El dinero

Al elegir el dinero como tema de mi columna, lo primero que me viene a la memoria es su carácter contaminante; su capacidad para torcer lo que está recto, y su enorme capacidad para cambiar voluntades. De manera que, un elemento tan valioso, creado para regular la vida social, estableciendo los valores, tanto de mercancías y servicios, como de bienes patrimoniales, se ha convertido en algo pernicioso que contamina los ámbitos donde no se administra con acierto.

Sin embargo, el dinero, en sí mismo no es malo. Al contrario, en su posesión,  podemos movernos con mayor libertad. Pero son tantas las sensaciones que despierta; los sentimientos y posibilidades que otorga que, la ambición se desborda y la mesura desaparece, cuando oteamos en el horizonte la posibilidad de enriquecernos. Así, el dinero, se convierte una trampa en la que caemos, deslumbrados por su enorme poder.

Hablar de dinero, sin contemplar la fuerza que tiene, es ignorar la realidad. Las empresas se mueven por dinero, las personas trabajamos por dinero, las guerras se mantienen con dinero. Algo tan necesario, lo hemos convertido en el detonante de todos los conflictos.

Son muchos los que confunden el dinero con la felicidad. Es un grave error, que pone de manifiesto la salud de nuestra sociedad. Basta echar una mirada sobre al entorno más próximo, para apreciar las graves consecuencias que se derivan de su mala administración.

No hay barreras para quien tiene dinero; eso es lo que pensamos en muchas ocasiones. Quizá por esta razón, contamina la política, distorsiona la economía, destruye las familias. Pero, lo que más me preocupa, es el carácter positivo que le atribuimos, sin analizar los componentes negativos que lleva implícitos. 

El concepto que tenemos sobre el dinero influye en nuestras decisiones y determina nuestra forma de vivir. Hay personas que con dinero consiguen mayor libertad; y otras, con el mismo bien, terminan entre rejas.

Quizá se llama egoísmo la distorsión de la personalidad que nos impide utilizar de forma razonable los bienes que tenemos. O, puede que se llame usura, la acumulación de recursos que no disfrutamos. En este caso, es como si no los tuviéramos.

No es malo tener dinero. Se convierte en un problema, cuando  cambia la perspectiva de las cosas, y nos impide disfrutar de lo más sencillo, que es donde residen los valores libres de toda sospecha.