Lunes, 20 de agosto de 2018

Celebrar y recordar a San Fernando...

Mucho se ha perdido en las mareas del tiempo, pero aun mucho es recordado. El tiempo avanza inexorablemente, reduciendo los puntos clave de la historia en cosas insignificantes. El tiempo es el enemigo mortal del hombre, ya que arruina sus logros, y borra su memoria sin una segunda oportunidad. La historia se convierte en leyenda, ésta en mito, para acabar en fábula, que es olvidada poco a poco. Por eso es bueno recordar y volver a contar.

Fernando III de Castilla, el Santo,  nació en Peleas de Arriba, en el paraje de Valparaiso, 1199, provincia de Zamora, y murió en Sevilla, 30 de mayo de 1252.Está bastante aceptado que nació en Valparaiso, tal y como dice el historiador Julio González: "La Reina se dirige de Salamanca a Zamora ... acampa en Peleas ... trasladado después a tal sitio con el nombre de Valparaiso ..." Apoya esta tesis unas palabras de Lucas de Tuy, que le llama "el montesino" porque nació en una tienda de campaña en el monte: "Rex Ferinandus montesinus", y es el mismo San Fernando quien ordena la construcción a sus expensas de un nuevo monasterio en ese paraje "... que en adelante sea conocido sólo con este nombre, y nunca se le dé el del antiguo Bellefonte o Peleas".

Durante su reinado se unificaron definitivamente las coronas castellana y leonesa.Una de las más grandes figuras de la Edad Media y quien dió un importante y decisivo avance en la epopeya de la Reconquista. Aunque ésta le ocupó toda su vida, no descuidó el régimen interior de sus reinos. Protegió la cultura, fusionó las universidades de Salamanca y Palencia; otorgó fueros a Carmona, Sevilla, Córdoba y Tuy; dotó generosamente iglesias, monasterios y órdenes militares; mandó traducir al castellano el "Liber Iudiciorum", conocido como "Fuero Juzgo"; y durante su reinado se erigieron las catedrales de Burgos y Toledo. Suprimió muchas prerrogativas feudales y robusteció la autoridad real.

Durante su reinado fueron conquistados, en el marco de la Reconquista, los reinos de Jaén, Córdoba, Sevilla y lo que quedaba del de Badajoz (la Extremadura leonesa), cuya anexión había empezado Alfonso IX, lo que redujo el territorio ibérico en poder de los reinos musulmanes. Al finalizar el reinado de Fernando III, estos únicamente poseían en la Andalucía el Reino de Niebla, Tejada y el Reino de Granada, este último como feudo castellano. El infante Alfonso, futuro Alfonso X, fue enviado por Fernando a la conquista del Reino de Murcia; los moros capitularon y la región quedó como señorío castellano, tras lo cual Alfonso conquistó las plazas de Mula y Cartagena. Cuando Fernando accedió al trono, en 1217, su reino no rebasaba apenas los ciento cincuenta mil kilómetros cuadrados; en 1230, al heredar León, obtuvo otros cien mil y, a base de conquistas ininterrumpidas, logró hacerse con ciento veinte mil más. Un día, en el Alcázar sevillano, sintiéndose morir, pidió que vinieran sus hijos y que se le trajera la comunión y un crucifijo. Cuando el fraile que traía la comunión la mostró, el Rey Fernando se dejó caer de rodillas en el suelo, encima de un montón de cenizas, y se colocó una soga al cuello. Tomó la cruz, la besó muchas veces y se golpeó con ella en el pecho. El obispo de Sevilla Remondo le dio la comunión, tras lo cual se despojó de la ropa real. Luego habló y aconsejo a su hijo, futuro Alfonso X, sobre de la familia, los vasallos y los reinos. Se le acercó una vela para que la llevara en el momento de su muerte pero, antes de sostenerla alzó los brazos al cielo y dijo sus últimas palabras: “Señor me diste reino que no tenía, y honra y poder que no merecí; dísteme vida, ésta no durable, cuanto fue tu voluntad. Señor, gracias te doy y te devuelvo el reino que me diste con aquel provecho que yo pude alcanzar y ofrézcote mi alma”.

Fue canonizado en 1671, siendo papa Clemente X, y reinando en España Carlos II. Es patrón del Arma de Ingenieros, y alrededor de su onomástica se celebra el día de las Fuerzas Armadas.

Los militares son el reflejo de los logros culturales de una nación o la ausencia de ellos. En el Ejército enseñar exige demostrar a diario que se es el mejor. Dar ejemplo no es la principal manera de influir sobre los demás; es la única manera. Un día como hoy es bueno recordar, las palabras del General Prim, durante la batalla de Castillejos, el 1 de enero de 1860, en la que se logró la victoria para España: “Soldados podéis abandonar esas mochilas porque son vuestras, pero no podéis abandonar a esta bandera porque es de la Patria. ¿Permitiréis que el estandarte de España caiga en poder de los moros? ¿Dejaréis morir sólo a vuestro general?

Los valores están fundados sobre certezas y por tanto son enemigos del relativismo, no obstante el mundo es muy complejo y a pesar de un fuerte componente de historicidad, nuestra sociedad es cambiante y dinámica, y olvida rápido. Parece que las noticias a los cinco minutos se olvidan, al pasar a la siguiente. Pero hay acontecimientos y vivencias que hoy a principios del siglo XXI parecen de otro mundo y nos hacen reflexionar.

Aunque la edad de los héroes por excelencia es la adolescencia, todavía los hay que en la madurez quieren ser héroes. La sociedad actual gira alrededor de la figura de héroes tangibles o virtuales, héroes de nuestro tiempo, jóvenes de éxito, líderes carismáticos o no que suscitan admiración, etc.

El héroe griego, el ejemplo clásico, era joven porque era imprescindible que tuviera presencia física y habilidad en el uso de las armas, y soportara las cargas que le imponía su comunidad. De él y sus gestas dependía la libertad de su pueblo, pero la leyenda le llegaba con la muerte. Con la muerte se les reconoce a los héroes como tales, y un último elemento que los sacralizaba era su alianza con algún dios del Olimpo. El comportamiento del héroe es siempre puntual, como solución a unas circunstancias que no pueden aplazarse, en ese escenario afirmará su destino.

No se puede subestimar a los héroes positivos, de hoy en día, que dan su vida por la libertad, el desarrollo de los oprimidos, la paz, etc. Pero lo que es preocupante es la creación, uno tras otro, de pseudohéroes, siempre negativos, por unos medios de comunicación de masas en ocasiones dirigidos por intereses de índole dudoso. Por los que incluso mueren sin ningún sentido pero que arrastran a un gran número de población cada día más desinformada y menos reflexiva.

Bertolt Brecht, el gran dramaturgo alemán, decía: “Felices las sociedades que no necesitan héroes”, con ello quería demostrar su preferencia por las sociedades o grupos en los que todos somos protagonistas. Debemos ser protagonistas de nuestra vida cotidiana y por tanto de nuestra sociedad, o sino sólo seremos los héroes de la barra del bar, de la droga, del estadio de fútbol, de los falsos rumores, de la mentira, de la violencia, del trabajo ajeno, del poder del cuchillo, las metralletas, en definitiva, héroes de la nada. Héroes convertidos de este modo en víctimas de sí mismos, y que arrastran a otros para justificar su  inoperancia.

Tenemos una sociedad que no sabe proponer valores y nuevas utopías que ayuden a crear un futuro de todos. Hay que encontrarle un sentido al mundo para que mejoren las cosas cotidianas, las de todos. Es preciso enriquecerse de fantasía, alimentar el mundo de las ideas y de las aspiraciones, soñar con los ojos abiertos, y amarnos los unos a los otros para ser conscientes de los que nos rodea, para reconocer los errores ante los demás, para no tener miedo.

No es necesario tampoco aspirar a convertirse en un héroe para encontrar gratificaciones en la vida diaria que compensen el grado de frustración o sensación de malestar. Admiremos a las personas modelo que tienen un ejemplo de vida. El modelo enseña a vivir, se articula en el tiempo y muestra una trayectoria coherente, valor y respeto, desarrollo y madurez de la que se toma ejemplo, se aprende. Las personas modélicas te conducen a una realidad además que fascina: la de ayudar a los demás, en definitiva a nuestra sociedad, y a hacer grande nuestro país.