Martes, 11 de diciembre de 2018

Sentido del humor

Al principio a uno le cuesta entender que los dibujos animados no tengan su correlato humano: vivo, tangible, caliente. Es hasta cierto punto normal que un chico de seis años pregunte por el lugar de residencia de Gokuh u Oliver Aton. Más adelante, resulta complejo admitir que detrás de realities, programas de citas o, incluso, ceremonias de entrega de premios, exista un guión preestablecido, una suma de conflictos orquestados por una inteligencia ciertamente orwelliana que pretenden conectar con las emociones más primarias del ser humano: el morbo, la compasión, el asco, la envidia. Y es hasta sano compadecerse del jubilado que se enerva ante los comportamientos infantiles de los tronistas, los aspirantes o los actores. Finalmente, llegados a este punto, es necesario admitir que también el deporte debe ser contemplado previa asimilación de un pacto que, si bien no es el mismo que aceptamos al visualizar una serie o una obra de teatro, ha de responder a parámetros similares.

 

El deporte se ha teatralizado no es el inicio de un trabalenguas (¿quién lo desteatralizará?), sino una consecuencia lógica de la irrupción progresiva de la sociedad del espectáculo, concepto que categorizó el filósofo francés Guy Debord. En el espíritu humano está implícito el juego, la necesidad de adoptar una máscara o medir nuestras habilidades respecto a las del otro, pero no, en cambio, la adaptación que en su versión más mediática ha tenido que llevar a cabo para atraer y dar de comer a audiencias millonarias. El problema, bajo mi particular punto de vista, es que esta evolución se está dando sin que los actores sean conscientes del papel que representan. Muchas veces, en el caso de rivalidades enconadas, solo la ausencia de violencia explícita nos permite distinguir a los dos bandos futbolísticos de dos ejércitos enemigos en pleno campo de batalla. La desconsideración, el insulto, la amenaza; todo está amparado por la dimensión de marcas como Real Madrid o F.C.Barcelona, por los enormes sentimientos que despiertan estos títeres talentosos.

 

Más madera. Eso es lo que han aportado los mecanismos de comunicación inmediata a este cóctel de personalidades narcisistas (deportistas), inteligencias cínicas situadas en la sombra (magnates de los medios de comunicación, representantes) y clientes (espectadores) cuyas críticas, al quedarse en la anécdota, contribuyen a dar credibilidad a la comedia, a conectarla indisolublemente con la realidad de sus días, a hacerla indistinguible del cambio de pañales, la elaboración de la cena o la reunión de viejos (cada vez más) amigos.

 

Conviene recordar, por lo tanto, que de todos los sentidos que tenemos, el más necesario para asistir a un encuentro de fútbol, baloncesto o tenis, es el del humor. A través de él relativizaremos los traumas que nos provocan las derrotas, las traiciones de quienes no sienten los colores (¿qué colores? Dijo el daltónico) y empezaremos a disfrutar de lo que se nos ofrece en la justa medida de lo que representa: un sainete del que el autor, simplemente, se olvidó de diseñar el final dejándolo al amparo de la mayor astucia o talento de algunos personajes o a los envites, menos previsibles aún, del azar.

 

No se ofusquen. Tampoco si no están de acuerdo con esta columna.