Martes, 25 de junio de 2019

Con la gente

Hay veces que las irrupciones inesperadas en nuestro diario no son las del bandido ante el azar. Hay veces en que lo cotidiano se interrumpe por algo bueno. La casa se deja de limpiar esa mañana porque la niña nace, en el desayuno se conoce a alguien que nos cambiará la vida, el jardinero no tiene que regar porque ha llovido. El asalto no debió ser nunca tan sólo a las instituciones, el asalto tenía que ser a la normalidad, a toda, a esa fantasía necesaria que necesita ser truncada para que algo cambie y no de tan sólo la apariencia del cambio.

Daniel Bernabé

 

Hace ya un tiempo que nos está cambiado la mirada, pero no pretendo cansarles con los motivos de esta mudanza, aunque no vendría mal hablar con ustedes de las posibles secuelas.

Han sido múltiples y variadas, y estaría bien poder enhebrarlas según voy caminando, a su lado, a través de estas líneas.

Una de ellas (acabo de nombrarla) podría ser la recuperación de una suerte de mirada sobre las cosas que tenemos, no sé si perdida, o un tanto postergada. Ese cambio de percepción ha venido de la mano de eso que hemos dado en llamar paso del tiempo, concepto un tanto inasible, pero que necesitamos creer tenerlo de nuestro lado a toda costa.

Los dos, tiempo y mirada, se han puesto en marcha gracias a un engranaje donde se encaja un tercer dispositivo: el movimiento. Quiero pensar que estamos recuperado el paso: caminamos, y quizá todavía sin saberlo, avanzamos, convertidos por el momento en una suerte de nuevos flâneurs, asumiendo alguno de sus rasgos.

Nada descubro si les digo que quien mueve las piernas está moviendo esa víscera que nos permite seguir viviendo, pero conviene recordar también que desplazarse activa el cerebro, que se irriga de tal modo que no para de provocarnos toda suerte de cavilaciones.

Ahora caminamos, cierto es, pero de momento vamos al paso, sólo nos permitimos mirar lo que vemos, lo que se nos presenta y ofrece, pero convendría también salir a encontrar lo que buscamos. Levantar la vista y expandirla para tener una visión de conjunto, sin olvidar que no conviene dejar de mirar a nuestro lado, diseccionando además lo concreto.

Al paso, decía, escuchando lo que se dice (un nuevo elemento de ajuste) y también mirando hacia dentro. Lo estamos diciendo: flâneurs de nuevo cuño: caminamos viendo, y rumiando lo que descubren nuestros ojos.

Y lo que veo y escucho, tiene esa composición tan humana entre lo mostrenco y lo amable, que por un lado encoleriza y por otro te reconcilia: viendo, sí, cómo la gente llora en los rincones más oscuros del alma y sin embargo sabe reír y andar derecho.

Yo siempre me he tenido por un pesimista esperanzado, pero lo que ahora compruebo en esta singularidad tan humana conocida como la dialéctica, que se asemeja al fiel de una balanza, siempre en movimiento, tan cambiante. Lo que ahora verifico, decía, es que ya no da juego ni siquiera para el incierto equilibrio de un funámbulo, parece rota su siempre buscada centralidad, mostrando con ello la falsa equidistancia de las cosas.

Quizá se deba a que uno de los platillos del aparato ya no bascula, no puede ni fantasear con un cierto contrapeso, está como abatido, inerte. Ni tan siquiera sueña con el corto vuelo de una gallina, porque el contenido de la otra bandeja hace tiempo que no está, hasta el punto de hacernos pensar si en verdad alguna vez existió.

Aquella viñeta de El Roto en la que una anciana, cubierta con harapos, abre la puerta de un enorme y flamante limusina a un señor elegantemente ataviado, que le espeta casi sin mirarla   –pague al chófer, mientras ella le responde con la mirada baja  –gracias, señorito, explica desde un ángulo terriblemente más cercano lo que trato de decir.

Recuerdo entonces las palabras de aquel político y filólogo sardo, al que le cerraron el paso sin conseguir que dejara de mirar, ni siquiera hacia dentro, en su largo tiempo de encierro. Vino a decir que el pesimismo es un asunto de la inteligencia, que observa lo que ve en derredor y no le gusta, y el optimismo de la voluntad, la de querer cambiar las cosas, una acción reactiva, la óptima.

Quién puede dudar que hoy más que nunca hay que sumar miradas, pasos, palabras para avanzar, para descubrir que el sentir de los comunes nada tiene que ver con lo que algunos llaman el sentido común. Ya lo escribió Juan Gelman, viendo a la gente andar:

qué hermoso andar contigo

a descubrir la fuente de lo nuevo,

a arrancar la felicidad,

a traer el futuro sobre el lomo, hablar

familiarmente con el tiempo y saber

que acabaremos y de una buena vez por ser dichosos

 

Rafael Muñoz