Esclavos por naturaleza.

La Agencia Espacial Europea ha difundido el primer mapa de la Vía Láctea que comprende, aproximadamente, unos mil millones de estrellas. En el año 2021 la misión espacial Gaia logrará cartografiar el uno por ciento de nuestra galaxia. Ese uno por ciento equivale, si no me equivoco en las cuentas, a unos a noventa mil millones de nuevos astros. Cada día el satélite registra cincuenta millones de ellos. Supongamos que existieran condiciones aptas para la vida en el 0.01 % de los planetas que orbitan tan ingente cantidad de estrellas. Pues bien, esa posibilidad podría aparecer, al menos nueve millones de veces, sólo en ese uno por ciento de la Vía Láctea. Estas hipótesis se manejan ya con fluidez en el mundo científico. Incluso se admite la posible existencia de vida inteligente más allá del sistema solar. Puede que la arquitectura bioquímica sea la misma en todo el universo. No obstante, se sabe que tal condición no resulta necesaria. En efecto, es posible que los nucleótidos del ADN, los biosolventes y el metabolismo se configuren en una distinta bioquímica y, sin embargo, la misma siga conservando una capacidad evolutiva similar a la nuestra. Me refiero a la que va de la molécula del ARN al Homo Sapiens. Es decir, la que va de lo simple a lo complejo. El 12 de octubre de 1942 unos marineros españoles confirmaron en los hechos que la tierra es redonda al “descubrir” las Américas. No obstante, se equivocaron en algún detalle al pensar que la isla de Guanahaní se encontraba en la zona oriental del continente asiático. De ahí que a sus pobladores los llamaran “indios”. En todo caso, tal acontecimiento conmovió los cimientos narrativos de la época. Por ejemplo, sesudos teólogos discutieron con vehemencia si tales gentes tenían un alma que pudiera ser redimida. Alguno, como Francisco Vitoria, defendían su condición humana. La mayoría no. La mayoría obsecuente, complaciente con la avidez de la corona y nobleza tranquilizaba sus conciencias con argumentos de esta guisa: “las gentes rudas y bárbaras son esclavos por naturaleza”. A un tal Jesús de Nazaret, en quien decían creer no lo citaban, citaban a Aristóteles para fundar sus argumentos. En suma, al día de hoy, de los “indios” americanos quedan unas decenas de miles malviviendo en reservas y suburbios miserables. Eso sí, por fin, con “alma”. Pues bien, en una de esas noches blancas o en blanco acostumbradas, me imaginé que algún Cristóbal Colón galáctico aterrizaba, con sus platillos voladores, en Alepo o en New York, tanto da. Imaginé, que allá lejísimos, visto lo visto, algún teólogo o equivalente concluyera hablando de los humanos: “son seres simples, determinados, oportunistas, rapaces y faltos de sabiduría, nos ven como a dioses… son esclavos por naturaleza”.