Viernes, 18 de enero de 2019

Dejad que las nórdicas se acerquen a mí

El turismo representó, en 2015, el 10,9% del Producto Interior Bruto de nuestro país, lo que supone una aportación de 124.000 millones de euros, generando el 11,9% de los empleos que tenemos, unos 2,1 millones de trabajadores. Somos el segundo país que más ingresos, por turismo internacional, obtiene, superándonos únicamente Estados Unidos, gracias a los casi 60 millones de viajeros que nos visitan anualmente. Estamos hablando de un sector de vital importancia para nuestra economía a todos los niveles. En el último año, uno de cada siete empleos creados estaba relacionado con el turismo, gracias al aumento del número de visitantes que hemos recibido, entre cuyas causas destacan la inestabilidad geopolítica de otros destinos de sol y playa, como son Túnez, Egipto o Turquía; al contexto macroeconómico, con la depreciación del euro y los bajos tipos de interés.

Queda claro que, si por lo que sea, cambia la coyuntura, deberíamos estar preparados para solventar cualquier problema. Y el propio turismo trae aparejados multitud de ellos: requiere buenas infraestructuras de transporte; abundancia de agua potable y posterior tratamiento de las residuales; eliminación de desechos sólidos; y, entre otros aspectos, unos servicios públicos adecuados a la demanda, que, generalmente, muestran importantes picos temporales, lo que conlleva una pérdida de calidad, tanto para los habitantes locales como para los foráneos: para vivir nosotros, los necesitamos a ellos, y más en aquellas localidades, como es Salamanca, que vive prácticamente de lo que gastan los turistas.

Un caso que no es excepcional, pues suele ocurrir en muchas de las ciudades turísticas por excelencia. Pero, como resido en Salamanca, hablo de lo que veo diariamente; una ciudad que, lamentablemente, no hace nada, o lo mínimo, para hacer que el visitante se sienta a gusto: la mala educación está a la orden del día y en todos los sitios; malas caras en cualquier negocio, de los pocos que van quedando; pisos en alquiler que parecen destinadas a atraer cualquier cosa menos viajeros; coches y furgonetas recorriendo las calles peatonales, a cualquier hora, para abastecimiento de los distintos negocios; etc., etc., etc.

Olvidemos, cosa difícil de hacer, que Salamanca pertenece al grupo de las 15 ciudades españolas que son Patrimonio de la Humanidad, al mismo nivel que Viena, París, Florencia, Ciudad del Vaticano, Oporto, Ámsterdam, Cracovia, Dubrovnik, San Petersburgo, Edimburgo, Praga, Riga, Budapest, o Lübeck, por poner únicamente ejemplos europeos. Si le añadimos su carácter eminentemente universitario (“Advierte hija mía, que estás en Salamanca. Que es llamada en todo el mundo madre de las ciencias. Y que de ordinario cursan en ella y habitan diez o doce mil estudiantes. Gente moza, antojadiza, arrojada, libre aficionada, gastadora, discreta, diabólica y de buen humor”. Miguel de Cervantes), se puede comprobar que, con semejante bagaje, hay algo que no se está haciendo bien; y no es achacable a los poderes públicos, que también, si no a la falta de concienciación de los propios habitantes con la joya en la que moran… sin playa.