Viernes, 30 de octubre de 2020

Unamuno y el socialismo

Acabamos de verle en el Paraninfo de la Universidad, hemos podido sentir su indignación ante la barbarie de un discurso fascista que vociferaba Millán-Astray. Unamuno ha vuelto a vivir de la mano de un actor tan grande, José Luis Gómez,  que nos ha hecho olvidar que estábamos ante la representación cinematográfica de un hecho trascendente, como negarse a claudicar, como señala una de sus más emblemáticas frases: venceréis, pero no convenceréis.

Antes de su destierro, Unamuno identificaba democracia con el socialismo, frente al anarquismo y la dictadura del proletariado, como proponía la revolución rusa de 1917, un temor que partía de los terribles acontecimientos en la huelga de Barcelona, la cual duro 44  días. Todo comenzó en la empresa eléctrica, la Canadiense, mientras los trabajadores no querían ver reducidos sus salarios, los sindicatos pedían un reconocimiento de su papel dentro de la compañía y, al no conseguirlo, sus miembros anarquistas utilizaron medios más violentos, lo que provocó una espiral de violencia, puesto que las clases medias y conservadoras crearon, a su vez, un cuerpo armado, el Somaten.  Así escribe en el periódico El Mercantil de Valencia, en1920, que el sindicalismo revolucionario, no es democrático, ni liberal porque no deja libre juego a la concurrencia de aptitudes distintas al que dicte una minoría. Por estas razones, el socialismo era para él una opción política más razonable, a pesar de no coincidir con los dogmas de un incipiente socialismo que proponía una lucha de clases, porque en esos momentos, el PSOE estaba debatiendo si incluirse en la Internacional Comunista, lo que para Unamuno significaba una preocupante radicalización. Pero además, el partido se debatía entre adherirse al sindicalismo, o bien emprender una tarea política, no sólo sindical. Por ello, más que un obediente militante, prefirió asumir lo que siempre había defendido, una forma de pensar más individualista y menos gregaria. Era consciente de la gran influencia que mantenía por su relación con miembros del PSOE, como Indalecio Prieto, con el que mantuvo una gran amistad, quizás porque éste también respetaba, en Unamuno, su posición de intelectual, más que de compañero de partido. Al final, ganaba la conversación por ambas partes. Para el Rector de la Universidad de Salamanca, lo fundamental en la democracia era la capacidad de defender las propias ideas y atreverse a contrastar opiniones. No es casualidad que, para él, el lugar, por excelencia, de participación política, era el Parlamento, al que bautizó con el nombre de “la Casa del Pueblo”, donde las distintas voluntades tendrían que abrirse paso mediante la palabra y no la violencia. Por eso dejó claro en 1924 un mensaje liberal, que cada persona se interese también por los asuntos públicos para que, lejos de delegarlos, formen parte de sus preocupaciones, hasta tal punto que les animaba a hacerse “todos políticos”.

Ahora que el PSOE ha convertido la “Casa del Pueblo”, como parecen representar sus sedes, en el espacio de confrontación, o lo que, a pequeña escala, sería la imagen de una huelga violenta para impugnar a su propio líder, elegido por decisión de la militancia, sería extraordinario releer a Miguel de Unamuno, que defendía el terreno de las ideas y de la expresión libre de las mismas, porque, de haberlo hecho así, no cabrían asaltos y, menos aún, justificaciones para revestirlos de necesarios y legítimos.