Martes, 25 de junio de 2019

Homenaje a Rubén Darío

23/septiembre/viernes

Los viernes, cada vez más, son un tiempo de libertad. La semana laboral se acorta, según los mandatos europeos. Eso genera una sensación de alivio, aunque los empedernidos amantes del trabajo deben de pensar lo contrario. Y es que para éstos el trabajo es el objetivo central de toda la actividad humana. Algo tan serio que lo justifica todo. Por eso cuando alguien entra en el periodo de jubilación, los demás lo ven como su final, como si se hubiera apartado de la sociedad, su final del camino.

   Pero en esta vida la única verdad absoluta es que todo es relativo. Por eso yo pienso lo contrario. El trabajo es una parte de nuestras vidas, pero no toda la vida. La gente, en su mayoría, trabaja por necesidad, porque es el medio de ganarse la vida. El “ganarás el pan con el sudor de tu frente” no deja de ser una sentencia-maldición. Otros, no obstante, lo hacen por amor, como una extensión de su ser. Estos son unos privilegiados porque han sido capaces de unir trabajo y pasión, trabajo y vida, trabajo y ocio. Son los menos, pero los hay. Son los que más se parecen a lo que decía Miguel Delibes, para quien “acertar con el oficio es acertar con la vida”. Esos son los elegidos, los señoritos del sistema. Pero la mayoría vamos tirando y seguimos sintiéndonos desgraciados ya desde el domingo por la tarde. Por supuesto que hay quien sufre más y menos en el trabajo, pero siempre el trabajo es el trabajo. Que significa esfuerzo, entrega, responsabilidad, eficacia y sacrificio. La media de vida está en España está en torno a los 82 años. Pues bien, de esos, la mitad, como mínimo, tenemos la necesidad y la obligación de trabajar. O sea, de ir a buscarnos el pan. Si dieciséis, o veinticinco, los pasamos entre la niñez,  la adolescencia y la juventud, y paralelamente pegados al esfuerzo del estudio, de la formación, resulta que ya hemos entregado tres cuartas partes de la vida. Y la última, con suerte, la dedicamos al júbilo. ¿Cuánto tiempo con salud?¿Cuántos días con fuerza y alegría? La vida es lo que es, y pasa como el río callado, no el rumoroso, moviendo las piedras del fondo, camino de la mar, que es el morir de Jorge Manrique.

   Leo que se celebra (es un decir) el 150 aniversario del nacimiento de Rubén Darío, el gran introductor del “Modernismo” en España. Escuetos recuerdos en los medios de comunicación. El periodista, poeta y diplomático nicaragüense, Félix Rubén García Sarmiento, fue un fenómeno de nuestras letras, y sintió y vivió España y Madrid desde el amor y la genialidad literaria. Le respetaron todos los escritores y poetas, desde Valle-Inclán hasta Antonio Machado, pasando por Juan Ramón Jiménez, que le llamaba maestro. Yo llevo siempre conmigo por una poesía suya que aprendí de memoria en el bachillerato: “Juventud, divino tesoro,/¡ ya te vas para no volver!/ Cuando quiero llorar no lo lloro/ y a veces lloro sin querer.” Me produce pena, sensación de tristeza, porque expresa una realidad inevitable. A Rubén Darío no le ha hecho justicia el año 2016 porque la gloria del recuerdo literario se la están llevando las efemérides del 400 aniversario de la muerte de Miguel de Cervantes y William Shakespeare. Una injusticia, como tantas. Pero sus “Prosas profanas”, su “Azul” inspirador, su “Canto de vida y esperanza”, serán obras eternas. Siempre llevo también conmigo de él aquellos versos: “Yo soy aquel que ayer no más decía/ el verso azul y la canción profana/en cuya noche un ruiseñor había/ que era alondra de luz por la mañana…/ Yo supe del dolor desde la infancia;/ mi juventud…¿fue juventud la mía?/, sus rosas aún me dejan fragancia,/una fragancia de melancolía…”

   Lo que de niño se aprende, tarde se olvida, o nunca. Aún me sale con frecuencia aquella “Marcha triunfal” que nos obligó a aprender de memoria, y recitarla en la clase en voz alta y marcial, el profesor del literatura del colegio de Coreses, Don Julio Rodríguez: “¡Ya viene el cortejo!/¡Ya viene el cortejo! Ya se oyen los claros clarines,/la espada se anuncia con vivo reflejo;/ya viene, oro y hierro, el cortejo de los paladines./

   Rubén Darío tuvo una vida complicada desde niño, intensa siempre, encontrando en Madrid el amor de su vida, Francisca, natural de Ávila, analfabeta, a quien enseñó a leer y escribir y con quien tuvo su hijo Rubén Darío Sánchez “Güicho”.

    Años más tarde, en Barcelona, conocí a un escritor que se llamaba igual, Rubén Darío, que editó un libro de poemas. Llevaba con orgullo el nombre, pero la fortuna poética no le llevó por los senderos del nicaragüense. El nomre sólo no da la inspiración. De la obra de este Rubén Darío no recuerdo ni un solo verso.

 

24/septiembre/sábado

 

    El sábado debía prolongarse toda la semana. Es el día de la quietud, de la tranquilidad, de la cocina sin prisa, de las sensaciones de felicidad. De la familia. El sábado paseo con Rumbo sin mirar el reloj, y el lo sabe. Va, viene, salta, me mira descarado y se me tira encima. Voy al pinar, lo meto en el canal que pasa cercano y se zambulle con la despreocupación y las ganas propias de un perro de aguas, que es la raza a la que pertenece. Los pájaros nos paran de cantar y piar en los árboles de las orillas. Chopos, cipreses, espino blanco, zarzamoras, cardillos, abrojos, retamas, higueras, almendros, pinos, …verderones, urracas, palomas, gorriones, abubillas, cuervos…Rumbo es una explosión de vida. Simancas al fondo, Arroyo de la Encomienda a la derecha. Tierras de regadío, casas rurales, un rebaño de ovejas. La vida, que me lleva.

 

  25/septiembre/domingo

 

    Días de partidos de fútbol y carrusel, fiesta del transistor. ¡Qué invento!, el transistor. Por los años sesenta/setenta el transistor en Cañizo se convirtió en el mayor invento del siglo, casi tanto como la televisión. Los pastores ya no podían salir al campo con sus rebaños sin el transistor. En medio de la nada, los grandes de la radio se hicieron familiares. El transistor llevó con una rapidez inusitada las noticias de la ciudad al campo. En tiempo y hora. De pronto, la gente olvidada, la que no pudo en muchos casos ni ir a la escuela, se encontró con la noticia, con el conocimiento, con la cultura, con una formación gratis impagable. La radio se convirtió en el transistor, todo un milagro que las generaciones siguientes a aquel tiempo tal vez no sepan valorar en toda su dimensión.

   Fue el tiempo también en que los pastores cambiaron el burro, humilde y sacrificado, por el caballo, bello y soberbio. Tenían que ponerse a la altura de los tiempos, más sofisticados, e ir paralelos a los agricultores, beneficiados con la llegada del tractor.  En unos pocos años el tractor, ya desde principios de los sesenta, revolucionó el campo, haciendo desaparecer las mulas y los machos, que hasta entonces habían llevado la dura carga de las labores campesinas. El gasoil, el ruido sordo del Lanz, el tractor alemán de dos tiempos, o el Barreiros, o el Ebro, o el “Jonhdy”, o el Massey Fergusson, que fue el que compró mi padre, cambiaron los tiempos de aquellos pagos. Todo se hacía mejor y más rápido. Nunca ha habido en Tierra de Campos un avance más rápido, más determinante, más eficaz. Dos mil años tardó en arrinconarse, para el olvido y los museos, el arado romano, tal vez uno de los inventos más impresionantes de la historia del hombre. Dos mil años separado del transistor.

 

26/septiembre/lunes

 

    Viajo con Violeta a Terceira, una de las nueve islas de Azores, el archipiélago portugués en medio del Atlántico. Puntual llega el AVE a la estación de Valladolid. La España del AVE es así: la técnica y la modernidad nos está acercando a la seriedad. Pronto abandonamos la ciudad y los pinares cercanos para meternos en las zonas secas de cultivo de cereal, ahora resecos y amarillentos. Pronto veo al fondo la “mujer muerta”, la silueta de la Sierra de Guadarrama, que así la llaman los segovianos. A la izquierda dejamos la impresionante catedral, vigía de esa vieja Castilla, y vamos lanzados hacia la estación de Chamartín. Allí nos esperan Luis Martín y Pepa, su mujer, viajeros expertos, amigos desde hace muchos años. Juntos haremos este viaje a Terceira. No somos Bush, Blair, Aznar y Barroso, ni vamos en busca de aquella famosa foto que allí se hicieron previo a la guerra de Irak, ni caeremos en la tentación de ir “en busca del famoso anticiclón”, causa de tantas de nuestras sequías. Pero sí perseguimos un tiempo bueno, real, palpable, y conocer una tierra con tanta historia.

 

29/septiembre/jueves

  

   Regreso de Azores. Viaje lleno de experiencias que se merece una crónica amplia. Acabo de llegar a casa y decido dejarla para la próxima semana. Me limito aquí a constatar que de la misma forma que la playa se ve de otra manera mirándola desde dentro del mar, algo parecido sucede cuando vemos a nuestro país desde el calor de otras tierras. Lo que me reafirma en que el provincianismo, el autonomismo irredento y el complejo de campanario de tanto cantonalista se cura viajando. Quien viaja ve otras perspectivas, analiza con más argumentos y comprende que recrearse en el propio ombligo sólo conduce a la frustración.