Martes, 20 de octubre de 2020

Que los nietos, nietos son

( Si usted es abuelo, está leyendo este artículo y disiente de lo que aquí expongo, me parece muy bien. Lo que en estas líneas hago es simplemente dar mi opinión, no enfrentarme a quien piense diferente. Que el tema de los abuelos me lo conozco y no quiero que se me encolericen.)

No incluyo en esta opinión el apartado de los ahora llamados abuelos esclavos que por necesidad de ayudar a sus hijos ejercen como padres. Ellos son un capítulo aparte.

Reflexiono sobre el tema de los nietos ante la proliferación de memes de internet, escritos y conversaciones en las que se manifiestan exacerbadamente los encomios hacia los hijos de nuestros hijos.

Me llama poderosamente la atención alguna de estas afirmaciones que, al ritmo que veo van, acabarán por transformarse en las nuevas tablas de la ley emocional entre abuelos y nietos.

Algunos ejemplos:

-Con ellos se llega a los límites del amor que no se soñaron.

-Son el anhelo convertido en realidad.

-Les damos los besos que quizá no les dimos a nuestros hijos.

-Nos dan besos que quizá nadie nos da.

-Con ellos tenemos la juventud que se nos escapó.

-Se revive la historia del amor.

-El hogar ya viejo se torna nuevo.

-Se vuelve a ser padre cuando las posibilidades se han ido.

-Se les quiere incluso más que a los hijos.

Todas estas etéreas frases a mí me parecen carentes de sentido y, sobre todo, egoístas. Parecen anuncios de elixires mágicos con los que conseguir juventud y amor. Y lo que es peor, parecen reflexiones provocadas por un tardío arrepentimiento de no haber ejercido en su día de padres, y se agarran a esa segunda generación para redimirse.

Yo me casé joven. Hasta entonces ejercía una profesión, pero siempre tuve muy claro que cuando tuviera hijos dejaría de trabajar mientras tuvieran edad de dedicación plena. Pensaba que necesitarían más mi atención emocional que las atenciones derivadas de una mejor situación económica.

En aquella época, finales de los 70 y hasta ahora, mi pensamiento estaba considerado retro y obsoleto, primando la idea de que la mujer tenía que integrarse en el mundo laboral sí o sí. Yo respetaba lo que cada mujer decidiera con su vida, pero para mí la libertad plena y mi realización como mujer era también elegir lo que yo quisiera, y elegí dedicarme a la maternidad, a pesar de las miradas por encima del hombro que me pudieran caer y que de hecho me cayeron. Pude, por ello, disfrutar plenamente de mis hijos cada minuto del día, cada centímetro de su crecimiento, curiosear con ellos sus asombros, abrirles las puertas de su desarrollo, derretirme con las tiernísimas miradas que se clavaban en mis ojos, sentir las caricias de sus pequeñas manos en mi cara, paso a paso, piel con piel. No todo era belleza. También piel con piel compartí sus sufrimientos, noches de insomnio, vacunas, dientes, fiebres, primer día de colegio, decepciones, adolescencias y un sin fin de vivencias imposibles de enumerar.

Aunque los padres seguimos ejerciendo sin jubilación posible, llega el momento en que los hijos ya no dependen de nosotros y comienzan a dirigir sus propias vidas. Es entonces cuando de acaban los dolores de espalda, el cansancio, el dormir “a cachos”, el renunciar a casi todo. Y con ese momento llega el de sonreír por el deber cumplido, pleno el corazón de dar y recibir. Y llega también el abrazo fuerte de esos hijos como una rúbrica de cesión mutua de libertades.

Y llegan los nietos.

¿Se nos cae la baba? A cubos.

¿Los queremos? A océanos.

¿Qué son para nosotros?

Y yo aquí me respondo con una antitabla de la ley que mencioné al inicio de este texto:

-A los límites del amor soñado llegué con mis hijos.

-Mi anhelo se convirtió en realidad con mis hijos.

-Llené de besos a mis hijos.

-Mis hijos me llenaron de besos.

-La juventud no se me ha escapado porque me la mantienen fresca mis hijos.

-No preciso revivir la historia de amor porque nunca estuvo muerta.

-Fui madre con mis hijos. No necesito volver a serlo.

Con esto quiero decir que para mí el amor a mis nietos es inmenso, pero nunca mayor que el que tengo a mis hijos. Que, como abuela, daré por mis nietos la sangre si la necesitan, pero ni soy su madre ni voy a ejercer como tal, a no ser en casos que espero nunca se produzcan. Que me encanta que corran hacia mí con los brazos en alto llenos de alegría, abrazarlos, besarlos, llevarlos de la mano, y que cuando vaya a verlos lo primero que me digan después de abrazarme sea el impulsivo “¿Qué me has traído?”.

No serán para mí redentores de ausencias, ni hijos duplicados, ni reponedores de emociones perdidas, ni jarabes aliviantes de penas, no. Serán los hijos de mis hijos. Y son ellos, mis hijos, ahora padres, los que deben hacer méritos para que algún día les den ese abrazo fuerte rubricando la cesión de la libertad.