Jueves, 29 de octubre de 2020

Emoción rojigualda

Finiquitado el derroche calórico indirecto que suponen para uno unos juegos olímpicos. No quiero ocultar el embargo de emociones que me asaltan y me poseen, cuando un deportista rojigualda saca pecho entre descomunal pléyade de competidores y paises.

 

Pocas cosas como el deporte para ponerme los pelos de punta, la piel de gallina y el nudo en la garganta. Pero es en este tipo de competiciones de máximo nivel, cuando el éxito en forma de podium amplifica el sentimiento patrio que uno lleva dentro y no digamos cuando suena la Marcha Real...

Se decía, tras los éxitos de la selección de fútbol (nada de la roja), que pocas cosas como el deporte y sus glorias para vertebrar a una zarandeada España. Pero creo que es demasiado pretencioso que le echemos encima al deporte la losa del pegamento patrio. Uno cree que los éxitos si que visibilizan y dan respaldo a un sentimiento, a veces dormido, a veces escondido y otras silenciado. Eso si, para los que sentimos y amamos a nuestro país y sufrimos con las faltas de respeto a sus simbolos, con el desprecio a su idioma o el ataque hiriente a nuestra historia, es un gustazo que el valor del trabajo traducido en deporte nos ofrezca estos momentos inolvidables.

Es una forma de desquite. Un ajuste atlético, una compensación deportiva, el resarcimiento del esfuerzo.

Pero esto no va de reproches, bueno igual se me escapa alguno. Va de orgullo, respeto y emoción. Ese que me desataba un cubano que voló sobre las vallas, y que en su alegría de plata no se sentía pleno por no haber podido escuchar nuestro himno, su himno, retumbando en el estadio olímpico. Y que algo habrá hecho muy bien cuando algún español indeseable, bont vivant al amparo de una dictadura, se atrevía a insultarlo. O ese otro medallista de paladas supersónicas, hechuras vikingas y nombre sajón, pero más español que ninguno. Y que decir de esas chicas que entre canasta y canasta han conseguido que vibráramos con ellas. Unas chicas a las que hemos visto crecer en esta tierra charra y que ahora son patrimonio de todo un país. O que me dicen de esa santanderina, a la que alguno despectivamente llamaba saltadora y que ha demostrado que lo es y con mayúsculas. Que desde la tierruca se ha convertido, con esfuerzo, dedicación y saltando como nadie, en la primera mujer de oro del atletismo español. Además católica y muy española, ahí es nada.... Y esa chica onubense y rociera, que reina en un deporte que arrasa en Asia, casi desconocido en España y que tuvo a millones de compatriotas expectantes de sus hazañas... Como para no emocionarse.

Pero si ha habido un gesto de consideración de esos que también conmueven, y del que deberían de aprender algunos. Fue el de la estrella más rutilante de Río, el ya legendario Bolt. Que mientras era entrevistado en TVE en pleno estadio, sonaba el himno americano. Ni corto ni perezoso ni lento, paró la entrevista y adoptó en silencio un gesto de respeto que le honra y le hace aún más grande y más deportista. Vamos, que si el jamaicano aparece en una Copa del Rey dura en el estadio menos de lo que tarda en recorrer los cien metros.

Me dejo en el tintero muchos otros momentos, muchos otros hombres y mujeres, con medalla y sin medalla, que también me han turbado el sentimiento. Que detrás de una bandera y un himno han derrochado toneladas de ilusión, esfuerzo y compromiso en la cita deportiva por excelencia. Esa en la que todo el mundo quiere estar, y donde medallas, banderas e himnos son la expresión máxima del éxito y la gloria.