Lunes, 19 de agosto de 2019

Francisco y la pena de muerte

El papa Francisco sigue dando pasos en la Iglesia, no sin oposición. En Audiencia a los participantes en el encuentro promovido por el Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización, aprovechando la conmemoración de vigésimo quinto aniversario de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica por Juan Pablo II, nuevamente ha querido alzar su voz contra la pena de muerte. Según sus palabras, es tarea y misión, anunciar el Evangelio de una manera nueva y más íntegra a los hombres de hoy, entendiendo el Catecismo a la luz del amor como experiencia de conocimiento, de confianza y de abandono en el misterio. Sigue comentando Francisco, que en el caso de la pena de muerte, no solo hay que tener en cuenta la doctrina de los últimos Pontífices, sino el cambio de conciencia del pueblo cristiano, que rechaza una actitud complaciente con respecto a una pena que menoscaba gravemente la dignidad humana. Quiera afirmar de manera rotunda el rechazo a la pena de muerte en cualquier circunstancia, una medida inhumana, contraria al Evangelio y que humilla la dignidad de la persona.

Un antecedente de estas declaraciones, lo encontramos en 2015 en Carta dirigida por Francisco al Presidente de la Comisión Internacional contra la pena de muerte. Podemos enmarcarlo en las grandes líneas de su pontificado, el Papa de la revolución de ternura y amor, quiere la misericordia en la Iglesia sea liberadora, no una hermosa cadena que esclaviza. Una misericordia que es la razón de la alegría del Evangelio. En la Carta, comenta: El Magisterio de la Iglesia, a partir de la Sagrada Escritura y de la experiencia milenaria del Pueblo de Dios, defiende la vida desde la concepción hasta la muerte natural, y sostiene la plena dignidad humana en cuanto imagen de Dios (Gn 1,26). Sigue comentando que la pena de muerte es inadmisible por muy grave que sea el delito, una ofensa a la inviolabilidad de la vida y la dignidad de la persona y contradice los designios de Dios sobre la persona, la sociedad y su justicia misericordiosa. La pena de muerte es un fracaso para los Estados, no hace justicia a las víctimas, sino que fomenta la venganza. La pena de muerte, implica un trato cruel, inhumano y degradante, como también lo es la angustia previa al momento de la ejecución y la terrible espera entre el dictado de la sentencia y la aplicación de la pena, una “tortura” que, en nombre del debido proceso, suele durar muchos años, y que en la antesala de la muerte no pocas veces lleva a la enfermedad y a la locura.

Según el informe de Amnistía Internacional sobre la pena de muerte, en el 2016 se produjo una disminución del 37% en el número de ejecuciones, respeto al año anterior. Es una buena noticia, pero comenta el informe, que a pesar de todo sigue siendo muy alta, 1.032 personas, mayor que el decenio anterior. Las cifras del informe no incluyen las ejecuciones realizadas en China, los datos están totalmente velados y son secreto de Estado. Muchos ciudadanos rechazamos que sea el Estado, depositario del bien común y de la defensa de los derechos de todos, el que arrebate el bien más preciado de todos: la vida. Siguiendo el informe, China, Irán, Arabia Saudí, Irak y Pakistán, por este orden, fueron los países donde tuvieron lugar el mayor número de ejecuciones.

No puedo dejar de recordar la película Pena de muerte, protagonizada por Susan Sarandon y Sean Penn, que cuenta con maestría las últimas horas de un condenado en el corredor de la muerte. En el alma del reo y de la monja aflora como en confesión la miseria humana y trágica de los acontecimientos. La monja (Susan Sarandon) antes de conocer al reo comenta: “Yo no sabía nada sobre este hombre, excepto una cosa: si había sido condenado a muerte, seguramente era pobre”. Los críticos contra la pena de muerte en Estados Unidos vienen repitiendo que no hay ricos en el corredor de la muerte, está reservado para los más pobres de la sociedad, bien sea negro o hispano. Amnistía Internacional, que lucha desde 1977 a favor de la abolición de la pena de muerte en todo el mundo y en toda circunstancia, considera que la pena de muerte es un castigo inhumano e innecesario, supone una violación de dos derechos humanos fundamentales: el derecho a la vida y el derecho de toda persona a no ser sometida a penas crueles, inhumanas o degradantes. Salil Shetty, actual Secretario General  de Amnistía Internacional, insiste que la pena de muerte es un síntoma de la cultura de la violencia, no su solución.

En esos términos se expresa el Papa Francisco, recordamos sus palabras ante el Capitolio estadounidense ante las máximas autoridades, en contra de la pena de muerte: “Nuestro mundo es un lugar de violencia, odio y atrocidades brutales que incluso se cometen en nombre de Dios”. Seguía su discurso diciendo, que para que una pena sea justa no debe nunca excluir la dimensión de la esperanza y el objetivo de la rehabilitación: “Tratemos a los demás con la misma pasión y la compasión con la que queremos ser tratados; esta conciencia me lleva a abogar por la abolición global de la pena de muerte”.

Para Francisco como para Jesús, lo primero es la vida no la religión. La vida es lo más genuino del existenciario cristiano, el hombre es un “ser para la vida”. No solo al comienzo de la misma, también y, sobre todo, al final de la misma. La vida es el centro de la ética cristiana, aunque es más, es un valor ontológico que nos define como seres humanos. La vida es el centro de ese existenciario, pero con la seguridad de vivir en dignidad, derechos y felicidad. Francisco, como Jesús, vertebra sus enseñanzas desde el Evangelio de la Misericordia: La de un Padre sale a recibir al hijo perdido en sus brazos,  que ha olvidado todas las graves ofensas que ha recibido de él, y lo único que se le ocurre es hacer una fiesta, porque ha vuelto su hijo amado que creía muerto, pero está vivo. Si en el corredor de la muerte estaban los más pobres de la sociedad, la misericordia del Padre, está dirigida de forma privilegiada y se revela en ellos, pobres, pecadores y marginados, son los privilegiados del corazón de Dios. A Dios no le place la violencia (Eusebio de Cesárea), sino el amor, incluso a los enemigos.