Sábado, 21 de septiembre de 2019

“Soy de los que ve la literatura como un ajuste de cuentas, a diestro o a siniestro”

El mirobrigense nos deja uno de los libros que dará o debería dar mucho que hablar en los próximos meses: ‘El abrigo de Thomas Mann’, ejemplar que se presentará el día 7 en la Casa de las Conchas

Juan Luis Conde

Podía haber hecho una brillante carrera literaria, pero decidió que había  novelistas mejores y que lo suyo podía esperar…Se dedicó al trabajo académico: ensayos, monografías, artículos, traducciones , no en vano estamos hablando de alguien que supo siempre que lo suyo era el latín y el mundo clásico; pero la literatura esperaba agazapada el momento justo y cuando este llegó,  Juan Luis Conde, se puso a ello y nos ha dejado uno de los libros que dará o debería dar mucho que hablar en los próximos meses: El abrigo de Thomas Mann (Golo Mann y sus amigos españoles), ejemplar que se presentará el día 7 en la Casa de las Conchas y que estará acompañado de Pollux Hernúñez y de Alberto Conde​.

Es salmantino de Ciudad Rodrigo, confiesa que tuvo una infancia feliz,  es un tipo cordial con las ideas muy claras (confieso mi debilidad por él) y aunque el abrigo de la foto de portada no es el de Thomas Mann,  se acoge a lo que le hubiera dicho Golo, el amigo entrañable, “¿Cómo se te ha ocurrido poner a TM en el título?"

.-Empezaré diciéndole que a mí me impresiona mucho entrevistarle, siempre tengo miedo de meter la pata cuando me enfrento a un “sabio” latinista y experto en clásicas, así que por favor tenga usted paciencia

Bueno, a mí me impresiona impresionar... En los tiempos que corren los clasicistas somos más bien fuente de perplejidad que de respeto en ningún sentido.

.- Mucho tiempo desde su último libro de “ficción” y lo entrecomillo, porque esto no es exactamente ficción

Sí. Digamos que prácticamente dejé de escribir ficción después de Hielo negro, que apareció en 2001, quince años ya. Pero aunque El abrigo... no es ficción, no deja de ser literatura.

.- Qué hizo que abandonara la ficción y no me diga que no tenía nada que contar

Se han unido varias circunstancias. En primer lugar me reclamaba mi trabajo académico, ciertamente postergado. Durante estos años me he dedicado a escribir ensayos, monografías, artículos, traducciones. Ahora mismo dirijo un proyecto de investigación financiado por el Ministerio de Economía, y ese tipo de oportunidades son también servidumbres.

En segundo lugar, desarrollé un cierto escepticismo sobre mis propias capacidades como novelista. Hay muchos novelistas mejores que yo, así que el género no parecía necesitarme en absoluto.

En tercer lugar, fui teniendo un sentimiento de alarma generalizado sobre la saturación de historias inventadas que sufrimos. Creo que esa saturación (por vía literaria, cinematográfica o televisiva) es parte de los problemas de nuestra generación y no de sus soluciones. Empecé a valorar especialmente la idea de testimonio, que combina lo literario con lo real. Eso es lo que ofrezco ahora.

.- Y ahora de repente una obra que nos ha dejado boquiabiertos

Me siento muy halagado, gracias, pero vuelvo a decir también a este respecto que soy yo el sorprendido.

.- Al acabar de leer su libro, da  la impresión de que el autor, usted, ha cumplido con su deber, un deber autoimpuesto pero inexorable en su caso  (Lo que no le quita ningún mérito al libro)

Hay algo de eso, sí. Sin hablar especialmente de nostalgia, he vivido con la consciencia de que mi veintena fue un período muy intenso desde muchos puntos de vista y que, al coincidir con los años ochenta del siglo pasado, adquiría un especial sentido por cuanto, en mi opinión, esa década tiene una especial relevancia colectiva, tanto en clave interna (el posfranquismo) como internacional: durante esos años, con el gran colofón de la caída del muro de Berlín, se cocinaron muchos de los platos amargos que ahora nos comemos.

"Dormíamos, despertamos" es una placa que se pretendía colocar en la Puerta del Sol en homenaje al 15M y que no sé si finalmente se ha conseguido colocar. Yo diría que en los ochenta fue cuando nos echamos a dormir.

La sensación de esa coincidencia se me fue imponiendo cada vez con más fuerza hasta, efectivamente, exigirme un libro cuyo objetivo literario, en último extremo, consiste en contar lo que no veíamos a través de lo que creíamos ver. Por eso, el relato se mantiene desde un punto de vista muy apegado al jovencito ingenuo de entonces, sin dejar que participe mucho el hombre más maduro y resabiado de hoy, que apenas actúa como un contrapunto.

.- Dígame que el abrigo de la portada es el de Thomas Mann

Pues siento decepcionarla, pero no, no lo es. Seguramente el editor quiso jugar con la insinuación, pero lo cierto es que es un abrigo de lanilla que yo usaba por entonces tanto en mi vida urbana como en la campestre, como puede verse. Estábamos muy lejos del “modelo Decathlon”, por decir algo, según el cual para ir a patearse los Alpes en pleno invierno y bajo una nevada intensa hay que llevar ropa y accesorios que sólo pueden (y deben) comprarse en tiendas deportivas especializadas. En aquella época nos poníamos lo mismo en Madrid que en los Grisones, con la única excepción, quizá, del calzado. De ahí puede deducirse lo que yo pienso de esa gente que se disfraza de profesional para practicar cualquier afición.

.- Comienza el libro con Disculpas y agradecimientos y dice al final que no era sencillo interesar a los lectores con el relato de la vida de un don nadie, primero no me sea modesto, segundo, menuda bronca le hubiera echado Golo Mann por autocalificarse de don nadie.

Hay una regla tácita del género memorístico o autobiográfico en general, una ley no escrita, que dice que, para atreverse a practicarlo, hay que ser "alguien", dicho esto en un sentido estadístico: el autor debe tener una cierta repercusión social que justifique el interés del público en su vida. Mi propósito es un verdadero desafío a esa regla del género porque, desde ese punto de vista estadístico, soy un perfecto donnadie. Salvo en mi casa y en mi puesto de trabajo, pocos más me conocen. No salgo en los medios de comunicación, no tengo premios relevantes, ni protagonizo escándalos sonoros. ¿A quién puede importarle lo que tengo que contar?

En ese sentido, me gusta jugar con la idea paradójica de que El abrigo de Thomas Mann es una autobiografía “ajena”, porque obviamente juego con la figura de Golo Mann como anzuelo. Habrá lectores, la mayoría, que acudan a la llamada de ese personaje, ciertamente más importante y conocido que yo, o de su familia, aún más pública y notoria. Y ciertamente satisfarán esa parte de su interés pero, en realidad, Golo y yo aparecemos como contrafiguras del texto: el lector accede al uno a través del otro, inevitablemente.

.- Para los no iniciados explique quien era y cómo era Golo Mann

Golo era el tercer hijo del escritor alemán y premio Nobel Thomas Mann y su esposa Katia Pringsheim. Era por tanto hijo, sobrino y hermano de escritores muy famosos. Se hizo historiador y era un tipo bastante normal en una familia que algunos han convertido en epítome de la extravagancia. Y quizá sea esa normalidad, esa naturalidad lo que le hace único en semejante contexto. Sin dejar de ser muy inteligente y preparado, era sobre todo un hombre bueno, en un sentido machadiano, alguien con quien yo discrepaba y discrepo en muchas cosas, pero con quien compartía otras más sustanciales: el valor de los afectos, el amor por la amistad y el gozo de vivir, por ejemplo. Con él comprendí que las personas están por encima de las ideologías, de las patrias, de las clases sociales o de las convenciones y que eso nos permite vivir y convivir. Además era hombre de una enorme generosidad y la casualidad quiso que yo y otros chicos pudiéramos beneficiarnos de ella.

.- A lo largo del libro habla exhaustivamente de su relación con él, y va dejando entrever su vida, sus experiencias con Golo Mann… En su acercamiento a él, al fondo muy al fondo estaba su padre Thomas Mann?

El título del libro es un juego entre comercial y significativo. Es comercial porque la mera alusión a Thomas Mann es ya un reclamo mucho mayor que a su hijo. Pero además tiene un significado ambiguo, amfibológico: el término "abrigo" hace referencia a una prenda que yo recibí como regalo y también, en sentido figurado, a un refugio que es a medias protección y a medias sombra. La casa donde vivía Golo y en la que yo pasé mucho tiempo durante aquellos años era la misma en la que vivieron sus padres y en el timbre de la puerta todavía podía leerse "Thomas Mann". Yo me alojaba en la misma habitación que fue de Thomas y Katia y que Golo se había negado en redondo a apropiarse. En ese sentido puede hablarse de una presencia "en el fondo", todo lo equívoca y contradictoria que se pueda imaginar.

.- Para usted, para su hermano, para otros amigos fue una experiencia de vida, de aventura, pero en lo fundamental usted ya tenía “diseñada su vida” si acaso Golo reforzó lo de lo clásico

Efectivamente, yo no creo que Golo supusiese un vuelco en la orientación de mi vida. De hecho yo me sentía escritor e intelectual, si se me permite esa horrenda palabra, desde que tengo uso de razón. Yo jugaba con los dicconarios de griego que había en la librería de mi abuela cuando no llegaba ni a la altura del mostrador. Por suerte he tenido siempre un destino muy marcado y no he dudado en lo esencial. Eso me ha ahorrado muchas incertidumbres que a otros les cuestan errores y sufrimiento.

Si acaso Golo, con su aprecio por mis inclinaciones, reforzó ese respeto que cualquiera necesita para sentir que está dando pasos en la buena dirección. Y durante un tiempo tuve la sensación de que toda mi inclinación natural estaba diseñada precisamente para ese encuentro.

.- Al mismo tiempo hace historia de unos años, su juventud, sus años de aprendizaje, su irse estableciendo en la vida, y ahí aparece Salamanca, de la que usted siempre tuvo claro que tenía que huir, ¿cómo es su relación con ella ahora?

Casi inexistente. Por supuesto todavía tengo allí familia y amigos queridos, pero Salamanca está vinculada a un período especialmente difícil de mi vida. De forma casi inevitable mi relación con su recuerdo es muy ambivalente, con ese aspecto de "amor-odio" que tienen las relaciones muy intensas, pero un amor y un odio un poco gastados ya, mellados, insensibilizados por el tiempo pasado. Si lo pienso en serio, creo que Salamanca me da más bien pena, la veo muy decadente. Es la verdad.

En el libro trato de formalizar esa ambivalencia y hablo de dos Salamancas, la real y la ficticia, la plomiza y la fantástica, la cerrada y la abierta. Esas dos Salamancas existieron desde siempre, dándose la espalda, pero me temo que la peor parte, la ramplona, está a punto de dar el zarpazo definitivo a la otra, la que hace soñar.

.- Al ir avanzando en el libro he tenido la sensación de que había una deuda que quería saldar, de que algo en su interior le decía que tenía que escribir esto sí o sí (por Golo Mann, por Salamanca, por su juventud, por su hermano…)

Sí, como decía antes, el libro se me fue imponiendo como un imperativo. Soy uno de los que ven la literatura como un ajuste de cuentas, a diestro o a siniestro. En este caso, la experiencia era muy valiosa, muy especial, una experiencia que reclamaba a voces ser contada - mientras que a mí nada me descargaba de la responsabilidad de ser el escritor del grupo. Hubiera sido un delito no escribir sobre esto. Puede discutirse si éste era o no el momento adecuado, pero el hecho de que hubieran discurrido los veinte años que Golo exigía para dar a luz sus cartas y documentos personales, la convicción de que los recuerdos no duran para siempre, la oportunidad de que ciertas circunstancias -como un año sabático- me permitían sumergirme en el ejercicio de arqueología que exige un trabajo así, me impulsaron a hacerlo incluso al precio de la incomprensión que un proyecto semejante puede producir a mucha gente, que puede ver vanidad o incluso cosas peores detrás de la empresa.

La idea de testimonio de la que hablaba antes fue cogiendo cuerpo así. Para mí El abrigo de Thomas Mann es un testimonio generacional, algo que un escritor se plantea más tarde o más temprano. Es difícil que yo vuelva a tener otra excusa semejante.

.- Si tuviera que decantarse por un recuerdo el más nítido, el más recurrente de esos años

Los paseos por la montaña, en el cantón italiano del Ticino, donde Golo tenía su casita de verano, o por los Grisones, adonde acudía en busca de los balnearios, todavía bastante decimonónicos, como el que retrata su padre en La montaña mágica. Quizá sea el hecho de que padezco una artrosis muy precoz en ambas caderas lo que de repente me hace añorar aquellas marchas, con sus paisajes formidables, y, sobre todo, las piernas que me lo permitían... Cuando pienso en Golo, que marchaba detrás de mí con sus dos bastones, a paso de tortuga, porque tenía las rodillas destrozadas, pienso en la ironía despiadada de la vida, que me ha puesto a mí en una situación muy parecida.

.- Paseamos de su mano por Salamanca, asistimos a los cambios en España, viajamos a Suiza, en esos autobuses que califica de “pateras” pasamos hambre, nos desesperamos con usted y de repente, guardés  en la casa de los Mann, parece un milagro

Fue un verdadero milagro, aunque fuese laico. Nunca le daré las suficientes gracias a la suerte. Pasé de vivir en las catacumbas de Suiza a sus palacios, del infierno del trabajo negro y precario a tener una experiencia ciertamente paradisíaca, y quien ojee el libro entenderá que esto del paraíso tenía incluso un correlato literal. Mi encuentro con la casa de los Mann sobre el lago de Zúrich parece una experiencia iniciática. Se han escrito historias fantásticas con mucho menos. Mi temor es tan sólo no haber sido capaz de exprimir literariamente la experiencia, de trasmitir, efectivamente, esa vivencia de lo milagroso.

.- Eran jóvenes, atractivos, inteligentes, españoles ( me refiero a usted, a su hermano Alberto, Paco Olivo…qué fue exactamente lo que vio Golo en ustedes para que surgiera esa amistad duradera y que marcó sus vidas

A lo largo del libro trato de dar respuesta a cuestiones parecidas, quizá no exactamente a esa pregunta. Allí digo que Golo venía entusiasmado al lugar de donde nosotros huíamos despavoridos, y que chocamos en el camino, por así decirlo. Es verdad que ese choque pudo haber sido episódico u ocasional y que, sin embargo, se prolongaría durante más de una década en mi caso. Supongo que tanto él como nosotros teníamos una especial devoción a la lealtad y que, parece claro, él valoraba lo que encontraba en nosotros al menos tanto como nosotros lo que encontrábamos en él, que es algo aparentemente muy fácil de entender desde un punto de vista material. Sin embargo, lo suyo nunca pasó de un plano estrictamente espiritual. No teníamos nada material que darle.

 

.- Me gustan mucho los títulos que ha puesto a los capítulos: La enfermedad el príncipe elector, ¿Quién construyo Tebas? Ese recorrido por su época de niño casi mimado en El País…

Gracias. La articulación del libro no ha sido sencilla ni evidente. Cuando uno maneja materiales reales sin excepción la dificultad consiste en construir un relato. Cuando se escribe ficción se hace trampa de común acuerdo, porque el autor tiene en la cabeza un desarrollo más o menos organizado que va dosificando al lector, llevándolo por donde le parece. Pero cuando uno se aferra sin excusas a la realidad, los elementos que conforman el relato y lo dotan de sentido no están dados a priori, y uno mismo se los va encontrando por el camino. En eso ha consistido mi principal provecho en el proceso de elaboración del libro, de una manera muy parecida a un psicoanálisis. Esos capítulos, esas agrupaciones textuales son, en el fondo, descubrimientos de "la unidad".

Aprendí a poner títulos cuando colaboraba en El País y parece que no lo he olvidado: el periodismo es un buen ejercicio porque, a base de titulares, tienes que llamar la atención sobre asuntos que a veces no merecerían ninguna...

.- Dice Golo Mann en una entrevista que reproduce en el libro que olvidaría si pudiese “su infancia” “Muchos recuerdos de su infancia”, sin embargo sin infancia no se explica uno como escritor ¿no? . Usted que olvidaría si pudiese?

Al contrario que Golo, quien creció en una atmósfera de opulencia y refinamiento, mi humilde infancia en Ciudad Rodrigo fue radiante. Yo no olvidaría nada. Si acaso lamento no recordar más.

.- Cuántas veces se ha arrepentido de no haber hecho una última visita a Golo Mann cayera, quien cayese

No es fácil responder a esa pregunta. Tampoco sé qué me hubiera encontrado. Tal vez lo que hubiera visto ya no me hubiera gustado nada. A veces pienso que quizá fue mejor así. No tengo el menor recuerdo de un demente senil: en mi memoria, Golo sigue lúcido y divertido hasta el final.

.-¿ Y que se imagina que le diría ahora si tuviera el libro en sus manos?

Me diría seguramente muy serio: "¿Cómo se te ha ocurrido poner a TM en el título?"

  • Juan Luis Conde