Lunes, 20 de agosto de 2018

Carnaval...

​El gusto por el ocio ha existido en todas las sociedades, aunque se le haya tratado desde puntos de vista distintos. En unos lugares se le ha considerado prerrogativa exclusiva de las clases acomodadas, en otras de fracasados o incompetentes.

De ahí que a la idea de que el trabajo es un mal y el ocio es un bien se han opuesto otras de que el trabajo lucrativo tiene un elevado carácter ético, en tanto que las actividades derivadas del ocio son sospechosas moralmente.

Para Remy de Gourmond ‘el ocio es la más grade y bella conquista del hombre’, y para Fray Luis de León ‘el ocio por sí afemina’ en un aviso a navegantes. El concepto de ocio permite, por su naturaleza civilizadora, una nueva concepción de los términos felicidad y libertad. El individuo tiene posibilidad de liberarse de los estereotipos o de las rutinas sociales y poder desarrollar una libre cultura de superación de sí mismo. ‘La soledad y el ocio -afirmaba Quevedo- obran en algunas personas lo que el descanso en las tierras, pues crecen de nuevo en virtud cuando las cultivan’. Sin embargo no está tan claro que el ocio sea igual a libertad. El ocio forma parte de los fenómenos culturales de nuestra civilización y, por ello, sufre la influencia de los determinantes sociales.

Asistimos ociosamente e implacables a telediarios en que la muerte es la noticia corriente, al igual que las carencias elementales de educación o enseñanza de miles de niños y adultos en todas las partes del globo, la falta de sanidad, la falta de agua potable, la falta de seriedad en todos los ámbitos de la sociedad, etc…, mientras otros diseñan naves espaciales, satélites que estallan de vez en cuando en aire para ver si hay agua en la Luna, y ríos en Marte, ... Realmente la comparación puede ser atroz o escalofriante, porque el gasto en millones de euros para fabricar un artefacto espacial, si fuera empleado en mejorar la vida de los necesitados daría seguramente mejores resultados, y después al eliminar un problema que genera tantos graves problemas, todos podríamos ociosamente plantearnos perder el tiempo en juegos de aventura. El ser humano es el único ser, en teoría, razonable de la creación. Queda por pensar si la facultad de razonar comporta hacerlo correctamente.

Acabando parece que la tendencia común a simplificar las cosas, agrupar situaciones y a definir personas como si fueran iguales, sin pararse, ni por un momento a inventariar las diferencias produce no pocos conflictos e incomodidades. Generalizar y actuar puntualmente parece que es la moda. Parece, que aunque las relaciones entre personas, ciudades y países aumentan cada día más, estamos todos cada día más lejos. En 2017 ¿Quién cree en las ideas? O lo que es peor ¿Quién las conoce o las tiene? Justo es pensar que la juventud, esos hombres del tercer milenio tienen pendiente la más difícil de las asignaturas: ‘Renovar la sociedad’. Los textos de pensadores españoles contemporáneos como Ortega, Machado, Unamuno, Aranguren, y de otros pensadores contemporáneos como Popper, Weber,  Sartre, Marcuse o Huxley descansan tranquilos en las estanterías y ya no alimentan el pensamiento. Tampoco afloran nuevos grandes pensadores que aporten la chispa que nos aglutine a la hora de actuar.

Los valores como el amor a la patria, el honor, la voluntad, el servicio a los demás, el sacrificio también están en entredicho, incluso nuestras creencias, la religión, al igual que las personas que los defienden, incluso son ridiculizados por la sociedad que no es más que la receptora de actitudes fraguadas desde la política o la cada vez menos creible globalización. Flota la idea de que esta sociedad tiene la fragilidad de una pompa de jabón, y que la prosperidad puede volarnos de las manos. Con ideas como ésta es inevitable que el dinero tenga un valor supremo. O que la gente alivie sus miedos profundos participando en fiestas tan globales como el carnaval.