Miércoles, 19 de septiembre de 2018

Menos memoria y pelo que Sansón...

​Cada sociedad y persona entiende lo que quiere entender. Cuanto mayor te haces más difícil es adaptar tu vida al descubrimiento, y más fácil se adapta el descubrimiento a lo que creías que era la vida. Por eso hay que desaprender de uno mismo y aprender de los jóvenes, a los que hay que dar siempre una oportunidad, cuanto antes mejor para ir adelante con mayor rapidez.

Al pensar parece que siempre acabamos cayendo en un magistral ensayo sociológico propio sobre la deriva de la sociedad actual, parece que construimos en una visión anticipada de lo inminente, al querer mostrar un mundo acelerado y en desorientado proceso de transformación.

La vida no es más que andar y ver. Pienso mientras camino, y mi propio pensamiento quiere ser o es la misma vida en su solitaria marcha. Lo tangible se diferencia de lo intangible en la misma medida en que la razón vital se aparta de la razón pura. Razón vital que vale como histórica, pues la vida es peculiaridad, cambio y caminar en una palabra historia.

Muchas veces mi escritura es oral inmediata. Pienso y escribo sin más, sin reflexión. Y eso es verdad, porque mi escritura como mis palabras salen de mi cabeza con toda su impedimenta. Es una prueba más de lo que llega a doler el pensamiento, algo que no pueden comprender los no intelectuales. Los que son incapaces de escribir, cuando lo hacen, muchas veces bastardean el idioma y degradan el estilo, y acusan de preciosistas a los que sabemos manejar la pluma al caer. Se quejan, desde su soberbia mal entendida y falta de saber hacer, con palabras que parecen los gruñidos de un jabalí echado entre las jaras. La vida tiene los minutos contados, y la sustancia de cada día, de cada vida reside en las ocupaciones de cada uno. Se es lo que se hace.

Las fuerzas históricas que han modelado las conductas de los americanos, rusos, chinos, indios y árabes de hoy en día, se establecieron siglos antes de que se inventaran ideas como el capitalismo y el comunismo... La historia lejana sigue presente en todos los aspectos de nuestras vidas, e incluso parte de lo que ocurrió en la prehistoria sigue ejerciendo su influjo, como sin duda lo ejerce lo ocurrido en la península ibérica desde, o incluso antes, durante el imperio romano, pasando por los hechos de los visigodos, los moros, los judíos, y los cristianos hasta nuestros días. Y siempre ha existido tensión entre ese pasado y la capacidad intrínsicamente humana de generar cambios, o historia.

Un ejemplo es el carácter simbólico de la cabellera femenina, resulta evidente sin necesidad de recurrir a tediosas argumentaciones a día de hoy todavía, a pesar de que el género masculino cada día tiene menos pelo, y menos memoria que Sansón... Es la parte más mirada, después de los ojos siempre tan trabajados por mil y un colores desde la antigüedad, y más juzgada, pues de su cuidado podemos sacar muchas conclusiones de su portadora.

Cabellos rubios, pelirrojos o negros son descritos metafóricamente como oro, fuego y noche, por poetas, y reflejados mediante imágenes con gran capacidad de evocación y sugerencia. Cabellos largos y sueltos que enmarcan la cara, o tejidos en trenzas y recogidos en moños mostrando el cuello y las orejas. Rizos y mechones conservados en libros y guardapelos por los románticos ponen, todavía hoy, el fetichismo del pelo.

Mujeres de todas las edades alteran su apariencia en los salones de belleza, herederos de esas antiguas cavernas, más tarde chozas y después casonas y palacios. Sus cabelleras son todavía las principales destinatarias de los nuevos inventos, más importantes para todos, hombres y mujeres, que el último misil intercontinental ...