Domingo, 16 de diciembre de 2018

Domingo de Guzmán. Enviados a predicar el Evangelio.

Los últimos capítulos generales que hacen un llamado a promover la cultura de la solidaridad también piden una reestructuración de Ia Orden. Dicha reestructuración se inscribe en la perspectiva de la renovación a la que nos invita la celebración del Jubileo de la Orden. La misma debiera ser definida no como una racionalización de nuestras estructuras sino como el deseo de ordenar de una mejor manera nuestras formas de organización, en función de la misión de la predicación.

Fr. Bruno Cadoré, Maestro General, 2014

En plena experiencia del Jubileo, 800 años predicando el Evangelio, se estudian y analizan en el Capítulo General de Provinciales en Bolonia (julio – agosto de 2016), nuevas formas de predicación. Nuevas formas de anuncio de la palabra,  anuncio que Dios quiere estar presente en el mundo, estudiando formas de crear redes de fraternidad y amistad auténticamente trasformadoras. Después de todo este recorrido que inició Domingo hace ocho siglos, la Orden quiere estar presente en las nuevas realidades, aceptando los desafíos de actuales, desde la riqueza del Evangelio.

El Capítulo general es la suprema autoridad de la Orden, es la reunión de frailes representantes de las provincias para tratar y definir las líneas lo que pertenece al bien de toda la Orden. Es una asamblea legislativa, pero también un momento de comunión y unidad, donde una propuesta se convierte en ley para toda la Orden después de haber obtenido el voto favorable en tres capítulos sucesivos. Se busca que la ley no sea una improvisación, dar tiempo a reflexionar y evitar frecuentes cambios que den lugar a confusión. Desde sus orígenes con Domingo, la voluntad democrática está presenta en la Orden, única en la historia de religiosa, posiblemente como apuntaba Humberto de Romans, cuarto sucesor de Domingo en la Orden, se deba a que está formada por personas instruidas.

El 22 de diciembre de 1216 el Papa Honorio III  expidió la bula de confirmación, aprobando la Orden como una corporación de Canónicos Regulares. Una segunda bula, el 21 de enero de 1217, reconocía la novedad de las ideas de Domingo y confirmaba su fundación como una Orden de Predicadores. El oficio de la predicación se delega por el papado a la Orden y bajo su responsabilidad, ministerio que hay que perfeccionar mediante la práctica y el estudio. Asumía como parte de su vida religiosa y de su carisma, un ministerio que era propio del obispo, predicar la palabra de Dios. Después de 800 años, la predicación sigue siendo su deber y su propia misión.

Se utilizaba en la época la expresión de gratia praedicationis, entendido como un don de Dios para la edificación de la Iglesia. No era un oficio que aprender o perfeccionar, era un don, una gracia concedida por Dios. También será entendido por Domingo como un envío, animando a los suyos a ir sin miedo por todo el mundo, predicando la palabra de Dios. El 15 de agosto de 1217, fiesta de la Asunción, enviará a siete frailes a París, a estudiar, predicar y fundar convento; cuatro a España; tres quedaron en Touluse y dos en Prulla, para ayudar a las monjas. El propio Domingo, partió hacia Roma preparando fundaciones en Milán y Bolonia.

Domingo sólo pudo entender la predicación dentro de la Iglesia y para su servicio. Era un hombre de Iglesia y para la Iglesia. Recibirán de la Iglesia una orden expresa de ir a evangelizar, y así serán constituidos en apóstoles. Era una misión propia del clero secular, con lo que habrá importantes controversias con las órdenes mendicantes que también adquieren el carisma de la predicación. Ambos se remitían al carisma de servicio de la primera carta de Pablo a los Corintios (12, 28), “En la Iglesia, hay algunos que han sido establecidos por Dios, en primer lugar, como apóstoles; en segundo lugar, como profetas; en tercer lugar, como doctores…”. Domingo pone en relación ese carisma con la misericordia y la caridad, ve al hombre aquejado de miseria y quiere socorrerlo. Dicen sus biógrafos que “su corazón era un hospital de desdichas”, un lugar de acogida a los más pobres y necesitados. La Orden de predicadores nace de ese gesto solidario de compasión de Domingo. La vuelta a las fuentes, imitando a los apóstoles y en especial su pobreza, está animada por la compasión evangélica.

Domingo muere en Bolonia un 6 de agosto de 1221, fiesta de la Transfiguración. Después de asistir al segundo Capítulo general (1221), dedicó las seis últimas semanas de su vida predicando intensamente en la Lombardía. Fue enterrado en Bolonia, Gregorio IX le canonizó el 3 de julio de 1234, comparándole con los apóstoles y con los grandes fundadores: Benito, Bernardo y Francisco.

La antorcha de Domingo sigue alumbrando de 800 años después, los dominicos siguen profundizando en su carisma de la predicación, quieren llevar la buena nueva allí donde la familiaridad de Dios sea esperada. Quieren salir a las plazas y calles del mundo y acompañar a la gente, escuchar y caminar a su lado, aprendiendo de todos, como Domingo, con misericordia y amor. La Orden que nace de las lágrimas de Domingo, quiere seguir atravesada por la misericordia en la predicación, la búsqueda de la verdad,  la vida en fraternidad, así como la contemplación y la oración. Sus grandes retos en el futuro más próximo será trabajar también el continente virtual, el diálogo interreligioso, así como la unidad de los cristianos.

Lo recordaba Francisco en la apertura del Capítulo de Bolonia que la columna que sostiene la vida de la Iglesia es la misericordia. Toda acción pastoral deberá ser envuelta en la ternura y todo anuncio no puede ser privado de la misericordia. Espera de todos los que siguen el carisma de Domingo, apóstol de la gracia y el perdón, sean testimonios de la misericordia, profesándola y encarnándolas en sus vidas, sean signo de cercanía, ternura, solidaridad, amor y perdón.