Jueves, 20 de junio de 2019

Utilería para mirar el mundo

Tejí la oscura guirnalda de las letras: hice una puerta: para poder cerrar y abrir, como pupila o párpado, los mundos.

José Ángel Valente

 

Para muchos de nosotros, la primera ojeada diaria al mundo comienza con el gesto de encender el receptor de la radio, el smartphone, o el ya casi en desuso golpe seco que despliega y despereza las noticias en papel.

En los días que corren seguimos oyendo, ya casi sin escuchar, las noticias sobre esa prostituida quimera que llamamos Europa. Cómo se niega refugio a quienes huyen del hambre y la muerte que los expulsa de sus países, mientras que por aquí cerca, puede que a nuestro lado, vivimos otra suerte de expulsiones: en estas semanas toca el protagonismo a los teleoperadores, explotados en su trabajo y con sueldos de miseria; lo particular como ejemplo doloroso de lo universal.

Puede que alguna vez consigamos ser capaces de establecer esta relación que supone reconocer que en lo local está contenido lo universal, que lo genérico, aquello que nos conforma, se manifiesta también en lo particular de cada uno.

La asunción de esta universalidad de las cosas requiere de nuestra mirada cercana, local, de aquello que nos envuelve, y que esa contemplación activa, trascienda curiosa, busque respuestas, establezca ese hilo conductor con lo global.

La utilería de ese trabajo para llegar a conocer esta realidad tiene anchura: esa percepción y descubrimiento de lo que nos rodea se alimenta de conversaciones y lecturas, de miradas desprejuiciadas con deseo de entender y poder dar, darse, respuestas.

El recuerdo de un libro hermoso (sí, lo bello, también nos interpela y ayuda a explicar lo oscuro y repulsivo), construido bajo las premisas de que lo cercano contiene a lo universal. El modo de ponerlos en contacto, de saber descubrirlo, que no es sino la mirada y la palabra, me ha hecho volver sobre este asunto que a todos debiera interpelarnos.

Una constatación de lo que escribo, se puede ver en uno de los multiformes textos que conforman el libro del que quiero hablarles, donde el autor divaga a partir del líquido elemento que conocemos como agua. Así comienza uno de ellos, aseverando con propiedad rotunda:

Cualquier cosa que se mire, si se mira con la suficiente atención se convierte en el más atractivo misterio. El agua que cae, por ejemplo. Con esta contundencia amarra nuestra curiosidad a lo que cuenta, obligándonos a continuar su lectura para conocer sus posibles derroteros.

Pero antes de acercarnos a sus miradas, que no son otra cosa que hilvanar reflexiones, posibles ideas y respuestas, quiero tirar de otro hilo mental, quizá proveniente del mismo ovillo. Les acerco a la poeta Chantal Maillard, con el fin de provocar un cierto juego dialéctico con la afirmación del autor asturiano: Sin embargo, nadie permanece mucho tiempo ante una imagen detenida. Cierto temor al contagio de su fijeza, se diría, que sube por los pies como si fuese el frío de la muerte. La Vida es movimiento, decimos. Y para sacudirnos inventamos festejos, ceremonias, juegos en los que el riesgo a perder algo, fortuna, alma o sosiego, nos hace sentir vivos. Todo lo que se mueve nos atrae. 

Xuan Bello, que así se llama el  primer autor citado, nos aclara (no podía ser de otra manera hablando de agua) su primer aserto y responde a Maillard:

Digo ‘agua que cae’ sin decidirme a escribir lluvia, porque en Asturias –donde la gente, ya lo dijo Clarín, es casi anfibia– llover llueve, pero no se dice comúnmente la palabra lluvia si no es por inusual retórica. Se mira detrás de los cristales y se afirma solemnemente que el día amaneció metido en agua o que está cayendo una mano de agua tremenda. Resulta raro. Es como si los esquimales no conocieran la palabra nieve o los pigmeos no concibieran la palabra selva. El agua no es aquí una característica del paisaje sino que se piensa al revés: en esta tierra, hasta cuando hay sequía, todo es adjetivo del agua y por eso se dice tan genéricamente, sin sustantivar la acción, y la perspectiva de quien ve llover no difiere demasiado de la de los peces. No estoy exagerando: las truchas por el río y los tordos por el aire vuelan de igual modo, sin que haya ninguna diferencia, en el idioma asturianos, entre volar y nadar.

Por si no hubiera quedado suficientemente ponderada su argumentación el autor remata, líneas más abajo, que esa fluctuación del tiempo les permite un relativismo espiritual único en el mundo: Somos, sin duda, climatológicamente dialécticos. Uno es, entre otras muchas cosas, lo que el tiempo le deja ser.

Y uno se pregunta, si esto no acontece aunque con referencias disímiles en todo lugar. ¿Acaso no tratamos de explicarnos a partir de los contextos que nos circundan? ¿Y no ocurre, por último, que con lluvia o sol continuo, en los llanos o espacios montañosos, llegamos a conclusiones parejas?

El libro del que les hablo, que les recomiendo con pasión lectora, blande el atinado título de Historia universal de Paniceiros, y recoge en él ese universalismo local del que vengo hablando y del que me siento fiel seguidor. Naturalmente, siempre que se ponga en funcionamiento toda esa utilería de la mirada que se reivindica en el título de este artículo, y que Bello desarrolla con tintes de misterio y humor, con armas de narrador de estirpe que sin ninguna duda posee.

Estamos ante un collage bien armado, donde conviven la reflexión y el relato junto a poemas, fotografías y estampas que alimentan el localismo trascendiéndolo, que nos ofrece una perspectiva multifacética del ser humano.

Puede que alguno o quizá muchos de ustedes, se pregunten el motivo de relacionar los paros de los teleoperadores del país  con el texto del que les vengo hablando. No caeré en el innecesario didactismo de enfrentarles a su inteligencia y aclarar lo que está claro, tanto que hace daño a la vista. Pero si  me gustaría hacerles llegar que la lectura de libros como este ofrecen sentido a lo que venimos hablando, y que el autor recoge con fortuna en su lengua asturiana: Ciertas páginas, ciertos días, bastan para equilibrar el mundo.

Y en esta frase cabe todo, lo bello y lo sublime, pero también lo doloroso, lo repulsivo e inadmisible, que demasiado a menudo vivimos en lo universalmente local. Ojalá lleguemos a percibir alguna vez el desasosiego y sufrimiento de estos conciudadanos, para poder comprender, y por tanto actuar contra aquello que asola a miles de personas, niños y ancianos, mujeres y hombres, a los que se les niega el pan y la sal, y además la tierra, la nuestra, que olvidamos por un absurdo miedo que es también la suya.

Basta un aire para entender la íntima unidad de las cosas y recuerda en la palabra mundo el movimiento del mundo. Reducir este sentimiento a ecuaciones matemáticas no va a revelar nada que no sea la soledad humana, la infinita y pesada soledad humana; pero eso, bien contado, acompaña mucho en las noches largas.

¿Cabe decir más? Puede, si decidimos hacer nuestros los días.

Rafael Muñoz