Sábado, 21 de septiembre de 2019

Mi tía Carmen y el Capitán

Dedicado a César Hernández
César Hernández, el segundo por la izquierda

Días pasados en un paseo nostálgico por la calle de Gómez Arias salmantina, donde habité un tiempo cuando yo tenía 16 años de edad, tuve la oportunidad de pasar por donde estaba situado el “palacete” en que vivieron mis Tíos Tomás y Patrocinio (Patro) y en el que también estaba “acogida” la tía Carmen; una solterona de buen ver, rubia guapa y muchos “pájaros” en la cabeza según murmullos de los convecinos.

Los tres formaban un gran contraste en parecidos y saber estar que resaltaba en demasía, una vez que se les iba conociendo. El tío Tomás, que tuvo peluquería en la calle la Rúa y Toro que en su día fueron “templos” de chismorreo y adalides en temas de tauromaquia. Era un tipo de difícil definición personal, siempre tirando a mal, de perenne cigarro en boca y manifiesto “colmillo retorcido” en su proceder habitual y “pachorra” de nacimiento; en sus ratos libres pasaba el tiempo en el pequeño jardín delantero de la casa entre pimientos y tomates  donde se desenvolvía como un “manitas” o en la caza de pájaros con liga en el campo y cangrejos en los ríos a mano o en retel, teniendo pasión desmedida por la cría de vistosos y cantarines canarios diseminados en jaulas por todas las estancia.

La tía Patro, guapa había sido y conservaba aún rasgos de aquella belleza de juventud, se la veía altanera y muy “sabida” a pesar de no haber tenido una vida fácil ni divertida, sin vida propia y sumisa siempre, pero acérrima defensora de un marido que con sus cambios emocionales demostrativos de una gran inmadurez, no se lo merecía.

Y… ¿Mi tía Carmen? Que es la protagonista de estos viejos recuerdos. Pues… la tía Carmen; según cuenta mi primo César Hernández en su libro—Ecos de los Hernández Galán--: “Todo el señorío de nuestros abuelos Eulogio y Petra, se vio reflejado en nuestra tía Carmen. Que rompió el esquema de los rasgos característicos de la saga, pues era rubia con unos ojos grandes y soñadores, hermosa entre las hermosas, exuberante y con un carácter especial y sonrisa eterna”

              … Se mantuvo “soltera y entera” esperando la llegada de un príncipe azul…que jamás llegó”

¡Llegó… llegó primo César. Pero… fue un amor platónico, intenso, intensísimo… pero platónico!

Debo decir; que yo tuve la oportunidad de “vivir” una parte de él,  pues compartí el palacete cuando yo tenía 16 años de edad con la tía Carmen y a pesar de la corta edad fui testigo de muchos aconteceres sorprendentes y singulares. Yo intuía que a la tía Carmen la pasaba algo, algo profundo y que más tarde, con el paso del tiempo comprendí. Lo que la pasaba era, ni más ni menos, que tenía… ¡mal de amores!

Yo, la veía muchos días, que después de darse una crema facial llamada Visnnu, “pues por aquel entonces, estaba de moda llevar el cutis blanco, que determinaba incluso la condición social; pues la cara morena era señal característica de estar en contacto con al sol… y no por veraneo, si no por tareas que se desarrollaban en los pueblos”.

Después se sentaba  a  la vera del gran ventanal del comedor y sala de estar que daba a la calle y la gran explanada entonces sin edificar de Gómez Arias y… esperaba… esperaba pacientemente y durante largo tiempo. Para paliar esta angustiosa  y para mí intrigante sentada detrás de los visillos, en una mesa baja, tenía siempre una botella de agua estilizada de la marca—Vichy Catalán---de que era adicta y de la que nunca me dejo beber… ¡Ni a mí, ni a nadie!

Alguna vez, yo me situaba a su espalda y miraba a través de los visillos por si podía ver lo que ella estaba esperando  que “pasara” en el exterior, pero… vano empeño, pues sólo pasaron los días y los días y algunos meses y nunca vi nada reseñable. Eso, hasta que un día mi tía Patro, en una indiscreción, tal vez propiciada por su enfado con el tío Tomás, murmuraba: ¡Él uno con los canarios! Por el tío Tomás… y la otra (por tía Carmen) con el Capitán…

Y así supe, de sopetón, que a quien la tía Carmen esperaba con pasión que pasase por delante del ventanal, entre buche y buche de agua de –Vichy Catalán—era ¡un apuesto Capitán! del cercano Cuartel de Infantería; que pasaba todo los días a la misma hora de la mañana y tarde , camino de su casa. Un día le pude ver expectante, pero la verdad, a mí sinceramente no me pareció nada “del otro mundo” aunque destacaba en el, un uniforme impecable y un bigote muy cuidado. Sinceramente para mí… ni fu ni fa.

Pero para tía Carmen, que nunca había tenido novio, aunque si más de un pretendiente, estaba enamorada, yo diría “colada” hasta los tuétanos, por un Capitán… que “pasaba por allí” y que además estaba casado. ¡Por Dioooooos diría la inefable vecina Mari Loli!

Sí, querido primo César; nuestra tía Carmen, rubia, de ojos claros grandes y soñadores, hermosa entre las hermosas, exuberante muy rubeniana, rosa de otoño, de especial carácter, bebedora incansable de agua de—Vichy Catalán---, siempre se mantuvo “soltera y entera” esperando ilusionada la llegada de un príncipe azul, pero que cuando la llegó… ¡vestía de marrón—caqui, se llamaba Casimiro y era Capitán del Ejército Español!... Un amor imposible. Un amor platónico.

Hoy he pasado junto al que fue palacete de mis tíos Tomás y Patro y donde estaba “acogida” la querida y singular tía Carmen; el “palacete” con jardín delantero, ya no está, en su lugar hay viviendas de varios pisos, la explanada donde jugábamos al futbol, guardias y ladrones y las canicas tampoco. Nada,  ni vestigios quedan de lo que aquello fue. A mis 83 años de edad, me queda el recuerdo difuminado por el tiempo de un día en que… ¡por fin y a hurtadillas! Pude dar un sorbo de aquel –Vichy Catalán- que tenía prohibido. Me supo rematadamente mal.

Y muchos recuerdos y recuerdos. Por cierto primo Cesar, que tú también tienes los tuyos ¿Por qué? No quedamos un día y les damos un “repaso”… ¡Eso sí, con un buen orujo de hierbas y nada, nada, de –Vichy Catalán!