Miércoles, 26 de febrero de 2020

Virgen de la Merced, un regalo de Dios

He sido muchos años mercedario “intra-muros”, ahora lo soy “extra-muros”. Por eso quiero celebrar este día, 24 de Septiembre, la fiesta de la Virgen de la Merced, felicitando a todos mis amigos mercedarios y mercedarias.

Con este motivo quiero ofrecer un texto especial, preparado con ocasión de los ochocientos años de la Fundación de la Merced, que celebraremos el próximo año 2018. Es un texto un poco largo, quizá para leerlo en varios tiempos .

Una vez más, dedico estas reflexiones a mis hermanos y hermanas mercedarias, con mi agradecimiento, con mis mejores deseos, con mi felicitación más cordial (La imagen es un cuadro muy famoso de Vicente López donde aparece la Virgen de la Merced con cautivos y/o encarcelados).

Dedico esta "postal" a las Hermanas Mercedarias del Santísimo Sacramento, con las que he compartido los primeros días de la Novena de la Merced, en su comunidad central de Coyoacán, México. En la imagen final, una foto con las novicias, tomada el pasado día 17. Gracias a todas.

Introducción

Las diferentes congregaciones y asociaciones que llevan el nombre de la Merced se inspiran en la obra de san Pedro Nolasco y sus primeros compañeros y compañeras que, a partir del año 1202, instituyeron en Barcelona un movimiento de tipo religioso y social, para visitar y liberar a los cristianos que, por circunstancias adversas a la dignidad de la persona humana, se encontraban en peligro de perder la fe. Pasados unos años, en 1218, los primeros mercedarios varones constituyeron una Orden religiosa, de vida comunitaria, que fue aprobada por la iglesia universal (año 1235).

Por su parte, las hermanas mercedarias fueron formando también grupos distintos, dedicados a una acción de tipo más social (desde el siglo XIII) o más contemplativo, desde el siglo (XVI); a partir del siglo XIX se constituyeron diversas congregaciones mercedarias femeninas, de tipo caritativo, apostólico y misionero. Todos esos grupos de congregaciones religiosas y asociaciones laicales forman la familia mercedaria, vinculada por una tradición común, un mismo amor a la Virgen de la Merced y compromiso de liberación a favor de los cautivos. Ahora, a los ocho siglos del comienzo de su obra (en el año 2002) podemos ofrecer una visión general de su sentido y tarea en el mundo.

1. La Merced, regalo de Cristo

Merced significa don o regalo, es decir, aquello que se ofrece y regala gratuitamente, oponiéndose, por tanto, a las normas y principios del mercado, donde las cosas (incluso los hombres) se compran y venden, según conveniencia o imposición de los más fuertes. Ambas palabras poseen en los idiomas latinos una misma raíz: mercado es el lugar e institución donde se compra o negocia según ley alguna cosa por dinero (de ahí viene mercenario: alguien que vende sus servicios, sobre todo para acciones militares); merced, en cambio, es aquello que gratuitamente se ofrece, por amor, a favor de los humanos, a fin de que ellos puedan ser y vivir en libertad y plenitud humana.

Merced significa gracia, y así se emplea todavía en diversas lenguas: "hágame la merced..,, merci, moltes merces, mezedez, mercy etc. Existía y existe una tendencia al legalismo religioso: se tiende a mirar la Ley como signo superior de Dios, a interpretar la piedad como un cumplimiento de normas o principios de justicia, que confirman y avalan el orden de cosas que existe en el mundo. En contra de eso, Jesús quiso revelar a los hombres la gracia de Dios, en forma de perdón, de regalo y redención.

Por eso decimos que fue Redentor universal: era experto en opresiones, conocía por dentro el dolor de los enfermos, la angustia de los pobres, el llanto y la desesperanza de los expulsados de la sociedad (leprosos, publicanos, prostitutas, etcétera); era, al mismo tiempo, experto en redenciones, es decir en ayudar con su palabra y obra, con su amor y entrega, a los diversos tipos de necesidades. Por eso podemos llamarle el primer mercedario, principio de libertad.

Jesús, primer mercedario, fue el iniciador del evangelio, de la buena noticia de liberación para los hombres. No vino a resolver por fuerza los problemas: por eso no ha curado a todos los enfermos, ni ha impuesto su reinado político en el mundo, ni ha enseñado la palabra de gracia y libertad a todos los que estaban oprimidos por el peso de la vida sobre el mundo.

Él ha hecho algo más profundo: iniciado un camino de gracia y libertad, para que nosotros podamos asumirlo y recorrerlo, realizando con su ayuda la tarea de liberación universal, por gracia. Por eso, cuando los discípulos del Bautista le preguntan si es él quien ha de venir ha respondido: "los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son curados, los muertos resucitan y los pobres son evangelizados" (cf. Mt. 11, 2-6). Esta es su palabra más profunda, en ella quiere fundarse la tarea mercedaria: sólo allí donde los mensajeros de Jesús ayudan los pobres, curan a los enfermos puede hablar de salvación final de Dios, de la resurrección de entre los muertos.

En la línea de Jesús ha querido actuar los primeros mercedarios y mercedarias, formando un grupo religioso de "consagrados", que consta de órdenes y congregaciones especiales, y un grupo más extenso de cristianos comprometidos en la tarea de merced, es decir, de liberación gratuita de los hombres. Desde el comienzo de la historia mercedaria (siglo XIII) hasta la actualidad (siglo XXI) diversos grupos de cristianos han participado de la obra de liberación, formando cofradías o fraternidades especiales (Orden Tercera, asociaciones laicales etc). Ellos siguen siendo un regalo de Dios para los pobres y oprimidos del mundo, regalo de gracia, regalo de libertad. Así podemos concluir este primer apartado merced tiene para los mercedarios el sentido más preciso de redención gratuita de los cautivos y oprimimos. Hombre o mujer de merced es alguien que ofrece su vida para la libertad mercedarios.

2. La Merced, regalo de la historia cristiana. Las tres órdenes.

Siendo un regalo de Dios, la Merced, entendida ya como institución y movimiento cristiano al servicio de los cautivos, tiene una historia bien concreta, que nos sitúa en el siglo XIII. Por eso debemos empezar situándola en ese contexto. Era un tiempo importante, se iniciaba en Europa una búsqueda nueva de conocimientos racionales; se expandía el orden nuevo de comerciantes y burgueses, en medio de violencias sociales y crisis políticas. Habían fracasado las cruzadas, con su ideología de conquista cristiana del mundo (o al menos de la Tierra Santa); quedaba atrás la vieja cristiandad organizada de un modo sacral, a través de monasterios y señores feudales. Comenzaba un tiempo nuevo, con problemas muy semejantes a los nuestros.

En este contexto se habla de tres fundadores cristianos providenciales, de tres movimientos religiosos que responden a los problemas más urgentes: Domingo y de Guzmán y sus Hermanos Predicadores quieren situarse ante el trema esencial de la verdad, que se encuentra y expande a través de la palabra; Francisco de Asís y sus Hermanos Menores quieren responder a los problemas de la injusticia económica, a través de un ejemplo radical de pobreza; Pedro Nolasco y los hermanos y hermanas de la Merced destacan problema de la falta de libertad, queriendo buscar una respuesta liberadora

a. Santo Domingo de Guzmán, apostolado de la Predicación. Era un clérigo hispano, canónico del Burgo de Osma; sabía latín, había estudiado. Caminando por el sur de Francia, con una embajada del Rey de Castilla, pasó por una zona de guerra entre Albigenses y cruzados católicos. Era una guerra de exterminio; los soldados del rey de Francia y muchos obispos querían matar a todos los albigenses, por herejes y distintos (peligrosos), pensando que hay un tipo de problemas de violencia que sólo se arreglan por las armas, destruyendo de raíz la mala simiente del Diablo en el mundo.

Pues bien, Domingo pensó que la división entre católicos y albigenses, el gran tema de las disputas religiosas y sociales, debe resolverse a través de la palabra y por eso quedó en el lugar de las disputas, como predicador ambulante, diciendo a unos y a otros que podían resolver las diferencias a través de un más hondo conocimiento de la verdad. Para expandir su labor creó una fraternidad de predicadores ambulantes, que iban pueblo a pueblo, sin bienes materiales ni influjos exteriores, como "mendicantes", es decir, como mendigos del evangelio.

Sólo más tarde, estos hermanos pobres predicadores se fueron convirtiendo en una Orden bien organizada, con intelectuales y profesores de universidad, para expandir y propagar la verdad por la Palabra. Santo Domingo de Guzmán es el santo del conocimiento liberador, que no destruye a los demás, que no les impone una verdad, sino que les ayuda a penar y vivir en libertad.

b. San Francisco de Asís, el apostolado de la pobreza. El hermano Francisco, hijo de comerciante, era poeta, hablaba en francés... De joven se fue a la guerra y le hicieron prisionero. Tuvo una experiencia grande del poder perturbador de una riqueza que esclaviza a los hombres, que divide a los pueblos, para acabar descubriendo que la libertad de la vida sólo puede conseguirse y cultivarse allí donde los hombres y mujeres se liberan del afán de la riqueza para volverse hermanos todos.

El dinero lleva a la división a la lucha; para ser hermano hay que aprender a compartir: este es el secreto de Francisco; él ha dicho y ha las cosas más bonitas que se han escrito acerca de la pobreza y de la fraternidad. Por eso quiere que los hermanos trabajan pero que nunca exijan salario, que reciban lo que les dan y que compartan lo que tienen, como hermanos pobres (mendicantes). Su "mendicidad" no consiste tanto en pedir a los otros sino en compartir con todos, incluso con el hermano ladrón. De tal manera que al compartir los bienes surge la paz.

El ideal de Francisco fue profundamente misionero, como el Domingo de Guzmán, pero no a través de una predicación de palabras, sino de la misma pobreza y fraternidad hecha palabra. Francisco y sus hermanos predican con el ejemplo, sin pedir nada, sin exigir nada. De esa forma pudo organizar un tipo de misión nueva misión entre infieles y de un modo especial entre musulmanes, enviando a sus hermanos pobres a la Tierra Santa y a otros lugares, no para conquistar el país o vencer a los "infieles", sino para compartir con ellos la vida en humildad y pequeñez. Dijo a sus hermanos que fueran como los discípulos primeros de Jesús: sin llevar nada, absolutamente nada, sin conquistar, sin imponer, sin obligar (cf. Mt 10).

Más aún, le puso como norma que no discutieran con los musulmanes, que no quisieran convertirles, sino simplemente estar con ellos. Así lo dice su regla para los misioneros: "que no promuevan disputas que se sometan a toda autoridad por Dios y que confiesen que son cristianos, pero sin discutir ni provocar; sólo cuando les pregunten, digan qué es ser cristiano".

c. San Pedro Nolasco, hombre de Merced. Los grandes teólogos mercedarios del Siglo XVI afirmaban que el tercer gran problema de los hombres era vida era la falta de libertad, que se expresaba en forma de opresión social y religiosa. Para responder a ese problema nació entonces la Orden de los Redentores de Santa María de la Merced: para instruir a los cristianos cautivos, para confirmarles en la fe, de manera que no desfallecieran, para liberarles aún con riesgo de la vida, del poder de opresión en que se hallaban, ofreciendo para ello sus riquezas y su misma vida. Ellos pensaron que la cautividad y la opresión son la más honda ignorancia, la mayor miseria.

La mayor ignorancia es no poder realizar en libertad la vida, la mayor pobreza es carecer de todos los derechos, incluso de la posibilidad de escoger trabajo, casa, forma de existencia. Dios hizo a los hombres libres, dueños de sí mismos, diciéndoles: "creced y multiplicaos, dirigid en libertad vuestra vida sobre el mundo". Pues bien, el cautiverio, en sus diversas formas, va en contra de esa palabra de Dios. Si uno es esclavo y no tiene libertad vive "a merced de los demás", que pueden dominarle, convirtiéndole en objeto, mercancía, al servicio de los propios intereses egoístas de un mundo que se vuelve enemigo de Dios. En contra de eso, el mercedario quiere ayudar a los hombres de un modo gratuito, en gesto de Merced liberadora, para que así puedan vivir en libertad. Pedro Nolasco vino a situarse según eso en el "nervio más sensible de la historia".

Así podemos resumir el tema. Pecado grande es el engaño en el nivel de conocimiento y fe; y por eso fundó Domingo una Orden al servicio de la verdad. Pecado grande es la riqueza que destruye a los más pobres; y por eso creo Francisco una Orden al servicio de la pobreza fraterna. Pero el pecado mayor es la negación de la libertad y para remediarlo quiso crear Pedro Nolasco un grupo de personas que estuvieran a merced de los demás, para ofrecerles una experiencia y camino de liberación.

Otras órdenes y congregaciones han surgido en los siglos posteriores, sobre todo en el XVI y XVII: los jesuitas, al servicio tarea ministerial de la iglesia; los carmelitas, para ofrecer un testimonio de oración contemplativa; las hijas de la caridad, para socorrer a los enfermos... Pero, de un modo ejemplar, podemos condensar la historia de la vida religiosa moderna en dominicos, franciscanos y mercedarios, pues esos grupos han sabido expresar, ya en el siglo XIII los temas básicos de la presencia y tarea de Cristo en el mundo.

3. La Merced, regalo de María

He venido aplicando la palabra Merced a Dios, a quien los mercedarios han visto siempre como Padre de Misericordia. Esa palabra puede y debe aplicarse también a Jesús, pues Cristo ha sido y sigue siendo el primer Redentor de cautivos. Pero en un sentido más estricto mercedarios y mercedarias han tomado su título y nombre de María: no se llaman "nolasquinos" (de Pedro Nolasco), en la línea de los "dominicos" (de Domingo de Guzmán) o los "franciscanos" (de Francisco de Asís), sino mercedarios, es decir, hermanos y hermanas de Santa María de la Merced, Redentora de Cautivos, a quien toman como su auténtica Fundadora. Ciertamente, el título Merced (Misericordia, Redención de cautivos) empieza aplicándose a Dios Padre y a Cristo; sin embargo, la tradición mercedaria lo vincula de un modo especial con María, madre de Jesús, a quien llama Virgen y Madre María de la Merced: ella da su nombre y sentido a la familia mercedaria.

– Este título, María de la Merced, no es una referencia de lugar, como los de Lourdes o Fátima, Monserrat o Guadalupe, aunque esos nombres hayan recibido también un sentido carismático especial. La Merced es, más bien, un título teológico y apostólico, que está indicando una faceta importante del misterio de María, la Madre Jesús, de manera que puede convertirse en principio de una acción liberadora al servicio de los hombres cautivos.

– Este título está vinculado a la vida y obre de San Pedro Nolasco, que más que fundador autónomo de familia mercedaria aparece como devoto de María y promotor de su obra de Merced sobre el mundo. En los primeros documentos, el grupo de los redentores de cautivos aparece como Orden de Santa Eulalia (por el nombre de la casa donde residían, en Barcelona) o Redención de Cautivos (por su tarea específica). Pero muy pronto, por impulso del pueblo y elección de los mismos hermanos y hermanas, el grupo empieza a llamarse Orden u obra de Santa María de la Merced, de la Redención de cautivos.

Este nombre no fue resultado de una imposición jerárquica, ni elección más o menos arbitraria de los primeros hermanos y hermanas, sino resultado normal de un proceso en el que ellos fueron descubriendo que su obra de Merced (Redención de Cautivos) se encontraba vinculada de manera muy intensa con María, de manera que ella (María) viene a presentarse como Madre de la Merced y la Merced de María se define como obra de Maria. Los hermanos y hermanas podrían haber redimido cautivos sin apelar a la Madre de Jesús o haber mantenido separados los dos elementos (devoción mariana y acción liberadora). Pero los han vinculado de un modo gozoso y comprometido, de manera que María y Libertad aparecen unidos en el título de la Merced.

Esta vinculación constituye una de las mayores aportaciones de San Pedro Nolasco, como ha destacó ya hacia 1400 el hermano Nadal Gaver, que recogió y transmitió de forma clásica la primera experiencia mariana del movimiento mercedario, contando la Descensión o bajada liberadora de María, en un relato ejemplar donde se recoge para siempre la inspiración liberadora que está al fondo de los diversos grupos mercedarios. Esta es en resumen su relato:

– Historia previa. Pedro Nolasco había empezado había comenzado a realizar su obra el año 1202, con un grupo de hermanos y hermanas. Pero un día descubrió que ella no avanzaba, llegando a pensar que el grupo y obra podía disolverse. Estaba ye en 1218. Habían pasado muchos años. Había gastado su fortuna y la fortuna de varios amigos, pero no se lograban verdaderos resultados. Aumentaban las dificultades, crecían los cautivos, la obra es estancaba. Pues bien, estando de noche en oración, con estos pensamientos, invocando a la Señora, Madre de Jesús, sintió que alguien se acercaba. ¿Cómo lo sintió, qué vio, cómo escuchó las palabras? Este es el secreto luminoso de la experiencia mercedaria, una historia que deben evocar siempre de nuevo devotos de María de la Libertad.

– Diálogo. La experiencia mariana de Pedro Nolasco se expresó en un diálogo o revelación fundamental en cuatro momentos.

1) Ella viene y Pedro pregunta: ¿Quién eres tú? Quiere saber quién es la Señora; estar seguro, saber con quien habla.

2) La Señora revela su deseo. Antes que decirle quien es, ella le ofrece una tarea: que siga liberando, que no deje su obra, sino que la asuma de nuevo y la organice de manera más intensa, como movimiento de liberación.

3) Nueva pregunta de Nolasco: ¿quién soy yo para realizar esta tarea? Es una pregunta que aparece en gran parte de las experiencias espirituales, ya en el Antiguo Testamento (por ejemplo en Moisés e Isaías).

4) La Señora no responde de manera directa a esa pregunta, sino que lo hace de un modo indirecto, ofreciéndole de nuevo su tarea, en nombre de Cristo. No es tarea nueva, no es algo que Nolasco no supiera, sino la obra de Merced, de redención de cautivos.

– Revelación mercedaria de María. Sólo al final, para ratificar su encargo, la Señora se presenta a sí misma diciendo, de manera condensada: "Yo soy María, aquella en cuyo vientre asumió la carne el Hijo de Dios, tomándola de mi sangre purísima para la reconciliación del género humano. Yo soy aquella a la que dijo Simeón cuando ofrecí a ese Hijo sobre el Templo, para realizar la obra de Dios: mira éste ha sido puesto para ruina y resurrección de muchos; será signo de contradicción; y a ti misma una espada te atravesará el alma" (Lc.2, 33-34).

De esta forma viene a revelarse María de la Merced: aparece como aquella que ha dado y sigue dando su sangre, es decir, su vida, a favor de los oprimidos y cautivos. Ciertamente, los mercedarios y mercedarias saben que ella es la Theokokos o Madre de Dios; saben que es Inmaculada y que está Asunta en el cielo.

Pero en el centro de su piedad mariana han descubierto, con Pedro Nolasco, otro elemento: María sigue sufriendo con Jesús a favor de los oprimidos y cautivos; ha dado y sigue dando su sangre por ellos (pues la dio para el nacimiento de Jesús); ellos descubren que María sigue llevando en el alma la espada de dolor redentor por los cautivos. Los grandes textos del dolor de María (Lc 2, 33-34, la espada de Simeón, y Jn 19, 23-25, compasión bajo la cruz), incluyen diversos temas: ella ha sufrido su noche oscura por no entender a Jesús, por ver el rechazo de los judíos y de todos los no cristianos, por sentir su dolor en la cruz... Pues bien, en el fondo de esos textos, los mercedarios han visto con Pedro Nolasco algo nuevo:

– María sigue sufriendo hasta el fin de los tiempos allí donde sus hijos se encuentran cautivos: Así aparece como mujer y madre solidaria. Ella es con Jesús el recuerdo viviente de la herida que forma la opresión en este mundo; ella es la memoria viva de las injusticias que destruyen a los hombres y mujeres de la tierra. Así aparece como expresión viviente de la solidaridad de Dios, que penetra en la debilidad del mundo, para sufrir con los que sufren. Ella representa de algún modo a todos los cautivos del mundo.

– María es, al mismo tiempo, impulsora y garante de un movimiento de libertad. De esa forma anima, desde abajo, a partir de los mismos cautivos, un camino y proceso de liberación y así aparece como promotora y garante de liberación. Ella no se encuentra simplemente arriba, desentendida de la historia humana; no está en un cielo de felicidad ya conseguida, dejando a un lado los problemas de la humanidad sufriente, sino todo lo contrario: unida con los pobres y cautivos, a favor de ellos, promueve un movimiento de liberación cuyo primer hermano ha sido Pedro Nolasco.

Esta ha sido la mayor aportación religiosa de Pedro Nolasco: él ha puesto su movimiento de liberación bajo el amparo y guía de la Madre de Jesús, a quien presenta como Madre de gracia y de Misericordia, es decir, Merced de Dios, principio y garantía del compromiso cristiano a favor de la liberación de los cautivos. Lógicamente, conforme a esta experiencia fundadora, María acaba diciendo a Pedro Nolasco: "Es mi voluntad que fundes un grupo que se dedique a redimir cautivos, sabiendo que eso implicará dificultad y sufrimiento.

También vosotros seréis un signo de contradicción, en este mundo que sigue oprimiendo a muchísimas personas; por eso, una espada os atravesará vuestra alma. Igual que yo he sufrido por Jesús, para que llegue el Redentor, deberéis sufrir vosotros, para que la redención se complete y un día vivan en amor y comunión todos los humanos". Esta sigue siendo la palabra clave de María de la Merced. Este el sentido de su patrocinio sobre el conjunto de la familia mercedaria.

4. La Merced, regalo para cautivos y oprimidos.

Conforme a lo anterior, religiosos y laicos de la Merced han de ser expertos en el conocimiento de los cautiverios de la humanidad actual. Los tiempos actuales son distintos, no estamos ya en el siglo XIII ni el XVI, pero "surgen hoy en las sociedades humanas nuevas formas de esclavitud social, política y psicológica, que derivan en última instancia del pecado y que resultan para la fe de los cristianos tan perni¬ciosas como la esclavitud y cautividad de otros tiempos" (Vaticano II, Gaudium et Spes 4, 29, 41). Por eso, los nuevos redentores deben encarnarse en su mundo, experimentando las opresiones de la edad moderna.

La humanidad se dividió de antiguo y se sigue dividiendo en grupos que combaten o se oponen mutuamente. En esa situa¬ción, los más pobres por raza o cultura, economía o salud, siguen siendo los hermanos preferidos de Jesús (cf. Mt 25, 31-46), especialmente los encarcelados y exilados; ellos han de ser objeto prioritario de la atención mercedaria.

A partir del siglo XIV, muchos mercedarios participaron en las tareas ministeriales de la iglesia y asumieron la acción evangelizadora en América Latina o la contemplación del misterio redentor de Cristo. Otros y otras han tomado ministerios de tipo educativo y sanitario, de promoción social y evangelización liberadora, para expresar por ellos el amor que Cristo redentor ha revelado por medio de María de la Merced, dentro de la iglesia, en forma de regalo de liberación para los más pobres. Ese amor ha expresarse en un plano de ayuda personal, es decir, como asistencia inmediata y cercana a los necesitados, siguiendo el modelo del Buen Samaritano, que no necesita instituciones sacrales ni sociales para asistir al asaltado. Pero, al mismo tiempo, puede y debe expresarse en obras de transformación estructural, organizadas de un modo cuidadoso, siguiendo criterios de acción social.

De esa forma se vinculan los gestos espontáneos y directos, que provienen del corazón de cada uno de los devotos de María de la Merced, y las obras programados, tanto en línea más eclesiástica (bajo la dirección inmediata de la jerarquía) como más social (con inspiración cristiana, pero no directamente vinculadas a la jerarquía). La Merced no es simplemente un regalo para la iglesia (sus obras no se hacen para gloria de la institución), sino para la humanidad. De esa forma, los mercedarios expresan el sentido de su fe, que es creadora de libertad, en el contexto más extenso del mundo en el que viven.

Eso pueden hacerlo en todos los lugares donde hay pobres y cautivos, no sólo en los países del llamado Tercer Mundo (amenazados de manera más directa por el hambre y la injusticia), sino también los países del Primer mundo (tanto en sus bolsas de pobreza social o Cuartos Mundos, como en las diversas circunstancias y lugares donde los hombres y mujeres se encuentren sometidos a la opresión del miedo o la injusticia).

Es este fondo se puede citar el Magisterio de Juan Pablo II, que viene insistiendo en el carácter fronterizo, no sólo de la vida religiosa, sino de todo el cristianismo. Frontera es el lugar donde el hombre se encuentra amenazado y corre el riesgo de perder su libertad. En tiempo de cruzadas y guerras de conquista, los guerreros se situaban en ella para hacer guerra a los contrarios. Pero, como vimos al evocar el origen de las "tres órdenes" del siglo XIII, los mercedarios iban a la fronteras no para luchar contra los adversarios, sino para redimir con amor a los cautivos y pobres. Ellos no quieren conquistar países, sino sembrar una semilla de libertad en los lugares donde crece la opresión. Tres son, conforme a la visión de Juan Pablo II, las fronteras principales de la misión actual de la iglesia.

– Hay unas fronteras geográficas a las que debe llevarse el evangelio de la libertad cristiana, conforme a la tradición más antigua de la Igle¬sia. Los enviados o creyentes de Jesús han de ofrecer el don de su Reino, en pura gratuidad, en gesto dialogal de entrega evangélica, en aquellos pueblos y lugares donde todavía no existe una Iglesia madura. Por eso es necesario que los fieles de Jesús estén dispuestos a dejar su tierra, para establecerse en otras tierras y cultu¬ras, ofreciendo allí los signos y palabras de Dios. La Iglesia es por sí misma universal (católica) y sólo saliendo de sí misma y ofreciendo su tesoro en otros pueblos, se hace fiel al evangelio. Pero no puede hacerlo en gesto de imposición o conquista, de superioridad o dominio, sino de diálogo en libertad, desde los más pobres, encarnándose entre ellos.

Se acusa a la iglesia moderna de haber realizado una misión vinculada a los poderes militares y políticos (es decir, a la colonización). Se sigue diciendo que ella es extranjera en los países de misión: es el culto de unos hombres y mujeres que vienen de fuera. Pues bien, en contra de eso, la verdadera misión cristiana, realizada en gratuidad, puede y debe realizarse en formas de presencia liberadora. No quiere imponer una doctrina desde arriba, ni de establecer unas jerarquías de verdades y funciones desde fuera, sino abrir espacios de libertad, a favor de todos, partiendo de los excluidos del sistema.

– Hay unas fronteras sociales, que se expresan en las diversas formas de ruptura humana y cautive¬rio que han surgido en nuestros viejos pueblos cristianos (de Occidente y América Latina). Esas rupturas e injusticias existían también antiguamente, pero éramos menos conscientes de ellas, pensábamos a veces que respondían a la voluntad de Dios, que ha hecho a unos ricos y a otros pobres, a unos superiores y a otros inferiores, sobre el mundo.

Pues bien, hoy sabemos, gracias al mismo Evangelio de Jesús, que esa visión de la desigualdad e injusticia entre los hombres era contraria al evangelio. Por eso, estamos convencidos de que la verdadera evangelización se encuentra vinculada a la presencia liberadora de la Iglesia o de grupos de cristianos, como la familia mercedaria. Así lo ha visto Juan Pablo II cuando evoca la miseria de los suburbios de las grandes ciudades, de los grupos cada vez más grandes de emigra¬dos y exiliados, de pobres y excluidos que llenan nuestro mundo. "El anuncio de Cristo y del Reino de Dios debe llegar a ser instrumento de rescate humano para estas poblaciones" (Redemptoris Missio 37,b). En otro tiempo se pudo pensar que el Evangelio pertenece al nivel del alma, no influía en las condiciones sociales de los hombres. En contra de eso reaccionaron los primeros mercedarios, empeñados en ofrecer libertad a los cautivos. Avanzando en aquella línea, los nuevos mercedarios y mercedarias saben que no pueden anunciar y encarnar el evangelio de Jesús en este mundo si no ofrecen el testimonio de su presencia y acción a favor de los excluidos de la sociedad.

– Hay unas fronteras culturales que resultan cada vez más injustas, pues separan y excluyen a muchísimas personas. En otro tiempo, el evangelio pudo expandirse en los moldes de una cultura dominante del entorno (latina, occidental). Ha llegado el momento en que los fieles de Jesús encarnen el evangelio en cada una de las culturas y las lenguas de la tierra, dejando que los mismos nativos (los nuevos cristianos) la expresen y expliciten en su propia línea. En ese aspecto, desde Pablo VI se ha podido hablar de una evangelización de la cultura o, mejor dicho, de las diversas culturas de la tierra (Evangelii Nuntiandi 20).

Pues bien, avanzando en esa línea, podemos y debemos hablar de la necesidad de crear una cultura universal de la libertad, a la que todos se sientan invitados; una cultura en la que se respeten y promuevan las diferencias culturales de pueblos y naciones, pero ofreciendo a todas unas mismas posibilidades de desarrollo personal y social. Ha sido muchas veces el dinero o raza, la religión o estado el causante de la opresión. En estos momentos resulta quizá más importante la opresión de la cultura, que se pone al servicio de unos grupos dominantes, que expulsa del espacio de la libertad y comunión social a una mayoría de grupos y naciones sobre el mundo.

En estas tres fronteras (geográficas, sociales, culturales) la Merced ha de ofrecer una palabra y testimonio de libertad, al servicio de todos los hombres y mujeres, en cuanto hijos de Dios y llamados a su reino. En esta línea avanza el Magisterio de Juan Pablo II cuando dice que la acción de los laicos (y de todos los cristianos) debe dirigirse a "redescubrir y hacer redescu¬brir la dignidad inviolable de cada persona humana... Por eso, toda violación de la dignidad personal del ser humano grita venganza delante de Dios y se configura como ofensa al Creador del hombre" (Christifideles Laici 37). Las palabras del Papa son duras, algunos pueden sentirlas demasiado duras (por el uso de la palabra venganza).

Pero ellas nos permiten captar la importancia del problema: el pecado de un sistema que oprime y expulsa a los pobres. La situación de injusticia de nuestra sociedad "clama al cielo", como en otro tiempo el dolor de los hebreos oprimidos en Egipto o el sufrimiento de los enfermos y pobres de Palestina en el entorno de Jesús. Pues bien, la Merced quiere ser una palabra y gesto de Dios para esos oprimidos, un regalo de Cristo para los excluidos del sistema, no en línea de venganza, sino de solidaridad universal, empezando de los excluidos del sistema.


5. La Merced, regalo comprometido. Educación liberadora

La obra mercedaria es una tarea al servicio de la libertad de los hombres. Los devotos y amigos de la Merced tienen un mensaje y carisma actual dentro de la Iglesia, asu¬miendo y expresando ya desde el siglo XIII un carisma de evangelización liberadora que pertenece, por otra parte, al conjunto de la Iglesia. Como hemos visto, el pecado mayor de este mundo es para unos el dinero: por eso la respuesta de la Iglesia está en la línea de testimonio de pobreza (Francisco de Asís). Para otros el problema es la falta de verdad: lógicamente, la Iglesia debe responder con la predicación de la palabra (Domingo de Guzmán).

Otros suponen que sufrimos por un insufi¬ciente apostolado: así piensan que es preciso fundar y promover grupos que extiendan y defiendan la verdad y ministerios de la Iglesia (en la línea de Ignacio de Loyola). Los mercedarios aceptan el valor de esas postura, pero piensan que existe todavía otro problema más profundo: la falta de libertad entre los hombres. Por eso, bajo la inspiración de María de la Merced, siguiendo el mensaje y tarea de Cristo Redentor, asumen y promueven, según las circunstancias de tiempos y lugares, formas nuevas de liberación, actualizando lo que han hecho, después de Pedro Nolasco, los fundadores y fundadoras de las nuevas congregaciones mercedarias.

Los mercedarios forman un grupo muy antiguo de religiosos, religiosas y laicos que asumen el carisma redentor de María. En estos últimos decenios (a finales del siglo XX y a comienzos del XXI), han descubierto con gozo que muchos cristianos están asumiendo de forma creciente un camino de evangelización liberadora: la iglesia sabe que el anuncio de Jesús no puede separarse del gesto de la caridad concreta de los fieles que se ayudan mutuamente y quieren crear formas de ayuda mutua, de liberación de los excluidos del sistema. Dentro de esa búsqueda eclesial ha de enten¬derse el carisma mercedario. Más que fijar con precisión sus fronteras, para distinguirlo de otros carismas de vida religiosa o cristiana, los mercedarios/as deben buscar la manera de ser fieles a la inspiración de Cristo Redentor y de María de la Merced, en las nuevas condiciones sociales y eclesiales.

Como hemos indicado ya, la liberación mercedaria es, al mismo tiempo, una acción personal (propia la inspiración de algunos individuos) y un compromiso conjunto, realizado por los hermanos y hemanas como grupo, al servicio de la libertad plena de los hombres. Ellos saben que su obra de expandirse a todos los humanos, especialmente a los más pobres y excluidos, a los encarcelados y cautivos, pues Dios ha ofrecido su vida y plenitud en Cristo para todos los humanos. Más aún, ellos han descubierto por Maria que los pobres y cauti¬vos son señal privilegiada de la gracia de Dios sobre la tierra, como hermanos más pequeños de Jesús y centro de la Iglesia (cf. 1 Cor 1,26-31; Mt 18,1-9); por eso, la misma gracia de Jesús exige que aquellos que se saben liberados pongan su vida al servicio gratuito de la vida de los otros.

– La gracia es fuente de gratuidad. Los mercedarios y mercedarias se sienten portadores y testigos del amor que Dios mismo les ha ofrecido en Cristo. Por eso responden amando de modo gratuito a los pobres y excluidos del sistema. No les aman para salvarles, pues están ya salvados en Cristo (como supone Mt 25, 31-46), sino para compartir con ellos el amor en libertad y para esperar con ellos la llegada del reino.

– La acción liberadora se muestra así como anuncio de evangelio, pero no en un sentido confesional estrecho (de aumento de cristianos o triunfo externo de la iglesia), sino humano y universal. Jesús no ha venido a salvar a la iglesia, sino a todos los hombres (como sabe y predica la iglesia). La acción liberadora de los mercedarios esta, por tanto, al servicio del bien de la humanidad, en la línea de la encarnación del Hijo de Dios.

En ese sentido se puede hablar de cultura de liberación. Ciertamente, en el mundo sigue habiendo lucha en el nivel de económico: hay conflicto por la posesión, distribución y control de las riquezas de la tierra. Hay también conflicto un político social, centrado en la búsqueda del poder y en la manera de ejercerlo sobre el mundo, en claves militares. Pero la batalla decisiva ha comenzado a darse ya en el nivel de la cultura. Estamos ante un reto de dimensiones incalculables. A través de una nueva genética mental (o de educación manipulada) los dueños del sistema podrían imponer su forma de ser y pensar sobre el resto de la población de la tierra, mante¬niéndola de algún modo en una especie de sometimiento cultu¬ral, mucho más peligroso que los anteriores. Pues bien, en contra de eso es necesario que asumamos y desarrollemos un proyecto de educación liberadora que ponga las nuevas técnicas informativas y de la comunicación al servicio de la plenitud del hombre. Cuatro son sus momentos principales:

a. Educar a los marginados, es decir, a aquellos que han quedado fuera de los circuitos culturales, sin identidad y sin palabra. Se trata de ofrecerles la capacidad de que pueden hacerse responsables de su propia libertad, dentro de este mundo duro en que vivimos, de manera que ellos mismos escojan y sean luego lo que quieran.

b. Educar de un modo humano, destacando los valores personales. Son importantes los saberes técnicos, pero mucho más importantes son los comportamientos personales. Lo que vale de verdad es aprender a ser personas, en respeto y gozo compartido, en libertad individual y en apertura universal

c. Educar en sentido explícitamente cristiano, para el desarrollo de los valores evangélicos. Como vengo diciendo, más que el triunfo de una iglesia o grupo importa el despliegue evangélico de los hombres y mujeres, siguiendo el modelo de Jesús.

d. Puede haber una "educación de redentores", es decir, de personas que se comprometan a poner su vida al servicio de la libertad del evangelio. En este sentido podemos hablar de una "siembra vocacional", que no se entiende como propagando o búsqueda de número, sino como expansión evangélica. Lo que importa no somos nosotros, ni siquiera la iglesia. Importa la libertad y gozo de los hombres y mujeres de la tierra, importa la redención de los cautivos. Al servicio de esa acción están los mercedarios y mercedarias.

Educar significa suscitar un hombre nuevo, una comunión de libertad y amor donde los hombres puedan convivir en gratuidad y entrega mutua, superando las viejas divisiones de opresores y oprimidos, musulmanes y cristianos, ricos y pobres... Puede haber y habrá diferencias sociales y culturales, religiosas y personales, pero ellas han de ponerse al servicio de la comunión de todos y no de la opresión de una mayoría. Frente a un sistema que tiende a expulsar a los débiles o distintos, debemos buscar la comunión y concordia en la justicia, entre todos los humanos, a través de una educación liberadora.

6. Conclusión. La Merced, un camino orante: aprender a ser liberadores

Esta educación liberadora ha de brotar de una intensa espiritualidad, que capacite a los hermanos para adorar y seguir a Cristo, viéndole como aquel que "continúa padeciendo en los cristianos oprimidos y cautivos, expuestos a perder su fe" (cf. Mt 25, 31-46). Ciertamente, Jesús se manifiesta en la Escritura y ofrece el misterio de su vida en la liturgia (Eucaristía). Pero los mercedarios han de verte también los cautivos. Este es el centro de su contempla¬ción redentora: ellos no ven a Jesús aislado, como alguien que murió hace tiempo por los hombres, sino que le miran y ven padeciendo en aquellos que sufren: hambriento en los hambrientos, cautivo en los cauti¬vos, torturado en aquellos que se encuentran torturados.

Esa contemplación redentora nos lleva a descubrir a Cristo en la opresión y muerte de los hombres de la tierra: venerarle en los cautivos, amándole al amar a los que están necesitados. Normalmente, los hombres pasan por la vida ciegos, sin descubrir la hondura y la tragedia de la opresión que hay en su entorno. Los mercedarios, en cambio, han de contemplar la gloria de Dios en aquello que pudiera parecernos más contrario a lo divino: en la miseria de los hombres oprimidos de la tierra. Sin una intensa oración liberadora el compromiso de la entrega mercedaria pierde su valor y fundamento: una acción de tipo redentor que no se arraigue en el misterio de ese Cristo que padece en los cautivos corre el riesgo de perderse pronto en egoísmos personales o de grupo, en el cansancio impotente o en el puro juego de política. Por eso, si quieren ser liberadores, los mercedarios han de cuidar su contemplación, como experiencia de encuentro con el Cristo que sigue padeciendo en los cautivos. Teniendo en cuenta lo dicho, a manera de conclusión, podemos formular algunos elementos básicos de esa educación mercedaria, es decir, de ese proceso en el que unos hombres y mujeres van aprendiendo a vivir desde una perspectiva redentora, al servicio de la obra de María de la Merced.

– El mercedario/a se educa para ver, tanto en plano de conocimiento científico (ayudado por la sociología y el derecho, por la economía y la política) como en el plano de la participación personal (en un nivel de encarna¬ción concreta): como especialista de la libertad, tiene que sabe mirar hacia los hombres actuales con sus problemas, descubriendo así las diversas exclusiones y cautividades de nuestro mundo. Esto significa que los mercedarios han de "salir a la calle", es decir, encarnarse en el mundo, descubriendo por dentro los problemas reales que existen, como hizo Jesús, en su contacto con los excluidos de su tiempo.

– El mercedario/a se educa para juzgar, no en el sentido de ponerse por encima de los otros y decidir lo que han de ser y hacer, sino en el sentido de entender por dentro los problemas y miserias de la historia. En ese aspecto, "juzgar" significa "no juzgar" (cf. Mt 7, 1), sino comprender y perdonar todo lo que existe, por gracia, en gesto de compromiso concreto, a favor de los excluidos. Sólo sufriendo en la propia carne los problemas de los otros se aprende a comprenderlos. Los llamados "redentores" de nuestro mundo están quizá demasiado acostumbrados a opinar sobre todo, en un plano teórico. Pues bien, en contra de eso, sólo allí donde se encarnen en el mundo de los pobres y excluidos, tras un larguísimo silencio de respeto, los mercedarios podrán conocer por experiencia, en carne propia, los dolores de un mundo al que quieren ayudar.

– El mercedario/a se educa para actuar: no es un simple teórico que traza los planes desde arriba, ni un eterno aprendiz que no hace más que prepararse, sino un hombre o una mujer que es capaz de entrar en el ruedo de la vida, con valentía pero sin temeridad, con gozo pero sin frivolidad, al servicio de los excluidos del sistema. Sobra, quizá, documentos y doctrinas; hay una inflación de ideas y rutinas. Para los mercedarios y mercedarias es ya tiempo de asumir compromisos concretos, humildes pero ilusionados, al servicio de los excluidos.

Así, a manera de conclusión, podemos afirmar que ha llegado el tiempo de la re-fundación mercedaria, de manera que hermanos y hermanas, religiosos y laicos, puedan traducir y expresar el carisma de la Virgen de la Merced, asumiendo con responsabilidad gozosa, la tarea que inició Pedro Nolasco hace ochocientos años (el 1202). Sólo ellos pueden decir con su vida que la Merced es un regalo de Dios para los cautivos y excluidos del sistema. Sólo ellos pueden ratificar con su vida la actualidad de experiencia y tarea mercedaria, en las nuevas formas sacrales y sociales de este tiempo, sea a través de los cauces institucionales de la vida religiosa, sea a través de otros cauces humanos que expresen el sentido y valor liberador del Evangelio de Cristo Redentor.