Sábado, 15 de junio de 2019

El 12 de octubre del mismo año

7/octubre/viernes

Hay días en que uno siente la tranquilidad que genera la ausencia de responsabilidades. El trabajo, cuando uno se mueve en despachos y mesas de reuniones, no cansa físicamente. Eso es para los operarios de la mina, los agricultores que se baten con la tierra, los ganaderos que aún ordeñan a sus ovejas y vacas a mano, los vareadores de aceitunas, los vendimiadores tradicionales, o los conductores de autobuses y camiones que deben hacer cientos de kilómetros al volante. Los que andan entre despachos, moquetas y oficinas varias sufren del mal psicológico. Lo físico pasa a un lugar secundario.

     La vida en estos tiempos se ha vuelto tan cruel que es mucha la gente que necesita pastillas para dormir, escuchar el consejo de un psquiatra o desconectar del día a día inhumano. Los tiempos estos exigen competitividad y esfuerzos especiales para superar al adversario, lo que lleva a la ansiedad, al estrés, a la depresión. Un amigo con el que me encontré paseando los perros me dice que lleva cuatro meses de baja porque la cabeza no le daba para más. Horas interminables de trabajo y, lo que es peor, desconsideración de los jefes, malas formas, mala educación. Se ha perdido hasta eso: los modales. Los dueños de las empresas, o los jefes que les apuntalan, no tienen miramientos. No es problema de ellos que sus trabajadores sufran, les duelan las muelas o tengan dudas existenciales.

   Por eso me siento feliz. No tengo que dar explicaciones a extraños, no me duele nada, recibo el sol de las mañanas con emoción y paseo con Rumbo mirando a los lados con una curiosidad blanca. Incluso dedico buena parte de mi tiempo además de a l a familia a estar con los amigos, una satisfacción impagable. Cuando veo a los jóvenes intentando comerse el mundo, llenos de obligaciones, pendientes de cumplir objetivos  empresariales y sin tiempo para el ocio me reafirmo en la idea de que la edad, mucha edad, no siempre es negativo. Está uno más cerca del final, eso está claro, pero tengo el convencimiento de que yo nunca haría un pacto con el diablo. Mefistófeles conmigo tiene poco corte.

    No tengo ni envidia de los jóvenes; no me llama nada el volver atrás. No me cambiaría por estos chavales de ahora sometidos a las cargas de una vida sin tiempo para pensar, sin ánimo para enfrentarse a la vida con simpatía y obligados a hacer poesía sólo con los números. Tal vez es que a cada edad se piensa y se siente en función de una fuerza interior que es la que manda, la que ordena, la que dicta.  

 

8/octubre/sábado

 

    Voy con Violeta a Cañizo. Los campos a los lados de la autovía presentan una imagen marronácea, propia del tiempo de otoño en que todavía no se han sembrado las tierras de trigo y cebada. Dejo a la derecha la derruida iglesias de Vega de Valdetronco. Sólo queda el esqueleto, pero los responsables del patrimonio de Castilla y León hace tiempo que les dio pena y la reafirmaron sosteniendo los pilares y adecentando la muerte. Queda así constancia de lo que fue. Siempre me representa la idea de la antigua y nueva Castilla, es decir, glorias pasadas, monumentos, palacios, todo venido a menos. La iglesia, como está pegada a la autovía, la ve todo el que va a Galicia, o a Madrid, miles de vehículos al día. O sea: una imagen patética de una tierra doblegada.

     Yo volaría del todo esa iglesia en ruinas, y otras muchas de Castilla que lo único que hacen es deteriorar el paisaje general y decirnos a cada instante que somos producto más de derrotas que de victorias. Iglesia sin techumbre, desvencijada, que sólo como nido de pájaros en sus paredes, en sus oquedades. La Diputación de Valladolid, con buen criterio, hace tiempo que puso en marcha un programa para ayudar a los pueblos a derruir sus tapiales arroñados, sus casas derrumbadas, o esas construcciones de adobe  comidas por la maleza que deterioran sobremanera el mundo rural de Castilla y León.

   En Cañizo la vida es tranquila, apacible. Saludo a Indalecio, que lleva en un carretillo una carga de ramas de árboles. Hacía tiempo que no lo veía. Es quinto mío, pero su vida ha ido por unos derroteros y geografías distintas. Es habitual: en la niñez y la juventud todo converge, pero llega un tiempo, en torno a los dieciocho años, en que cada cual tira para un lado, busca su propio camino y sólo muy de tarde en tarde uno se encuentra de frente con el pasado, mejor dicho, con el presente.

    La casa está perfecta, con buena temperatura. Abro las ventanas para que el sol y el calor lo inunden todo. Es un bálsamo en medio de la quietud, aire caliente para besar las paredes y acogotar la humedad, la misma que ha doblegado la pintura de una pared en la habitación de la entrada. Decido arreglarla. Varias horas me lleva dejarla como nueva con su color ocre egipcio.

    En la chimenea aso unos chorizos y una morcilla, que acompañados de huevos y un porrón de vino me llenan la andorga. A plena satisfacción. A veces las comidas más sencillas son las que más llegan alma.

    Vuelvo tarde a Valladolid, mientras escucho a Mozart, Debussy y Charpentier. La música clásica endulza de quietud cualquier momento. Decenas de compactos de Paco Olías llenan mi coche. Albinoni, Schumann, Haydn, Tchaokosvsky, Falla, Albéniz, Wagner o Bach. Música de la buena, de la eterna, de la que nunca muere.

 

9/octubre/domingo

 

    El domingo por la mañana la dedico a cocinar: aguacate con salón marinado y chipirones encebollados. Entre clásico y moderno, según recetas que voy acopiando y me sirven de inspiración. Porque soy partidario de cocinar, como mi amigo Antoine, con lo que haya en la nevera. O sea: improvisación y experimentación permanente. Pero donde más me inspiro es en recetas del gran cocinero Martín Berasategui, el que tiene más estrellas Michelín en España. Hace unos meses tuve la suerte de comer con dos amigos en su restaurante de Lasarte y fue una experiencia culinaria impagable. Lo que nos costó fue lo de menos porque hay cosas que no se pagan con dinero. Al término de la comida charlamos con Martín. No pude evitarlo y le dije que yo ponía en prácticas sus recetas en “XL Semanal”, a lo que me contestó: “Pues ya sabes, si te sale mal algún plato me echas la culpa a mí”.

   Por la tarde sofá, televisión y lectura. Un artículo de Javier Marías en “El País Semanal” me lleva a una idea que me persigue: el tiempo ahora pasa más deprisa, muy deprisa. Antaño, en la niñez y la juventud, allá por los años sesenta y setenta del siglo pasado, todo era lento, tranquilo, cadencioso. Como dice Marías, era un tiempo en que incluso había tiempo para merendar.

 

  10/octubre/lunes

  

 

      Por la mañana voy a la Cámara de Comercio. Después de un largo tiempo de crisis el cielo de nubes empieza despejarse. Veo a todos trabajar con ganas, con entusiasmo. Da gusto. La Cámara tiene muchas personas responsables, trabajadoras, e incluso buenas personas. Que ya es decir. Puede que sea una reserva en medio de este mundo troglodita. Como, o almuerzo, como se dice ahora, con viejos compañeros. Comida de trabajo. Me acuerdo del que fuera Director General de RTVE en la primera época de Felipe González en el Gobierno, José María Calviño. Decía que “en las comidas de trabajo ni se come ni se trabaja”. Puede que tuviera razón, aunque en esta ocasión los comensales lo intentamos.

 

    11/octubre/martes  

 

     Como con Paco Cantalpino, periodista brillante y genial. Siempre habla desde un humor irónico y cáustico a la vez. Conoce el entorno y domina la condición humana. El lugar de cita es un restaurante de moda: “Mesa O del Val”. Cocina moderna, de ceviches y otros preparados sanos y ricos. Damos un repaso a la situación política. Estamos de acuerdo: los políticos están en otra honda, tienen otros esquemas en la cabeza, muy diferentes al común. Me quedo con una frase de Paco: “el rencor alimenta parte de mi vida”. Se refiere a lo mal que le trataron en el trabajo. Tanto, que decidió abandonarlo después de 35 años. La mala persona fue una política de cuyo nombre decidimos olvidar. Pero Paco la sigue odiando. Con razón. Yo siempre he pensado que el perdón forma parte de la injusticia. Es muy cristiano, pero yo lo cuestiono. No me convence. A Paco Cantalpino, menos, que incluso considera que Jesucristo no existió. Intento convencerle de que está demostrado históricamente que su figura fue real. Pero no lo acepta. Allá él; entre unas cosas y otras está claro que irá al infierno.

  

   12/octubre/miércoles

 

  Fiesta nacional. Los españoles celebramos el Descubrimiento del Nuevo Mundo. Cuando Cristóbal Colón llegó a aquellas tierras que hoy hablan castellano todo cambió en el planeta. Día de la Hispanidad, así se llama desde hace tiempo esta fecha. Lo que no se acepta en algunos lugares, como en varios puntos de Cataluña. En Badalona, por ejemplo, su Ayuntamiento abrió las puertas para que sus funcionarios fueran a trabajar. En contra de la sentencia de un juez. Un concejal, de apellido Téllez (o sea, de ascendencia andaluza, aragonesa o castellana) rompió el documento de la sentencia ante las cámaras de televisión a la puerta del Consistorio. Una actitud chulesca cuando menos. E impropia de una persona que representa la autoridad democrática. Y es que los independentistas catalanes lo tienen claro: representan y actúan sólo para su gente, para sus partidos; olvidan que una cosa es la campaña electoral y otra el día después. En ese momento alcaldes y concejales representan a todos, incluidos los que no les han votado. Esta forma de actuar lleva a la confrontación. Son “pequeños golpes de estado”, dice un amigo mío. Y puede que tenga razón. Esas cosas siempre terminan mal.

     De acuerdo que la Dictadura de Franco fue lo que fue, y no se puede asumir ni una pizca desde esa época en esta España democrática, pero tampoco ahora se pueden saltar todas las formas con impunidad. No soy capaz de saber que pasará el día de mañana en Cataluña: Puigmenont, el President de la Generalitat, insiste en los errores de Mas y dice que hará otro referendum ilegal en 2017, pasándose por el arco del triunfo la Constitución del 78 y el sentido común, mientras los independentistas de todo signo y condición hacen alarde de una actitud que no sé donde les lleva.

    En Madrid, mientras tanto, se celebra el desfile de las Fuerzas Armadas. En el cielo  la Patrulla Águila dibuja al milímetro con sus aviones los colores de la bandera española. Mientras tanto abajo, en la Castellana y el Paseo del Prado, el Rey Felipe, el Gobierno de Rajoy en funciones y diferentes presidentes de varias comunidades autónomas, se saludan, sonríen, y ven el desfile. Marcialidad y orden como contraposición al imperio anarcoide que se está instalando en varios puntos del país. A mí, como a Paco Ibáñez, la música militar nunca me supo levantar, pero las leyes están para algo. ¿Que hay que cambiarlas? Posiblemente. Pues hágase lo que deba hacerse. Pero de acuerdo entre todas las fuerzas políticas, o la mayoría, o por consenso o cerca. Nunca por la brava.

    Mariano Rajoy saluda a Javier Fernández, el presidente de la Gestora del PSOE. Normalidad. ¿Se abstendrán los socialistas para que gobierne Rajoy? En eso andan, pero con muchas voces en contra, especialmente de Cataluña y Baleares.

      Esta cita del 12 de octubre me recuerda siempre a la Enciclopedia de Álvarez, aquella que estudiábamos en la escuela de Cañizo allá por la década de 1950. “Colón salió de Palos con la nave Santa María y las carabelas la Pinta y la Niña un 3 de agosto de 1492 y llegó a las Indias el 12 de octubre del mismo año”. Así ha quedado en mi cabeza, y en la de tantos.

   También este día me lleva a 1995 y 1996. Entonces yo trabajaba en los Telediarios de TVE y me enviaron a cubrir la información ese día tan especial. Primero en la calle y después dentro del Palacio Real. En la Castellana con una cámara detrás y en el Palacio ya sin nada; simplemente a ver y charlar con los invitados. Allí esos dos años pude saludar y charlar con otros compañeros con Don Juan Carlos, Rey simpático y abierto, campechano, que comía el jamón del catering con más  hambre que apetito; según pasaban las bandejas cogía el pernil a dos manos, sin ningún protocolo ni miramiento. Él, claro, podía hacer lo que considerara oportuno. Los periodistas nos acercábamos a los distintos corrillos “para comentar la jugada”. Tiempos nuevos, amables, distintos. En 1996 empezaron a invitar a esta cita a grandes empresarios y a personas distinguidas de la sociedad civil de distintos ámbitos. Ese año me encontré en la gran escalera de subida del palacio con Juan José Hidalgo, presidente de Air Europa, con quien tenía una buena relación. Iba sólo y no dominaba la situación. Me pidió que si podía acompañarle. Así lo hice. Le presenté a la Directora General de TVE de entonces, Mónica Ridruejo, y a otras muchas personas. Hasta que me dijo: “yo lo que quiero es hablar con el Presidente de Iberia”. Lo buscamos y los saludamos, Xavier de Irala, que había sido nombrado máximo responsable de la Compañía por José María Aznar. Hidalgo quería entrar en el accionariado de Iberia, o comprarla. Entonces no se le ponía nada por delante. El salamantino que empezó trayendo de Suiza a emigrantes en un coche de segunda mano, y que después montó una empresa de autocares “piratas” para llevar a gente de su tierra a Barcelona y viceversa, ahora quería dominar en Iberia. Un fenómeno. Por eso se le conoce como Pepe Halcón, todo un lince hecho así mismo.

     José María Aznar fue la estrella en 1996, ya presidente del Gobierno, pero ya fue muy  solicitado en 1995 por haber sobrevivido a un atentado de ETA. Estaba entonces en la oposición y ya se manejaba por palacio con la displicencia y las formas que tanto le han caracterizado. A Aznar, al que yo conocía bien de su etapa como Presidente de la Junta de Castilla y León, también pude saludarle. Pero como siempre: “¿Qué tal Aniano, cómo estás?”“Bien, presidente”. “Pues me alegro”. Y ¡hale!, esa siempre era toda su conversación. Y ya era mucho, que no a todos hablaba. Yo era un “privilegiado”.

 

   Día de mucha lluvia. Ya era hora. En los últimos cuatro meses, sol, viento y fuego.

 

   En televisión veo al actor José Luis Gómez caracterizado de Miguel de Unamuno. En la Universidad de Salamanca se ha “representado” la histórica fecha de hace 80 años cuando el entonces rector de la institución se enfrentó al general Millán Astray con aquella frase inolvidable: “Venceréis, pero no convenceréis”. Unamuno, que en un principio, harto de los desastres de la Segunda República, apoyó el Golpe de Mola, Sanjurjo, Franco, el banquero March y compañía vio que aquello no iba a mejorar lo anterior. Salió vivo del paraninfo de la Universidad de milagro. Su dignidad, y su enfrentamiento al “viva la muerte y muera la inteligencia” se mantendrá por los siglos de los siglos.

 

    13/octubre/jueves

 

   Sigue la lluvia. Pienso que cada gota es un hongo, un níscalo, un rovellón, un champiñón silvestre, un boletus edulis, una amanita caesarea, un rebozuelo…; se me hace la boca agua. Lógico.