Domingo, 24 de marzo de 2019

Agustín Casillas, escultor. La piedra enamorada

Hay algo profundamente hondo, sincero, lleno de honestidad, verdad y autenticidad en Agustín Casillas, ese hombre encerrado en un taller de la Calle de la Paloma que amasaba el barro nuestro de cada día para darle cuerpo a la idea

Escultura de Agustín Casillas. Fotos: José Amador Martín

Mi hija se tiende sobre la ballena de piedra en el mismo parque en el que su madre pasó su infancia: “Si llueve se moja mi ballenita”, sí hija, es el destino de las estatuas, la intemperie desnuda, la inclemencia de los hombres y de los elementos, por eso son sólidas y habitan la ciudad con voluntad de pertenencia, con la seguridad de que están ahí al abrigo de nuestro olvido, recordándonos un tiempo que no pasa por ellas.

Salamanca es una ciudad de escultores, de enormes masas de piedra y detalles cincelados en esa piedra porosa donde se graba el bajorrelieve de nuestra identidad. Mateo Hernández, Venancio Blanco, Parada, Fernando Mayoral… Agustín Casillas… Ellos erigieron la ciudad que vivimos, artistas artesanos capaces de labrar un surco en esa piedra dura que ahora sí que siente, porque las formas sinuosas de la escultura de Casillas palpitan bajo la mirada de aquel que las acaricia y los niños se suben a sus animales de piedra de La Alamedilla.

Nacido en la Salamanca de 1921 y alumno de la Escuela de Nobles y Bellas Artes de San Eloy, institución que se remonta al siglo XVIII y tutelado por un arquitecto, Agustín Casillas se inclina pronto por la escultura en la Escuela de Artes y Oficios donde aprenderá de Montagut. La suya es una vocación tan sólida como la piedra que acaricia, tan dúctil en sus influencias como el barro con el que realiza sus bocetos. Pertenece Casillas a la nueva figuración, sí, pero hay algo en él abstracto y simbólico, algo fluido y apenas entrevisto cuando realiza sus náyades de tierra adentro, nostalgia del agua, él, artista charro capaz de representar la esencia de un campo de seca dureza. El paisanaje de Casillas que retrata al tamborilero, a la charra, a los trabajos del campo, a la madre y a la esposa con ecos de Gabriel y Galán. Cuánto ama a la tierra y a la provincia este artista de la ciudad, este devoto de la modernidad que ennoblece los novedosos materiales de los sesenta y convierte el hormigón en el mármol de quienes no lo tenemos.

Es figurativo y es un retratista que fotografía al modelo con el amor de la proximidad. Sin embargo se declara deudor del arte de Henry Moore que le sitúa en la modernidad, porque de él aprende Casillas el amor por la curva entrevista, por la oquedad y la concavidad propias del arte primitivo, ese que sugiere en su levedad, ese que convierte el modelado en una redondez que rompe lo geométrico y se eleva a una abstracción llena de matices. El escultor inglés de la sugerencia tiene en Agustín Casillas un eco de sinuosas simplicidades: las mujeres tendidas del artista salmantino son fluidas y esenciales, sus niños que estudian y juegan son realistas y parecen querer echar a volar como el avión que sostienen en la mano. Cuántos escultores viven en estas dos manos de Casillas, qué dominio de tantos lenguajes artísticos que siempre terminan en un mismo mensaje: la belleza, la autenticidad, la esencia, la sola materia.

Hay algo profundamente modesto en la obra y la persona de Agustín Casilllas que transciende la ciudad y la provincia. Artista comprometido con su Salamanca, sus gentes, su historia literaria ¿Hay alguien que haya homenajeado mejor a la ciudad letrada, a la ciudad del Lazarillo, de la Celestina, del licenciado Vidriera salmantino, de Torres Villarroel? Salamanca no solo se lee en las páginas, también en las obras de Casillas, en sus bajorrelieves alegóricos sobre el trabajo y el ahorro, en sus mujeres de curvas entrevistas, sus retratos familiares, sus tallas unamunianas… Salamanca y sus gentes se reflejan en la piedra, en la madera, en el hormigón, en el material con el que el artista, durante toda una vida, nos retrata y nos yergue en las calles llenas. Por eso, el discurso de entrada en el Centro de Estudios Salmantinos de este hombre humilde al que reconocen las instituciones se titula “Gente nuestra”, porque el mayor empeño de Agustín Casillas ha sido nombrar sus obras con los nombres sencillos de quienes son sus modelos. Nada más certero y conciso, nada más hermoso, retratar lo próximo, lo nuestro… y así, transcender más allá de lo cotidiano: niño con avión, mujer que escribe en la arena... esa estatua oculta entre la vegetación que la reforma de El Parque de La Alamedilla ha privilegiado porque hay que reivindicar esa modernidad de Casillas como escultor de un parque, ese en el que varias generaciones de salmantinos hemos dejado la infancia y el amor infantil a una ballena de hormigón a quien abrazar a la hora de la despedida de la tarde de asueto: “Mamá ¿no se irá la ballenita a bañarse al estanque de los patos?”.

En mi infancia de blanco y negro El Alto de El Rollo era aún un conjunto de calles embarradas rumbo a la casa cuna y a mi colegio provisional porque derribaron el antiguo edificio de La Alamedilla donde apenas estudié envuelta en los misterios de los árboles y las estatuas de Casillas, ese escultor que tenía su taller justamente en este barrio que me era nuevo, en estas calles pequeñas y humildes que luego se tiñeron para mí de la nostalgia del amor hasta que un golpe de viento lo convirtió en mi casa. Evoca Agustín Casillas hijo el rincón donde trabajaba su padre recogiendo los versos que el escultor escribió sobre este lugar humilde donde peleaba con esas ideas que tomaron forma en las calles de Salamanca:

Es en el 2 de la calle, el local nº 5
Lugar de mis esfuerzos e ilusiones, de fracasos
Y algún triunfo.
Rincón en el que lucho y sufro, dudo, vacilo,
Me desangro,
Y al mismo tiempo vivo y muero,
Bregando con el barro y el cemento.
Tú sabes, local de la Paloma,
Tú sabes, y también mis esculturas
Cuánto me cuesta sacarlas a la luz
Y cuanto amor yo dejo en ellas.

Es precisamente en ese Alto del Rollo donde siempre vivió mi amor y ahora vivo yo, el lugar donde se juntan el Rollo que da nombre al barrio, esa columna jurisdiccional de la Edad Media unida al busto del Comunero que no lo era ya a la reproducción de una de las más famosas obras de nuestro escultor: la Nayade. Una extraña mezcla en la que no reparamos, ocupados como estamos de dar la vuelta a la rotonda nuestra de cada día, porque la escultura se hace tan familiar que se vuelve desapercibida. Qué humildad más grande la del artista de la materia, sus obras se pierden entre la prisa pero son de todos, arte público del que disfrutamos y que poseemos. Qué pertenencia más colectiva la de estas obras que a todos nos pertenecen a lo largo del tiempo y del espacio común. Qué hermosa perspectiva la que ve desde su columna el niño del avión ahí en Carmelitas, que caricias de lluvia y manos sucias han pulido los animales deliciosos de El Parque de la Alamedilla. Qué miradas admiradas al recuerdo literario de esta Salamanca nuestra, monumental, clásica y plena de lecturas por la que caminan unidos el Lázaro y el ciego de Agustín Casillas.

Nuestro Casillas pertenece a la historia de todos, a la vivencia común del paseo detenido, de la ciudad apresurada, de la seguridad de que somos sólidos como estatuas, duros como la piedra no inerte porque nos puede el miedo a la muerte ya la falta de pertenencia. Agustín Casillas nos pertenece a todos con el hálito del recuerdo, de la nostalgia de la infancia, del deseo de una modernidad entrevista. Agustín Casillas nos enseñó que la piedra palpita y se deja tocar por una mirada acariciadora, nos enseñó literatura y nos enseñó, en sus retratos, el amor a lo nuestro y a los nuestros cuando retrata a las gentes de la tierra y a los miembros de su familia, de su círculo de amigos ¡Ah Núñez Larraz, ah Pepe Ledesma! Hay algo profundamente hondo, sincero, lleno de honestidad, verdad y autenticidad en Agustín Casillas, ese hombre encerrado en un taller de la Calle de la Paloma que amasaba el barro nuestro de cada día para darle cuerpo a la idea. Ese hombre sabio que moldea el cuerpo amado de la mujer y lo entrega a la vista de todos con un regalo diminuto para la mirada avezada: porque en esta náyade sublime del barrio donde él trabajó y ahora vivo hay una pequeña rana salmantina… esa diminuta muestra del humor delicado de un artista pleno de lirismo.

La piedra se lava con la lluvia y el tiempo devuelve a la estatua su vocación de naturaleza. La misma que le entregó al escultor su materia para que la creara de nuevo y nos la devolviera convertida en belleza. Un espacio para vivir en ellas como afirmó el hijo del artista salmantino, Agustín Casillas Muriel: Son esculturas donde es preciso vivir en ellas. Papá habla como esculpe. Sabe que para hacer una obra hay que partir de una idea y esta llevará a sus manos la suavidad, el cuidado y el mimo que sosegarán a sus cinceles. La misma suavidad y el mismo cuidado con el que miramos, sosegados, la obra, la nuestra, de Agustín Casillas.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                    
Charo Alonso

(La entrevista con el escultor fue realizada el pasado mes de febrero)