Miércoles, 19 de febrero de 2020

En la filigrana de los caminos

Crónicas arrieras: Tamames

En Tamames los caminos han tenido siempre vocación de encuentro, de cruce, de nudo arabesco dorado por el orive sol del mediodía, o por la plata que les pone la luna como a un botón charro.  Asentada en la ladera norte de la Sierra Mayor o de Tamames, en esta población los senderos siempre han gustado de descansar sus leguas, de asentarse algún día, de hacerse urbanos  por sus plazas, por sus calles, por sus ferias, y seguir luego, como los vientos, las geografías de los cuatro puntos cardinales.

Ya hace cien mil años, como nos dice en su libro “Historia de la Villa de Tamames” (Ediciones de la Diputación de Salamanca, 1999) el maestro Ramón Grande del Brío, los hombres dejaron aquí su huella. Al igual que las edades (La neolítica, la del bronce, la del hierro…) esas peregrinas que también gustaron de dejar el rastro mínimo de su paso. La época romana, gran bordadora de vías, hizo pasar por este lugar el cruce de varias de sus calzadas que se acercaban desde la Helmántica del Noreste, o desde la Miróbriga del suroeste, o reposadas otras aquí, continuaban para el oeste de Lusitania, o al este del centro peninsular.

De lo que Los Celtas se olvidaron de su trayecto, quedan dos cabezas talladas, llamadas “cortadas” señoreando una fachada enfrente de la iglesia, y de los visigodos días parece datar el torreón fortaleza de la localidad.

Pero las rutas unas veces traen gentes buenas, hacendosas y otras gentío arrastrando invasiones y pendencias. Así en los largos siglos de la España musulmana, esta localidad fue arrasada por el legendario caudillo Almanzor y tomada y dejada por moriscos y cristianos, hasta  que el desahogo de los siglos fue inclinando la contienda hacia los reyes de León.

 Luego la Edad Media con sus señoríos, sus legajos, sus leyendas…, y sus olvidos.

Los años siguieron pasando por el abalorio de caminos que es Tamames, y los siglos la fueron convirtiendo en el centro comercial de su comarca, la del Huebra, y referencia para las colindantes, como las de las tierras del Yeltes, o de la Sierra de Francia, y siempre de próspero tráfico con Salamanca, Ledesma o Ciudad Rodrigo.

De nuevo llegaron por la vía que ensalzaba Madrid con Coímbra las carretas de las huestes. Durante la Guerra de Sucesión (1701-1713), como nos cuenta el profesor Grande del Brío, Tamames sufrió numerosos asedios por parte de las tropas.

O unas leguas más allá en los caminos de la Historia, en 1809, durante la Guerra de la Independencia, en cuyas tierras se libró la renombrada, e importante  batalla que lleva su nombre y cuya victoria campea hoy en el escudo de la villa.

 

También a este cruce de caminos llegué yo una tarde de no hace mucho. El calor resonaba en las dehesas como tela de tambor, las reses pacían las sombras de las encinas, y yo, arriero informativo, traía ganas de parada y fonda.

Antaño había varias fondas en la localidad, o bodegones, o mesones, o ventorros que sorbían de los senderos a los fatigados transeúntes, pero hoy hay una nada más, el Hostal la Bombilla. Hasta allí  me allegué y Mari Cruz me dio amable albergue.

Hacía tiempo que no me allegaba hasta aquí y, sin embargo, unos de los hilos de los caminos de mi vida partió de aquí, cuando en los inicios del siglo XX mi bisabuelo Juan, zapatero de oficio y pucherero a la sazón, mudó desde aquí hasta La Alberca.

Muchas fueron las veces que me acerqué hasta Tamames en mi juventud serrana; a mercadear textiles, herramientas en sus bien surtidas ferreterías, en tránsito de visita familiar a la vecina población de Abusejo, camino de la capital, o simplemente a enfriar los fulgores de la mocedad en sus noches de fiesta.

Apenas me había aposentado, salí a callejear. Hoy, como siempre lo ha sido, Tamames es el centro comercial, administrativo, y financiero, por sus numerosas entidades bancarias, de su entorno. Aunque está lejos del los 1900 habitantes que llegó a tener en 1950, y que por causa de la emigración que tantas deshojó las poblaciones rurales, hoy cuenta con unos 870, y se la ve bien surtida de servicios,  de establecimientos , de bares, de industrias chacineras, ganaderas y de la agricultura.

Andando por sus rincones, llegué hasta uno de los talleres que aquí tiene la familia Méndez Vieira, joyeros que hacen con los hilos de la plata y demás metales lo que la luna hace con las hebras de los sueños.

Ya de regreso  en la posada, después de la cena, tuve la suerte de platicar con Lorenzo acerca de la vida pasada y actual de Tamames. Es un enamorado de la alfarería y está aprendiendo el oficio. Antaño fue esta una de las actividades más importantes de Tamames, y me cuenta de insignes familias de este oficio, como los llamados “Orejas”. O de las que se dedicaban a la industria del paño, de los hacedores de mantas y capotes camperos,  de sastres afamados como el señor Generoso, de los componedores  de carros, de los curtidores de cuero, de los zapateros.

Pero sobre todo de la historia de su establecimiento, nacida en 1910 con el nombre de “Villa Teresa” en honor a su bisabuela, y asentada a las afueras de la localidad en un estratégico cruce de caminos. Él es ya la cuarta generación que regenta el restaurante y el hostal y su hijo con emprendedoras ganas de seguir, la quinta.Esto hace que sea el establecimiento atendido por una misma familia más antiguo de Tamames, y en esta continuidad de más de un siglo, Lorenzo me comenta que nunca ha cerrado sus puertas, nunca, aclara, salvo por el fallecimiento de algún ancestro con el día de luto de rigor. También se acuerda el amable hostelero de aquellos arrieros de las Hurdes, o los serranos, que llegaban con sus caballerías portando sus frutas u otras mercancías, dejaban en las cuadras media carga, y fatigaban el día por los pueblos vecinos con la otra media, y así al día siguiente. Entrados en la noche, me comentó curiosas anécdotas, como aquel día en que don Miguel de Unamuno pasó por estos cruces en alguna de sus rutas meditabundas, y dejó en el portalón de entrada de la casa dibujado un gallo, él sabría por qué.

Nos despedimos quedando para que degustara el renombrado cocido de La Bombilla, con su retahíla de sabrosos platos.

Ya en la habitación,desde mi cama veía los restos de las tenadas de la antigua pensión,el corral, parte del pajar, y me preguntaba si acaso habría también un pozo central en torno al cual velara armas un Alonso Quijano. Pero el cansancio me vencía, aunque aún supe que el andante escribidor de caminos, era yo.

Dormí toda la noche un sueño antíguo y nutricio como de puchero de garbanzos, y no desperté hasta que al alba el gallo de Unamuno se puso a cantar al sol como un loco enamorado.

La localidad de Tamames celebra sus Fiestas Patronales en honor al Stmo. Cristo del Amparo del 23 al 28 de septiembre. El interesante programa de Festejos en mi anterior artículo:  “El concilio de la palabra”.