Martes, 27 de octubre de 2020

La vida misma

     Sin mi trabajo de periodista, ni en la vida profesional ni en la privada habría podido experimentar situaciones y anécdotas tan variadas como las que he vivido. Sin semejante bagaje a mis espaldas tampoco podría haber escrito mis novelas. O no serían lo mismo. Por encima de cualquier otro factor –así lo entiendo yo–, para que una novela resulte interesante debe poseer incertidumbre e intriga. Y ganará en interés cuantos más elementos contenga de lujo y miseria, amor y odio, poder y fracaso, valor y miedo.

       Pues bien, he hablado personalmente con jefes de Estado, reyes coronados, presidentes de República... y también con supervivientes de campos de concentración nazis y soviéticos. He visitado mansiones particulares dotadas de lujos asiáticos, y chabolas infectas y malolientes. He compartido cafés con un premio Nobel y con un fugado de las prisiones infernales de la Guayana francesa. Me he alojado gustosamente en hoteles de cinco estrellas gran lujo y, muy a mi pesar, en dos calabozos cuartelarios. He degustado jamón ibérico pata negra, y legumbres cocidas en recipientes que conservaban pegados al fondo cordones de las botas de algún cocinero forzoso. He pasado ocho días en un país comunista del África Subsahariana y, en un viaje relámpago, apenas ocho horas en la costa atlántica de Canadá. He navegado en crucero por el Mediterráneo, y sobevolado Salamanca en avioneta pilotada por la mujer piloto más joven formada en la Escuela de Matacán. He conducido un Ferrari, y montado un mulo medio tiñoso sin arreos. He extraviado mi documentación en Londres, y me han robado media docena de máscaras indígenas originales en Conakry. He sido alumno de artes marciales (sólo hasta cinturón naranja de taekwondo) e impartido docencia sobre Comunicación en la Universidad. He cubierto informaciones sobre ETA y conocido las interioridades de un concurso de mises. He ganado premios literarios y han editado en Cuba un libro mío sin permiso ni retribución. He dirigido equipos de comunicadores profesionales de primer nivel, y sufrido burda persecución laboral.

    Con eso y todo, soy consciente de que innumerables seres humanos atraviesan en un solo día experiencias más intensas, placenteras o traumáticas, que las que yo haya podido acumular. Ellos son los protagonistas silenciosos de una Historia que otros afortunados escribimos... y algunos hijos de puta manipulan.