La dama del piano

Viva la mirada, como fosforescente a veces. Mediana estatura; flor de silencio en la pisada, felina quizá. Llevaba, como mi padre, un colgante de aviso de la Cruz Roja. Antaño podía recordarla en mi imaginación bella, inteligente, toda ella una melodía sin horizontes, amante, en todo caso, de la Cecilia más sinfónica. Pero nunca antes la había visto. Apareció despacio y suave en lo alto de una escalinata de otra época. Una casa de techos altos, esculturas y cuadros que validó el tiempo y los recuerdos. Y apareció limpia de ruido y palabras. Luz de plata en el pelo. Apareció con una hermosura del siglo XVIII, con una humilde rectitud menguada y los dedos sabios y la mente varada en el mágico pentagrama asomado al piano que brillaba en su habitación. Yo, eso sí, sabía de su pasión musical. Por eso le dije: “por favor tóqueme algo al piano”. Y entonces pareció saltar de íntima alegría minimizada o tamizada quizá por una especie de timidez juvenil. Y ella, la dama del piano, se sentó ante el teclado y tocó con sabia desnudez  e impulso amoroso una cosa de Lorca. Y me dijo: “recite usted algo”. Y en mi voz columpié un soneto de Rafael de León que ella, amorosamente, abrochó en su regazo musical como un anhelo de flor que nace en abril. Tiene 93 años.  

  Abajo, en la calle, en una terraza de bar alguien pedía una coca-cola a voces. Otro mundo, evidentemente.