Martes, 11 de diciembre de 2018

Descubrimientos

La última proposición municipal realizada por la CUP en el ayuntamiento de Barcelona, contempla entre sus peticiones de revisión de los homenajes y reconocimientos oficiales a determinados personajes históricos, la retirada del gran monumento a Cristóbal Colón erigido junto al puerto de esa ciudad. Semejante petición ha causado regular revuelo no sólo en los pasillos de la municipalidad barcelonesa, que se ha apresurado a rechazarla mayoritariamente, sino también en ámbitos oficiosos e institucionales de toda España y corrillos tertulianos de todo pelaje, que han disparado toda su batería de descalificaciones e insultos para expresar sus opiniones sobre esa petición, sobre sus autores, sobre la historia de España y hasta sobre el supuesto valor moral del skyline barcelonés.

Al margen de que pueda uno no estar de acuerdo con que la CUP utilice a sus representantes municipales y los recursos de que dispone en ese ayuntamiento para plantear cuestiones de este tipo en un momento en que urge el planteamiento y solución de cuestiones de mucho más hondo calado humano (necesidades perentorias que sufren muchas personas concretas en la ciudad de Barcelona, niveles de sufrimiento de grandes capas de población debido a la situación económica, falta de viviendas, precariedad vital,  gravísimos problemas de convivencia ciudadana, salubridad, educación,  empobrecimiento general, aculturización progresiva, quiebra de los fundamentos de la ciudadanía, etc.), uno no puede sino aplaudir, ya que no la oportunidad, sí el contenido de la propuesta de la CUP, por lo que tiene de revisión de un statu quo, en todo el país, en cuanto a los reconocimientos oficiales y públicos de personajes históricos cuya sola antigüedad, en muchos casos, se ha venido confundiendo –interesadamente-  con su valía humana.

Tuvo que aprobarse una llamada Ley de la Memoria Histórica para que los herederos ideológicos (y también financieros) del franquismo, se avinieran -de mala gana- a retirar símbolos y reconocimientos públicos al dictador y su sangrienta obra, aunque en muchos lugares todavía se conviva con la vergüenza de estar regidos por instituciones manejadas por quienes se niegan no sólo a cumplir esa ley, sino a reconocer la intrínseca maldad del franquismo, sus crímenes y, por supuesto, a reconocer la sevicia que se realiza manteniendo homenajes a su despreciable historia.

En el caso del mal llamado “Descubrimiento de América”, que la propaganda imperial y ultramontana del nacionalismo español ha consagrado como hazaña durante siglos mediante la manipulación de su historia, el ocultamiento de sus crímenes, la tergiversación de la verdad y diversos intereses espurios de tipo religioso, económico y de poder, nunca es tarde para girar definitivamente las llaves de la verdad, para volver los ojos a los historiadores más profesionales y capacitados (y menos papanatas), y por fin poder calificar adecuadamente a los personajes que con comportamientos que exceden toda calificación, sembraron de indignidad sus nombres, el de sus países y el de una gesta que pudo ser humanamente feliz y devino locura sangrienta.

Varios años llevamos celebrando las independencias de la mayor parte de los países americanos colonizados por los españoles en el XVI, la mayor parte de ellas arrancadas a sangre y fuego de las garras de los poderosos terratenientes, virreyes, gobernadores y esclavistas al servicio de las grandes potencias europeas. En todos esos países, excepto las domesticadas y bien alimentadas élites, existe un sentimiento no precisamente filial hacia España, y falacias como “la madre patria” y otras lindezas de la pura estupidez han sido ampliamente superadas por la inteligencia de los pueblos, y son ya sólo utilizadas sobre los enmoquetados olvidos que genera el servilismo. La historia de la colonización, dominación y en muchos casos arrasamiento de países enteros por los “conquistadores” españoles, merece que también en este lado del océano se diriman cuestiones como el valor histórico de Cristóbal Colón o la estatura moral y ética de sus acciones, sus intereses y sus inductores.