Miércoles, 12 de agosto de 2020

Versos, jardines y estrellas de José Antonio Valle Alonso

Alencart anota y selecciona algunos textos del último libro publicado por el poeta zamorano afincado en Valladolid

osé Antonio Valle Alonso en el Liceo (foto de José Amador Martín)

Buena parte de los libros publicados por Valle Alonso, al menos todos aquellos salidos bajo el sello de Editorial Azul, tienen la portada ilustrada por unas galaxias o constelaciones, o conjunto de estrellas… El Universo visto desde abajo, sentido en toda la inmensidad del ser. La clave, entiendo, la podemos encontrar en su propia confesión:

 

Aquella enredadera de los astros,

llegando cada noche a la ventana

con un floral de sueños, la alegría

de sentirte verdad en el camino.

 

Estos versos se encuentran en el poema final, colocado a modo de epílogo, de su último poemario publicado: ‘Y esta rosa de luz o La eternidad de la azucena’ (Editorial Azul, Valladolid, 2016). No es un libro escrito con una temática única, como sí sucede con el otro libro que también acaba de salir de imprenta con la misma editorial: ‘Adagio en París’, un preciso y precioso homenaje a la ciudad que lo acogió cuando, de muy joven, allí se afincó para realizar estudios musicales. Pero también en la página 59 de ‘Y esta rosa de luz…’, encontramos otro brote de amor hacia la capital francesa:

 

 

PARÍS, AYER…

 

París y primavera,

vuelvo a tus pasos

en el jardín de los cerezos.

 

He alargado la memoria

hasta la puerta de ayer...

encendidos los astros,

donde la noche ardía

el fuego de mis labios.

 

Domingo de Pascua,

-hoy Viernes Santo-

y la alegría

se posa en las ventanas de mis ojos

para verte llegar a flor de sueño.

 

Amanecía

y el viento se llenó de pájaros, y volaron a mí,

y poblaron las ramas de mi árbol,

y sentí que llovía

luz de besos en mis manos,

y te cogí sobre mi pecho

de amor,

mi regazo.

 

 

Ahora bien, ‘Y esta rosa de luz o La eternidad de la azucena’ es un compendio de textos escritos y publicados en distintas épocas, pero siempre unidos por el magma de la admiración y la amistad, por un lado, y también por la entrega al amor y a la naturaleza, el eros y lo telúrico en su más cuidada devoción hecha palabra en verso. Hay poemas en homenaje a León Felipe, Teresa de Jesús, Juan Ruiz Peña, Andrés Quintanilla Buey, Fray Luis de León o Claudio Rodríguez, por citar algunos; y hay textos que llevan como epígrafes los versos de Araceli Sagüillo, Garcilaso de la Vega, Virgilio o Luis García Pérez, entre otros.

 

Y claro, hay el paisaje y el cuerpo del deseo. Pero también la dimensión hacia lo divino, como en este antológico poema, donde Cristo está más que presente:

 

ENSOÑADO DE PÁJAROS

 

 Porque tú, del dolor, tú sabes más que nadie.
Han llegado las flores y con ellas el llanto…
Y están tocando a mares golondrinas del sueño.
Y me crece en la huella un charco de geranios.

 

Esta vez es mi casa el jardín prometido…
para cortar la rosa con pétalos de sangre.
Ayer miraba al cielo y derrapó la suerte,
tendida en un espino hoy tengo la sonrisa
y la melancolía en mis ojos heridos.

 

Mi soledad te sabe cuidador de mis sueños.
Y hay fiebre amontonada en mis labios de nieve.
Y un río de locura crecido hasta la boca.
Y hay un grito dormido sujetando tu nombre,
porque voy a soñarme para verte en el beso.

 

Esta noche he traído el azul más gastado,
el azul de la infancia para tenerte todo…
Porque esta noche sueño abierta la ventana,
a lo mejor me duerma con ganas de llorarte…


A lo mejor te quedes hasta que vuelva el día,
hasta que ahuyente el miedo por si me duermo a solas,
por si digo tu nombre ya fuera del camino
y me tropiece el pulso quebrado por la izquierda,
y desvelado acaso el sueño quede en blanco…

 

Te busco en el recreo de una mañana en junio
donde olvidé la clase, ensoñado de pájaros.
Y embriagado de vida te llevaba conmigo,
y al eco de tu nombre callaron las campanas…
El curso del arroyo hacia ti va creciendo…
Por el lado del alma está bebiendo el día.

 

Respecto a la obra poética y la trayectoria literaria de José Antonio Valle Alonso (Villamor de los Escuderos, Zamora, 1950). Decir que, además de los dos libros recientes, ha publicado los siguientes poemarios: Luz y tinieblas (1976); Marchito rosal (1979); La soledad (1987); Hacia la luz desnuda (1994); Primavera íntima (1997); Bajo el puente de Cronos (1999); La espiral del sueño (2006), El color de la fiebre (2011); Temblor de sombras (2011), Volcán de los deseos (2011), Templo del tiempo (2012), El color de la fiebre (2012), “Y tanta luz para buscar la noche’ (2014), ‘La otra orilla’ (2014),  entre otros. Ha obtenido numerosos premios y reconocimientos, entre ellos, el Premio Nacional de Poesía Jorge Manrique, el Premio Nacional de Poesía del Ateneo de Valladolid o el XXVIII Premio Internacional de Poesía “Justas Poéticas Castellanas”. Forma parte de la coordinación de “Los Viernes del Sarmiento”, reconocidos encuentros poéticos vallisoletanos patrocinados por la Obra Cultural del BBVA.

 

En otro tiempo escribí una líneas que bien pueden ahora reproducirse, pues encajan perfectamente con lo que el lector encontrará en ‘Y esta rosa de luz o La eternidad de la azucena’:Maestro del soneto y de otras formas clasicas, el zamorano Valle Alonso es un poeta al que no se le desfondan los versos. Lo suyo en Poesía no cojea porque conjuga Amor y sueño entero, vida e inocencia cobijadas largamente en los salones del silencio. Y si sus comienzos ya fueron maduros, en lo de ajustar el oído a la emoción, los últimos años muestran una obra preñada de ávida humildad propicia para el instante eterno o el destello de la dicha. Así, sin contiendas insulsas, sin manifiestos mediocres: lo grande no es aquello que vocifera o arponea; lo grande es no dejar la palabra al garete. Y José Antonio Valle Alonso, de Zamora y de Valladolid, concede realidad a ternuras indecibles, pero también a sus lágrimas de viejoven: humanísima poesía deshojando estremecimientos y demás querencias. Orbitemos unos instantes bajo la rueda afortunada de sus versos”.

 

Aquí, para los lectores, otros cuatro textos seleccionados de su último libro.

 

 

DETRÁS DEL TIEMPO

 

Hoy ha vuelto a llegar detrás del tiempo,

detrás de aquel lindón, detrás del bosque,

aquella voz del agua, aquella cita,

aquella ilusión rosa, aquel arroyo.

 

Aquella enredadera de los astros,

llegando cada noche a la ventana

con un floral de sueños, la alegría

de sentirte verdad en el camino.

 

Han volado las nubes del otoño,

y han llevado en las ráfagas del viento

algún suspiro herido, algunas flores.

 

Pero hay la nueva luz, la brasa viva

llenando con los ojos encendidos

en la hora feliz, el amor puro.

 

 

 

PARA QUE EL TEDIO NO TE ACOMPAÑE

 

Ve de camino en camino

con el fanal de la tarde,

llenando de azul los ojos,

ardida de amor la sangre.

 

Ve vaga-mundo de sueños

tejiendo las soledades

con versos a flor de sed,

la sed que muerde la carne.

 

Ve hechizado en la lira

que versa los manantiales

donde bebes lontananzas

de luz de tus patrios lares.

 

Ve cantando las endechas

del alma, que no se apaguen.

Hazles regazo en el tiempo.

Templa la voz a tu aire.

 

 

 

SOBRE LAS COSAS SENCILLAS

 

 

De mi amor, que sin cesar,
el agua, aquel ritornelo,
en llanto baja hasta el mar
y en sueños sube hasta el cielo.
León Felipe

I

 

Sobre las cosas sencillas pongamos amor, pongamos
un día de primavera florecido de mil pájaros,
nidos en las ramas hondas al resguardo de milanos,
al abrigo de las lluvias, a las tormentas de mayo.

 

Que las manos de rapiños no hurten tantos cuidados,
que un día se abran los ojos que al cielo se alcen mirando,
que extienda el vuelo la vida encendida de veranos.
Que tú salgas y yo salga a pasear por el campo,

 

y cuando caiga la noche los dos miremos los astros
y encontremos nuestros ojos, yo desde abajo muy bajo,
“como aquella nube blanca” tú desde arriba muy alto,

 

y nos veamos muy solos, de versos limpios hablando,
enredando en la memoria de aquellos días lejanos
estas horas de las hoces que van segando los bálagos,

 

que van haciendo gavillas para cosechar el grano
llenando el aire de sueños, de lirios el camposanto,
y sigues pasando hojas de tu eterno calendario.


II

 

Ahí sobre las alturas del verso azul, bien templado,
para volver a la endecha tristísima de tu “canto”.
Y a lo mejor, ¿quién lo sabe?, estás de nuevo llorando,
porque siento que me sube del mar el acantilado.

 

León Felipe, tan lejos, tan lejos y tan cercano
que me llegas por las lindes de la razón desterrado
y Tábara guarda el eco, el último de tus labios.
“Del agua que sin cesar” el corazón va calando,

 

“mi amor tiene el ritornelo” del arroyo de tus pasos
“en lluvia baja hasta el mar”, el verso se va creando,
“y en nubes sube hasta el cielo” colmados de amor los cántaros.

 

Tu sangre y mi sangre corren el mismo cauce entre páramos
donde la melancolía tiene nombres zamoranos.
“Ayer estaba mi amor” soñando la luz, soñando,

 

“como aquella nube blanca” que se soñó en lo más alto
y despertó a la deriva igual que un “canto rodado”.
Hoy de Villamor y Tábara los versos van hermanados.