La Madre Tierra

Ha terminado el verano: en poco tiempo, veremos la floresta teñida de ocres. Algunas especies, registran el color de la sangre; ese rojo saturado que precede a la caída de las hojas, es como si la planta se desangrara antes de acceder a la nueva estación. Pero, al margen de los colores que registra el paisaje, hay que mantener la mirada atenta sobre la Madre Tierra, al menos, para darle las gracias por los frutos que nos ha entregado.

Este cambio de ciclo, sumerge a muchas personas en la melancolía. Se trata de una tristeza asociada, quizá, a los cambios meteorológicos. Sea como fuere, el otoño es una estación mágica. Las especies arbóreas se desnudan, lentamente, para su letargo invernal. El sueño profundo que precede al despertar de la primavera, forma parte del ciclo de la vida. Los árboles se despojan de lo viejo; del manto que les ha librado del tórrido calor. Las yemas, convenientemente protegidas, volverán a florecer cuando llegue su momento.

En mi caso, aprovecho el otoño para caminar por el bosque. En el silencio de la tarde, mientras la luz se filtra en la espesura, empuño mi cámara para transformar muchos momentos en imágenes y, las imágenes, en sentimientos. Pienso en mi pequeñez, frente a la grandeza que me rodea. La desnudez de los árboles, y el juego circular de las hojas movidas por el viento, me acompañan muchas veces en mis paseos sin destino.

En algunas ocasiones, dejo mi cámara en el suelo, y participo de esos juegos a través de la observación. De esta forma, me convierto en naturaleza; disfruto de ella, al desprenderme de mí mismo. Más tarde; cuando recupero la carga de los prejuicios, y responsabilidad de las acciones, ya no contemplo las hojas moviéndose a mi alrededor, ni percibo la caricia del viento sobre mi rostro. Vuelvo a la realidad que oprime, y emprendo el camino de regreso.

Pero la Madre Tierra me sigue acompañando. Percibo sus latidos a través de las imágenes. Sus bostezos estivales, y sus gritos de dolor cuando la dañamos, los tengo congelados en mi mente.

En poco tiempo, otras generaciones ocuparán nuestro lugar, para que el ciclo de la vida continúe como fue ordenado. Pero, muchas veces, nos comportamos como hijos bastardos que reniegan de su origen. Casi siempre la explotamos en exceso; buscamos beneficios para los sentidos, y descuidamos las necesidades del alma, que reclaman lo contrario.

La tierra se transforma paulatinamente, y nosotros con ella. Cada día cambiamos el ánimo, el ritmo, y la perspectiva. En cada amanecer buscamos un nuevo horizonte donde posar la mirada. Pero muy pocas veces miramos hacia dentro, para comprender lo que esa naturaleza significa para nuestras vidas. 

Para tranquilidad de todos, la tierra que pisamos nunca morirá. Los bosques que nos aportan los recursos naturales, y todos los procesos que tienen lugar sobre los campos, hasta que germinan las semillas, seguirán existiendo; obedecen a leyes ancestrales que nos han precedido.

Nuestra falta de responsabilidad al tratar de robar a la Naturaleza más de lo que nos puede ofrecer, pone de manifiesto lo más negativo de la condición humana. Pero la tierra no muere; transforma periódicamente los elementos en una zona concreta, y en un tiempo determinado.

Cuando se quema el bosque, insultamos a la Madre Tierra. Esta, negará sus frutos a generaciones negligentes. Todos perdemos cuando se contaminan los acuíferos y se destruye la fertilidad de los campos.  Aun así, la Madre Tierra no muestra un enojo a permanente. Otras generaciones recibirán lo que tenga que ofrecer, porque la renovación es una constante; la regeneración, un mandato que no puede eludir.