Perro

Los estudios biográficos responden a varios cánones, en función del interés o la pasión que el autor ponga en su visión. En esta actitud juegan un papel importante factores como el mero afán erudito, el fervor hacia el autor y sus obras o un fuerte componente creativo sobre la vida estudiada. A veces, estos factores confluyen y la biografía sale de la aridez de los datos para poner al lector en sintonía con una visión profunda y arriesgada del biografiado. Estas tres formas de enfocar una vida se han dado también en las biografías de Rilke. Opino pensando exclusivamente en las españolas o en las traducidas.

A grandes rasgos, y sin ser exhaustivos, podemos recordar, para el primero de los enfoques, las de Bermúdez-Cañete, Valverde o Ferreira Alemparte. Entre las segundas, las de Antonio Pau (rigurosa y sensible) y Angelloz, entre las terceras, la que ha supuesto un hito por su extensión monumental, la de Mauricio Wiesenthal). División no rígida, pues un enfoque sintoniza a veces con otros –la peculiar vida de Rilke se presta a ello gracias a su grandioso epistolario– y siempre vamos siguiendo un perfil más ortodoxo o heterodoxo del poeta.
Hago estas puntualizaciones para abordar el libro de Albert Roig, que es una visión extremadamente informada, pero a la vez muy osada. Roig parte de una base de datos muy enjundiosa, en la que destaca como uno de sus valores –véase la ricas fuentes de la bibliografía– la copiosa información complementaria, paralela a la vida de Rilke. Me refiero a que multitud de personajes y circunstancias históricas son puestas de relieve como complemento precioso de una vida. Esas personas fueron autores de libros o de cartas, algunas ya clásicas, como los de Lou Andreas-Salomé o Marie von Thurn und Taxis. A veces, capítulos enteros se demoran en otras vidas, como la del escultor Augusto Rodin.
Dicha demora en los personajes es generosa cuando el autor se detiene en las mujeres que Rilke amó y/o trató. Sobre las más importantes ya poseíamos información, pero es sugestiva esa aportación de otros personajes secundarios que enriquecen la visión. “Rilke y las mujeres” podría ser el título de una obra futura, pero un libro como este contribuye poderosamente a ello. Es así porque su autor se ha movido no sólo en el entorno más cercano a la vida del poeta, sino que ha trazado círculos más amplios de investigación en busca de datos, a veces nimios, pero enriquecedores.
Nos encontramos también ante un enfoque inusual porque el autor actúa de una manera heterodoxa, por medio de materiales complementarios, como prólogos y epílogos, relación de citas, breves o más extensas (aquí selectas páginas de Diarios o de epistolarios) y de poemas que el autor prefiere o que le parecen útiles para su exposición. Estos poemas nos permiten reparar en los muchos traductores de Rilke (Valverde, Pau, Munárriz, Bermúdez-Cañete, Janés, García Román, Rulfo, Riba, Vinyoli, Tomás Segovia, Yourcenar, etc.)
Este enfoque heterodoxo se sustenta en otros aspectos como el del afán creativo del propio Roig, algo quizás cuestionable para los puristas, pero que desde los estudios biográficos de Stefan Zweig fue parte consustancial al género: el afán de ir más allá de los simples y secos datos, el arriesgarse a comentar fotos y cuadros que de Rilke se hicieron, o fragmentos poemáticos del propio Roig. Esta actitud de libertad interpretativa le permite ser extremadamente minucioso en la cronología de datos y vivencias, pero dando grandes saltos en el tiempo. (Puede el autor estar escribiendo de los días de Rilke en España o en Capri, pero en la frase siguiente, saltar a las jornadas de Rusia.)
Este afán de libertad hay que reconocerlo en el título que Roig ha dado a su libro, tan llamativo como duro: “Perro”. Como las mujeres, los viajes, el afán de soledad, la sumisión al mecenazgo, las heridas de infancia y de adolescencia, son temas centrales en la vida de Rilke, pero puede haber subtemas, como el del símbolo del perro, ya desde esa foto de la cubierta del libro en la que la presencia del animal se funde con la del niño que la madre viste de niña y que nos llevaría a sugestivas interpretaciones de carácter psicológico. Pero, a medida que el lector penetra en la lectura, ve cómo ese título duro, ese perro, posee un significado irisado. Sus propios perros y los de sus amigas conducen a interpretaciones concretas, pero preferimos pensar en cuanto en la vida de Rilke pudo haber de fidelidad, de sumisión extremadas a sus protectores.
Este inusual y osado enfoque de Roig nos lleva también a reparar en otras circunstancias que aparecen en su libro entre elogio y elogio: a un afán de desmitificar la figura del poeta, unas veces por medio de palabras excesivas (“el ser humano libre de pecado que tire la primera piedra”), o utilizando opiniones de Romano Guardini o Benedetto Croce. El pensamiento de autores así no permite la interpretación de una vida y una obra como la de Rilke; por eso, es lógico que a estos les mosquee “la mezcolanza del arte y lo sagrado” en el poeta checo, o vean en su poesía “falta de virilidad”. O Blanchot, muy francés él, hablando de “contradicción pura”. Este afán desmitificador llega a su culminación en una página de Claire Goll, en la que reprocha al poeta desde no bañarse en el mar (misión suya era el contemplarlo e interpretarlo) o ignorar los deportes, su sumisión a los aristócratas, su pánico a la pobreza (¿qué hacemos con su delicioso “Libro de la pobreza”?) o palabras o expresiones que aquí nos negamos a repetir. Demoledora también la interpretación de la fotografía hecha por Bernahart. Algo parecido sucede con la “patética” visión de Franz Werfel. También es delicado ironizar sobre símbolos que son primordiales en Rilke (el ángel, lo sagrado, la noche). O insistir en el “vivir de balde”, la alusión a residencias y sanatorios “carísimos”, o a la “vanidad”, dudosa en un solitario que huye siempre.
La vida de un poeta, como la de cualquier ser humano, no es ni blanca ni negra sino una totalidad de la que nace una gran obra, o no nace. Valiosas las derivaciones en el libro (sobre Delacroix, Baudelaire, Ibsen, Chejov) y excelente el retrato que Roig hace de Ana de Noailles. También el repaso a las lecturas o temas rilkeanos, como el del teatro, que nos son menos conocidos. Libro, pues, informado, lleno de jugosos matices nuevos y en el que el doble viaje (el físico y el interior) poseen una honda significación poética y metafísica.
Brilla la ternura en la palabra de Roig en las páginas finales, en los días de Muzot, cuando Rilke se debate frente a la soledad y la enfermedad como el gran ser humano que fue, condición que se prueba en los momentos graves de la vida. La dura soledad del torreón, la última de sus mujeres-símbolos o el poema final con ese duro “Nadie me reconoce”. Es la obra de Rilke, su tenacidad para ser el que quiso y deseó ser, lo valioso sin más. Valioso es exponer también los datos tras una lectura laboriosa de las fuentes. Humano como el que más fue Rilke. Difícil es turbar el valor de un espíritu tan grande, y máxime en unos tiempos como los presentes en los que reina la ligereza creativa, el “todo vale” intelectual.

El Cultural