Un viaje por el Duero Portugués

 

 

España y Portugal, tan cerca y tan lejos, nos sentimos cercanos, pero no nos conocemos. Compartimos la misma península, una historia muchas veces común, con sus fronteras, eso sí, pero más de mapas que en la realidad. La Unión Europea nos sitúa uno junto a otro.

Dijo Miguel de Unamuno cuando viajó por estos lares que los Arribes del Duero eran “uno de los paisajes más bellos e impresionantes de España”. Y no le faltaba razón. Así es este escarpado cañón tallado sobre la roca granítica de casi un centenar de kilómetros. En este escenario los cruceros fluviales por el río que los españoles llaman Duero y los portugueses Douro nos descubren uno de los espacios más agrestes y fascinantes de la Península Ibérica, un corredor fluvial entre altas paredes de granito que lo encañonan y lo convierten en un constante espectáculo visual.



Poco tiene que ver este paisaje con la inmensa llanura que define las tierras castellanas, aquí la sorpresa salta a cada paso. En esta zona alrededor de estos ‘fiordos’ que forma el Duero

  Nuestro Duero, fluido vital, que viera forjar los reinos de Castilla, León y Portugal, es el río que ya fuera objeto de estudios de navegabilidad en tiempos de Felipe II, a cargo de su ingeniero Antonelli, en 1582. Son los parajes donde “se ocultan los hondos tajos, las encrespadas gargantas, los imponen res cuchillos, los erguidos e esfavaderos, halo los cuales, allá, en lo hondo, vive y corre el Ditero , de Unamuno.

  “Deus quere, o homen son ha, a obra nasce”, intuyó lúcidamente F. Pessoa.Al igual que nuestro Míguel de Unamuno, Veríssinio Serrao piensa que es una obra de amor y de cultura hacer que Portugal y España se conozcan mutuamente. Porque conocerse es amarse”.

  Cuando la vista, la memoria, la inteligencia y la imaginación han aportado lo propio en la contemplación de la naturaleza, de la obra de arte, la sensibilidad y la voluntad humanas se gozan en ellas encontrando su descanso, su agrado y una particular y desinteresada fruición espiritual. Son estas experiencias estéticas plénamente humanas las que más satisfacen e impulsan a exclamar: “Deténte. instante. eres bello”

Tanto el medio natural, la obra artística creada por el hombre, como el trato con las gentes, nos han enseñado a contemplar, comprender y callar antes de hablar, los  que hemos disfrutado de la oportunidad de navegar por el Duero hemos podido entrever toda esta riqueza condensada en un viaje por el  Duero portugués. D. Miguel de Unamuno gustaba de pasar largas veladas en la quinta, cercana al muelle de Fregeneda. del poeta de Freixo de Espada a Cinta, Guerra Xunqueiro. Hemos tenido su misma sensación de regreso a España: “¿Qué tendrá Portugal? ¿Qué tendrá esta tierra...? Yo no se; pero, cuanto más voy a él, más deseo volver”

Se inician las primeras obras de navegabilidad  en 1780-91, y hasta 1887, momento en que se finalizó la línea de ferrocarril, la vía fluvial era la única utilizada, “ni calles, ni carreteras, ni caminos para trotar a caballo, permitían seguir sin interrupciones esas riberas acantiladas”.

Claro que el río es  navegable desde la frontera española  a consecuencia de la eliminación de “Cachão de Valeira”, que abrió en 1791 la navegación segura aguas arriba, y que tiempo atrás se realizaba el peligroso paso con los barcos típicos, los Rabelos.

El Douro, ahora, es en realidad una sucesión de tranquilos y estirados lagos que organizan cinco grandes presas y cinco esclusas que existen en el tramo portugués colocadas estratégicamente, en uno de los extremos de las presas.

La más espectacular es la de Carrapatelo, construida en 1971 venciendo un desnivel de 35 metros, después se fueron inaugurando las presas de Peso da Regua en 1973, Valeira en 1976, Pocinho en 1982 y Crestuma en 1985.

La ruta del Douro, clasificada de interés turístico internacional, nos acerca a poblaciones portuguesas que viven de cara al río, como vía de comunicación y recurso.

Alto Douro Vinhateiro, región demarcada para el cultivo de más de cien variedades de uva, entre ellas la gloriosa touriga nacional y la tinta roriz. Unos doscientos millones de cepas de vid, sostenidas por espalderas y alineadas en estrechas terrazas, han ido sustituyendo a los antiguos bosques de alcornoques, chaparros, acebuches y encinas.