Miércoles, 11 de diciembre de 2019

En Memoria de Elie Wiesel

Jamás olvidaré esos instantes que asesinaron a mi Dios y a mi alma, y que dieron a mis sueños el rostro del desierto.

Elie Wiesel

El día 3 de julio pasado fallecía en Nueva York el escritor Elie Wiesel, tenía 87 años pero conservaba en su corazón la memoria del Holocausto y el horror. Cuando recogió el premio nobel de la paz en 1986, en su discurso de aceptación realizó una oración a Dios: “Bendito seas Tú, por habernos mantenido hasta el día de hoy”. En su discurso comentó que no podía hablar por los muertos, pero tenía la sensación de su presencia,  el honor del premio pertenecía a todos los supervivientes y a sus hijos, a través de ellos al pueblo judío. Elie Wiesel siempre se sintió judío y desde esa identidad intentará descubrir el sentido en el sinsentido y en los horrores de los campos. Se preguntaba ¿Cómo el mundo pudo permanecer en silencio? Continuó su discurso huyendo de cualquier melancolía, parece que fue ayer comentaba, o hace eternidades. Un joven judío descubrió el Reino de la Noche. Recuerdo su desconcierto, me acuerdo de su angustia. Todo sucedió tan rápido. El gueto. La deportación. El vagón de ganado sellado. El altar de fuego en la que la historia de nuestro pueblo y el futuro de la humanidad estaban destinados a ser sacrificados. Desde el horror preguntó a su padre ¿Puede ser esto verdad?

Desde este blog de Salamanca RTV, no podemos dejar de recordar su memoria, la memoria de un luchador por los derechos humanos, la memoria de un hombre obsesionado por la memoria; toda su vida, toda su obra, son un alegato insistente contra el olvido. Muchos de los intelectuales judíos supervivientes de los campos, entre ellos Elie Wiesel, veían en la shoah, no sólo el extremo en la gama de los horrores y de lo inhumano, más una fuerte quiebra en la historia judía, en la historia de la humanidad. Comentaba que no habido nada comparable con los campos de concentración y exterminio nazis, a pesar de la existencia de obras violencias y campos en la actualidad, Hitler pretendía la eliminación sistemática de todo el pueblo judío, sin dejar un solo individuo vivo. Ante esta realidad tan dura surge la pregunta desde la fe y la razón, no es fácil mantener a Dios desde el horror y el sinsentido. Desde esa realidad no es extraño que broten preguntas desde la hondura y desde el dolor. Sujeto en su mística judía, resultan muy convincentes sus razones que le mueven a Esperar a pesar de todo, libro imprescindible contra toda indiferencia y resignación.

Nació en 1925 en la ciudad Sighet, Rumanía. Una pequeña y polvorienta ciudad en un rincón de la lejana Transilvania a la sombra de los Cápatos, sus padres, Schlomo y Sarah, tenían una pequeña tienda de comestibles. Vivirá su juventud influido por el mundo de los libros y el hasidismo, un “humanismo religioso” en base al talmud y los místicos judíos. Ese mundo se derrumba en el verano de 1944, cuando los nazis se disponen a imponer en Sighet la “solución final”. Fue a parar a Auschwitz, un lugar desconocido y apartado que conocería por primera vez desde los barrotes del tren. Allí fue testigo del asesinato de su padre y de una de sus tres hermanas. Poco después, en el campo de Buchenwald vería morir a su madre. En una de sus obras (La noche) relata el horror de los campos, se abre precisamente con el recuerdo de la noche de su llegada a Auschwitz: No lejos de nosotros, de un foso subían llamas, llamas gigantescas. Estaban quemando algo. Un camión se acercó al foso y descargó su carga: ¡eran niños! Sí, lo vi con mis propios ojos. No podía creerlo. Tenía que ser una pesadilla. Me mordí los labios para comprobar que estaba vivo y despierto. ¿Cómo era posible que se quemara a hombres, a niños, y que el mundo callara? No podía ser verdad. Se encontraba en un mundo que correspondía objetivamente al mundo sin Dios imaginado por Nietzsche. “Nunca olvidaré aquel silencio nocturno que me privó, para siempre, del deseo de vivir. Nunca olvidaré esos momentos en que asesinaron a mi Dios y a mi alma y que convirtieron mis sueños en polvo” (La noche)

Después de su liberación, apátrida y sin lugar donde regresar se establece en París, donde estudiará filosofía, psicología y literatura, decía que quería comprender el sentido de lo que había acontecido, de lo que había hecho de mí una víctima, en boca de un personaje de una de sus novelas. Viajará por todo el mundo, asentándose al final de su vida, en Estados Unidos. Su obra es amplia y diversa, escribe narrativa, drama, sobre estudios bíblicos, talmúdicos y hasídicos. En nuestro idioma destacan obras como: La noche, El Alba, El día, Las puertas del bosque, La ciudad de la fortuna, El olvidado, Celebraciones bíblicas y sus preciosas memorias, Todos los torrentes van al mar.

Toda su obra está atravesada por la pregunta por Dios, o más bien como Job dirigirá sus preguntas a Dios, dejando entrar los gritos de las víctimas. ¿Dónde estabas, cuando tus hijos más te necesitaban? ¿Cómo puedes permitir, oh Dios, que el hombre contamine tu creación? Desde el dolor quiere llevar su clamor a Dios, refugiado en su omnipotencia. Desde ese clamor a Dios, se pregunta por el alma humana, a veces lleva tanta belleza, tanta bondad, tanta savia de nobleza, puede ser albergar también el nido de los instintos más deshumanizados. Job es el símbolo del destino judío después de Auschwitz, ese Dios omnipotente de los filósofos o de las teologías triunfalistas, se hace intolerable. Como Job, Wiesel no se sentía satisfecho con las respuestas habituales al problema del mal y del sufrimiento, en medio del clamor humano, lleva a Dios a juicio.

La obra de Elie Wiesel nos marca el camino del hombre que busca sentido, “y a pesar de todo”, encuentra en la desesperación una fuente de confianza en el hombre y en Dios, que no se basa en el olvido del horror sino en su recuerdo. La memoria está en el centro de los derechos humanos, la memoria de la humanidad puede atrofiarse o perderse, las víctimas siempre tienen una cita en el presente. El camino está en no olvidar. A pesar de las dificultades y los problemas, no le ha sido fácil conservar la fe, según sus palabras nunca me he apartado de Dios… Para mí, para el hombre que soy yo, es posible estar con Dios, estar a favor de Dios. Y hasta es posible seguir siendo fiel a mí mismo y estar contra Dios, pero nunca sin Dios. Gracias amigo Elie, por tu fe profunda y tus caminos de acceso a lo profundo del misterio. Seguro que ahora estás en Dios y con Dios y puedas preguntarle directamente, tal vez encajen todas las piezas y tu vida cobre un nuevo sentido en ese misterioso mar del amor.