Lunes, 20 de agosto de 2018

Verdades con doble rasero...

"¿Dónde están sus judíos?". Esta fue la contundente pregunta, de hace unos pocos días, el lunes 20 de marzo, que calló a grupo de países árabes que estaba acusando a Israel de practicar el apartheid contra los palestinos. La pronunció en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU Hillel Neuer, director ejecutivo de United Nations Watch.

Neuer dirigió esta pregunta a los representantes de Egipto, Argelia, Iraq y Siria, a los que recordó el masivo éxodo de judíos que estos países alentaron desde la creación del estado de Israel: "Argelia tenía 140.000 judíos, Argelia, ¿dónde están sus judíos? Egipto tenía 75.000 judíos, Egipto, ¿dónde están sus judíos? Siria, ustedes tenían decenas de miles de judíos, ¿dónde están sus judíos? Iraq, allí había 135.000 judíos, ¿dónde están sus judíos?".

Al terminar el orador, que había sido interrumpido anteriormente por todos los aludidos, un enorme silencio cayó sobre la sala de la ONU en Ginebra en la que se celebraba el acto...

El millón y medio de árabes de Israel, cualesquiera que sean los desafíos que enfrenten, gozan de pleno derecho a votar y a ser elegidos en la Knesset, trabajan como médicos y abogados, sirven en la Corte Suprema.

Esto no es más que un ejemplo de lo que pasa en relación a un problema largo en el tiempo, y de gran importancia internacional. En España estamos acostumbrados también a lo mismo, verdades con doble rasero, según el que toque, un día sí y otro también.

Los valores están fundados sobre certezas y por tanto son enemigos del relativismo, no obstante el mundo es muy complejo y a pesar de un fuerte componente de historicidad, nuestra sociedad es cambiante y dinámica, y olvida rápido. Por ello deberíamos recordar a Gandhi cuando afirmaba: “Sigue hasta el último céntimo de jersey que has comprado y sabrás a quién has robado”.

La vida humana es compleja y difícil pero coherente, por la misma supervivencia de la especie, y por eso mismo es capaz de generar racionalidad en su propio funcionamiento, que no depende como la razón pura, de sí misma, sino de un equilibrio de relaciones entre el sujeto y su entorno o, dicho en términos orteguianos, entre yo y mi circunstancia.

La vida no es abstracta ni ideal, sino un hecho donde el hombre está con las cosas y los acontecimientos teniendo que hacer algo en permanente interacción. Por otro lado la vida no se reduce al presente porque lo que va pasando queda incorporado a ella como pasado. De igual modo la vida es anticipación de sí misma, y apunta a un proyecto de futuro cuya ejecución es propia del quehacer humano, de forma que la vida presente absorbe el futuro y se dilata hacia lo que todavía no es.

Recordando a Cervantes el hombre no es Quijote ni Sancho, sino una síntesis de ambos. Aunque Sancho es el reposo de Don Quijote, y no deja de emplear la palabra “hazaña”. La vida es progreso y en ese pensar en el progreso realizamos mil y una hazañas. Los hidalgos españoles estaban imbuidos de que la vida se ejerce como un deber.

Pasa que algunas veces algunos personajes se salen del guión y quieren crearse una vida inventada a la par que su libertad. Son "mentiruscos ataos con piedras" que buscan un lugar en el mundo que no es el de todos sino uno inventado, al margen de las reglas, y quieren imponerlo a los demás. Más, por ello, los gobernantes son los encargados de que no crezca más la bola o el bulo, y de hacer aterrizar a los que creen que pueden volar al margen de la ley y libertad dadas por todos, es decir de la soberanía nacional.

La libertad es un valor superior del ordenamiento jurídico español nacido de la Constitución de 1978. El valor de la libertad planea sobre todos los derechos reconocidos y regulados por las normas legales, y es necesario que sea respetado por todos, con la misma intensidad que los valores de igualdad, justicia y pluralismo político, ya que son la base para garantizar el respeto a la dignidad de la persona.

Podemos afirmar que la libertad nace entre el cumplimiento de los deberes y la posibilidad de ejercer los derechos.

El hombre estima la libertad y, con su bandera, se han levantado ilusiones y se han hecho revoluciones. La sociedad también aprecia este valor superior de la libertad y, por este motivo, la sociedad, organizada en una superestructura de poder que denominamos Estado, ha de tomar medidas ante la conducta de aquellos que no respetan las normas de convivencia o carecen de memoria histórica, limitando o suprimiendo la libertad del infractor. Es lo que conocemos como "ius puniendi" o derecho a castigar del Estado, regulado por normas penales. Con el derecho penal, el Estado institucionaliza los mecanismos de control social, y su aplicación es la reacción última o respuesta mayor en la escala represiva o sancionadora establecida.