Un ejercicio (presunto) de realismo

Cien años atrás, algunos economistas políticos pronosticaban lo siguiente:  ese componente irracional, esa semilla de destrucción alojada en el formidable modo de producción, que conocemos con el nombre de “capitalismo”, terminará por destruirlo y por destruirnos. La semilla de destrucción reside en la compulsiva necesidad de concentrar la riqueza en las manos de unos pocos. La selección natural, la ley del más fuerte se esconden detrás de tal pulsación suicida. La política ha sido desplazada por la economía. Nos encontramos en una situación en la que el mercado no tiene medio alguno para protegerse de sus propios excesos. El ideal keynesiano según el cual el mercado se autorregula y el Estado juega el papel de “estado providencia” ha dejado de tener sentido. Lo tuvo en el contexto de la “guerra fría”. El “Walfare State”, el “Estado de bienestar”, que tantos y tantos beneficios sociales procuró a lo que hoy se conoce como Unión Europea, dejó de tener utilidad con la caída del muro de Berlín. La guerra contra “el comunismo”, en estas latitudes, se había ganado de manera concluyente. Los escaparates ya sobraban y con ellos las sociales democracias. Había llegado la hora de Margaret Thatcher y de Ronald Reagan y de su famoso grito de guerra: “There is no alternative”. Desde entonces, pareciera que no cabe otra alternativa que el más salvaje neoliberalismo económico. Cuarenta años han sido suficientes para que las clases medias perdieran su acomodo, se acabe con el estado del bienestar, afloren los nacionalismos y la riqueza se concentre en el escaso uno por ciento de la población mundial. ¿Hay más horrores? Sí, hay más. Las guerras neo-coloniales impulsadas, a la postre, desde algunas multinacionales. Irak, Libia, Yemen, Sudán, Siria, Ucrania, constituyen algunos ejemplos. La irrupción del terrorismo internacional, financiado primero, y combatido después, por los mismos actores. La corrupción imparable, indignante, en tu país y en el de al lado. Los paraísos fiscales siempre permitidos. En fin, el debilitamiento del Estado de Derecho y de los valores democráticos más elementales, tales como el de la honradez en la gestión pública y la solidaridad con la población más desfavorecida. A todo ello se une la aparición de una contradicción en extremo inquietante: la existente entre la voluntad del poder del sistema y la imposibilidad de gobernar, con eficiencia, procesos reales. Valgan como ejemplos, el medio ambiente, el problema de los desplazados, las propias finanzas e incluso la solución de conflictos armados y sus secuelas. ¿Exageración? ¿Catastrofismo? Respuesta: depende de la fuente informativa que utilicen. Si son las “oficiales”, casi todas lo son, lo que aquí se dice es pura exageración. ¿Qué más? En mi opinión, quizás lo peor sea la ceguera, no exenta de egoísmo (a eso lo llaman “sentido común”), de las gentes corrientes y molientes ante tal estado de cosas. El miedo y el desconocimiento les hacen quedarse en casa, votar a los mismos que les esquilman, bajar los brazos, desconfiar de lo nuevo… ¿Habrá terceras elecciones? Pregunta harto irrisoria e intrascendente. Las adecuadas serían: ¿Qué partido político va a prohibir el blanqueo de dinero en paraísos fiscales? ¿Qué partido político va a cuestionar las inmorales prácticas bancarias? ¿Qué partido político va a denegar la subvención con dinero público de los déficits bancarios? Para mí que ninguno de los dos y medio grandes partidos estarán dispuestos a ello. Si lo intentasen: a) sus deudas partidarias no serán condonadas o los plazos de amortización aplazados; b) se quedarán sin benefactores; c) en el peor de los casos los pondrán, a la griega, de rodillas. O sea, el que haya o no terceras elecciones pende de los que mandan y no de los que votan.