Lunes, 10 de diciembre de 2018

No hagan juego

Lo confieso. Yo jugaba a la Quiniela. Cada sábado, a última hora de la mañana, rellenaba un par de columnas por cien pesetas –luego un euro–, lo que me permitía seguir la jornada con un añadido de emoción. Así, las tardes del domingo, cuando todos los partidos comenzaban a las cinco –salvo el que se jugaba en Tenerife y el que emitían por Canal Plus–, adquirían un nuevo significado. Una de las columnas, lo reconozco, radiografiaba mis simpatías por uno u otro equipo: las territoriales, las emocionales y las que ningún avieso psicólogo podría explicar. La otra, en cambio, se basaba en mi sagacidad y conocimiento del fútbol. Nunca acerté más de diez.

 

Todas las jornadas que, en el descanso, apuntaban a un casi seguro triunfo, aunque fuera modesto, terminaron descalabrándose por un gol en los últimos instantes o por algún malentendido del locutor radiofónico. Lo cierto es que no llegué a cobrar un duro. Sin embargo, aquello que entonces achacaba a mi mala suerte ha pasado a convertirse en un golpe de fortuna que interpreto favorablemente. Tal vez, de haber “monetizado”, expresión muy de ahora, mis primeros intentos emprendedores en el campo de las apuestas, ahora sería un jugador empedernido, un ludópata no reconocido que achacara la hondura de sus ojeras a un resfriado, o un mal de amores, con tal de negar una realidad que está arruinando muchas vidas.

 

Lo compruebo en el gimnasio, la cuerda que me amarra a la realidad de los jóvenes de la ciudad. De los jóvenes universitarios, los tipos que la sociología definiría como “normales” en atención a baremos estadísticos multicriterio. Lo hago a través de sus conversaciones nada discretas, emitidas muchas veces en alta voz, demostración clara del orgullo que les provoca compartir que han apostado unos euros por el Hamburgo y otros porque marque Cristiano, el Barça reciba menos de dos goles y el Atleti marque antes del minuto quince. O algo parecido.

 

En el centro de una sociedad que ha aniquilado la idea de Dios, que ha matado al padre, que padece una crisis de identidad. En medio de todo este universo nihilista, las apuestas, como otros tantos mefistófeles, ofrecen un atractivo que conecta muy bien con las debilidades humanas. Cuando ganarse la vida y adquirir autonomía se parece cada vez más a la predicción genesíaca, la retribución inmediata, la placentera sensación que provoca un acierto en un vaticinio, se vuelve un manjar demasiado apetitoso como para ser rechazado o reducido a una sola ocasión. Y ahí que caen los jóvenes, y no tan jóvenes, en la reincidencia lógica de toda adicción patológica. Lo hacen, además, desde la falsa seguridad que les concede el poder apostar desde del hogar, sin necesidad de visitar hipódromos, veladas de boxeo o antros donde la perdición se hace visible y, por ello, alarmante. Es comprensible, pero ojalá todos ellos tengan cerca un consejero, mentor o amigo, de los de verdad, de los que resisten con tenacidad las negaciones iniciales, las acusaciones de agoreros o las críticas a su condición de cenizos. De los que sean capaces de decirles a los jugadores habituales, cegados por la propia naturaleza de la adicción, que no hagan juego. Tantas veces como sea necesario.