta sólo un puñado de monedas… desactivarla, cien veces más. Y no olvidemos que la desinformación puede ser voluntaria e involuntaria. Los periodistas tenemos hoy más que nunca la obligación de contrastar las informaciones; distinguir al menos entre bulo, rumor, filtración, punto de vista y dato incuestionable. Sobre todo, entre verdades y mentiras.