Voy que no veo

La fiesta en sí misma, estos días, es un pueblo. El frontón, tristón y desahuciado todo el año,  se viste con la ikurriña de los mejores pelotaris vascos. Algunos pueblos charros tienen a gala contar tradicionalmente en sus fiestas de agosto a los mejores campeones de pelota a mano. Y se paga lo que haga falta, oiga. Y componen un espectáculo temeroso. Vamos que sales del frontón y acabas con el esparadrapo de la farmacia.

 Y beber. Es cierto, se abreva mucho estos días. Alcohol de todo tipo y color.  La hostelería no da a vasto y sonríe a mandíbula batiente. Y yo que me alegro. Ves por  calle escenas surealistas y simpáticas. Como el tipo que sale del bar como conduciendo dudosos equilibrios. Baja la acera como atentando algo (o pisando huevos). Se le acerca un amigo, le va a saludar y le suelta: “¡calla, que voy que no veo!”.

 Estos días he visitado varios pueblos en fiestas y uno ve por derroteros variados los excesos vinícolas de la juventud y no sabe qué pensar. Que sólo se es joven una vez, que si esta juventud es el futuro. Son unos días en los que quizá habrá que olvidarse de sacar conclusiones, de estadísticas, de pensar en otra cosa que no sea en divertirse en las fiestas del pueblo. Y la del otro, que “voy que no veo”.